San Ignacio de Loyola

El único Iñaki que conocí en mi niñez  (luego, en la dolescencia, mis padres me enviarían a hablar con él, a ver si podía enderezarme) fue un clérigo: Iñaki de Aspiazu, un hombre sensible a las necesidades de quienes egresaban de las cárceles pero tremebundo gorila. Es lo único que me hizo dudar de bautizar (es un decir, aunque mi madre, efectivamente lo bautizó) a mi único hijo así: Iñaki, como deben haber llamado al fundador de la Compañía de Jesús en su casa paterna de Ondarroa. No conocí en cambio ningún Iñigo. Aunque se trata en rigor del mismo nombre, de origen vasco-navarro, se me hace que Iñigo es más utilizado por los maquetos (no vascos),  ya que en Euskalerría Iñaki es posiblemente el nombre más popular. . 

31 de julio
Ignacio de Loyola
Fundador, 1491-1556
POR ABELARDO SANTIAGO

Mientras se encontraba convaleciente de una herida de guerra que lo dejó cojo para toda la vida, el joven Iñigo, caballero de noble linaje, pidió algunos libros de caballería, a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. No tuvo más remedio que leerlos: el impacto fue tal que, habida cuenta que no podía volverse Cristo, decidió hacerse  santo.

Pronto, el otrora duro soldado desarrolló una capacidad extraordinaria para el llanto y la alucinación. Como él mismo confesó: «Durante la misa lloraba tanto que temía perder la vista. Conversando con el Espíritu Santo, yo lloraba y lo veía y sentía como claridad y llama».

En recuerdo de este don, existe hasta hoy la costumbre de bendecir agua en altares dedicados a su veneración. El «agua de san Ignacio» hace surtir efectos milagrosos. Pero si bien en 1839, hizo cesar de inmediato una epidemia de cólera en Brujas, no se lo suele recordar por sus milagrosas aguas sino por su libro de «Ejercicios espirituales» y por haber fundado la Compañía de Jesús, ariete de la Contrarreforma.

Fue durante el viaje a Roma que, mientras oraba en la capilla de La Storta, el Señor se le apareció rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Y le dijo: «Ego vobis Romae propitius ero», que viene a querer decir «Os seré propicio en Roma». Duro en latines, el santo entendió que tenía que fundar una orden religiosa que a los tradicionales votos de pobreza y castidad, añadiera el de obediencia. A estos tres votos, se agregaría también el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. Y así ocurrió.

Canonizado en 1622, asiste a las trabajadoras, las amas de casa, los mesoneros, escultores, pintores y moribundos. Se lo invoca contra el flujo de sangre y la peste y es baluarte de verdad y orden frente al protestantismo, el comunismo y otras calamidades.

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