Una breve crónica de los enfrentamientos

Batalla entre pobres y más pobres en el parque

Una marcha en la zona para exigir que los ocupantes se retiren del parque derivó en una pelea feroz. Hubo varios heridos. Las agresiones tuvieron alto contenido xenófobo contra la comunidad boliviana y los mismos argumentos de Macri contra los inmigrantes.
 
Por Emilio Ruchansky
Dos pibes de la Villa 20 alertan a sus amigos del «bardo» que están haciendo los vecinos de los monoblocks en la calle Castañares. «Hicieron una marcha y al que pasa lo putean, le tiran piedras», le informa uno que venía en bicicleta de avenida Castañares a otro, que recién salió de Batle y Ordóñez, la calle que divide la zona tomada del Parque Indoamericano de un pequeño bosquecito que ya está siendo parcelado. La noticia se disemina rápido en la villa, donde los ánimos ya están caldeados. No hay presencia policial. Ideal para el duro enfrentamiento que está por ocurrir, dejando heridos en ambos bandos, entre ellos un chico de la Villa 20 con una balazo en la pierna. Según dijo a la noche el ministro de Seguridad porteño, Guillermo Montenegro, la batalla dejó tres heridos y un muerto. Ninguno de los bandos se lo atribuyeron como propio. Después de la medianoche, el propio Montenegro puso en duda que el cadáver aparecido en el Piñero tuviera relación con el Parque Indoamericano.
Cinco minutos antes de la pelea, en la rotonda donde confluyen las avenida Escalada, Castañares, el Paseo de Islas Malvinas y la calle Saraza, un hombre de cincuenta años, pantalón de vestir y camisa a rayas, ataca a piedradas a un pibe de cortos y remera que anda en bicicleta. «Boliviano de mierda, hay que matarlos a todos, hace cuánto que vivís gratis, negro villero», le grita, mientras un policía de civil, con su 9 milímetros reglamentaria en la cintura, cruza para frenarlo. «¡Señor! ¡Por favor! Cálmese, somos gente grande», le dice el agente.
Parada en la plazoleta de la rotonda, una mujer joven explica a los periodistas: «No queremos que invadan el parque, que se vayan a la puerta de la casa del juez (Roberto) Gallardo, a ver si a él le gusta que tener una villa en la puerta». Otra, más grande, advierte que es maestra de un colegio de la zona y que a los chicos pobres les dan comida «y después van al Inadi a decir que los discriminan para que les paguen 800 pesos». Cuatro vecinos, que acaban de bajar el auto, bromean entre sí. «A la noche, buscamos los fierros en casa y los matamos a todos estos bolivianos de mierda», dice uno de ellos.
Una columna de vecinos de los monoblocks avanza por la avenida Castañares tirando piedras en dirección a una zona parquizada, con juegos y canchas de fútbol dentro del Parque Indoamericano. Sólo unos pocos responden del otro lado. Suenan disparos desde los edificios y al rato, también suenan disparos desde el parque. En el palier de uno de los edificios, Antonio Gómez, un señor montado sobre su moto en marcha, arenga: «No hay Estado acá. Macri tomó dos decisiones, afeitarse el bigote y casarse. La presidente se borró. Ellos nos invadieron, son millones. Vas a la escuela y no podés anotar a los chicos porque hay 600 bolivianos, vas al hospital y no hay camas por culpa de estos negros».
A lo lejos, sobre Castañares, un patrullero de la Policía Federal aminora la marcha, dobla sobre sí mismo y corta la calle. Del otro lado, hay cuatro patrulleros de la misma fuerza detrás de las multitud de vecinos. Ni noticias de la Metropolitana. Y empiezan las provocaciones de los vecinos de las torres: «Putos», «bolivianos de mierda», «manga de narcos», «¡Qué olor a mierda que hay allá!». Del otro lado responden: «¡Andá a cuidar a tu señora!». Y se viene el último canto de guerra: «Che, villeros, cuando los agarremos los vamos a matar».
Desde el fondo del Parque Indoamericano, casi 200 pibes corren con palos, piedras que de tan grandes podrían caérseles de la mano y bombas molotov. Cruzan el parque, derriban una reja de dos metros, tiran piedras antes de seguir y avanzan buscando el cuerpo a cuerpo. Del otro lado hay un primer repliegue, algunos abandonan la pelea y otros vuelve al grito de «¡Argentina!, ¡Argentina!». Los muchachos y muchachas de la Villa 20 responden con un canto similar: «¡Argentinos! ¡Argentinos!».
Se oyen cuatro disparos desde los edificios. Uno de ellos impacta sobre Pablo, un chico que fue llevado por sus amigos al Hospital Piñero. Del otro lado, también se dispara y la gente de los monoblocks se repliega. Algunos aprovechan para llamar por celular y contar, en medio de la adrenalina, la batalla en la que se embarcaron y vuelven a tirar con las misma piedras que acaban de arrojarles. Atrapado en medio de la pelea, el sereno de un club del fútbol cercano mira desconcertado. «Los vi, los vi. Los vi tirando desde los balcones. ¡Son todos unos cagones!», grita.
La pelea dura una hora y solo una vez los bandos se enfrentan cuerpo a cuerpo y un joven de los monoblocks que lleva un palo de golf logra pegarle a alguien de la Villa 20. «¡Vamooos!», gritan los de ese bando cuando suenan más disparos y se refugian en el parque, tirando bombas molotov y botellas para cubrir la huida momentánea. Al rato vuelven, más enfurecidos, llenos de piedras y un insulto único: «¡Son todos cornudos!». Tiran cascotes contra las ventanas de los edificios, aunque la mayoría de los habitantes ya bajó la persiana.
Ya es de noche cuando se calman los ánimos, las partes se repliegan y se hace el recuento de heridos. La mayoría tiene cortes en el cuerpo por el impacto de las piedras y también de las botellas. Recién en ese momento se suman cinco patrulleros de la Policía Federal. Estacionaron en el cruce de las avenidas Escalada y Castañares, junto con los recién llegados agentes de la Policía Metropolitana. Eran las 21.30 y los vecinos de las torres de Villa Soldati, Lugano y Villa Riachuelo cortan el tránsito en la avenida Dellepiane, a la altura de Escalada, para reclamar el desalojo del Parque Indoamericano y mayor presencia policial.
«Ellos tienen todos los derechos humanos, les dan tarjeta para comprar en los supermercados y planes sociales, ¿y nosotros qué?», grita una señora ante las cámaras. A su lado, un joven que como ella no quiere dar su nombre, asegura que los incidentes que acaban de ocurrir se deben «a un grupo de villeros que quería ocupar unos edificios deshabitados que iban a ser entregados muy pronto». Y siguen los insultos. La idea, comenta Raúl, uno de los vecinos que está en el corte, es quedarse toda la noche para evitar que se ocupen esas edificios. Más tarde, aparecen diez camiones del Ministerio de Espacio Público, amarillos y blancos, parecidos a los que usaba la ¿extinta? patota de la UCEP, la Unidad de Control del Espacio Público.

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