Chao Andreotti, Il Belcebú

Me llama la atención que en esta nota ni siquiera se mencione a la Logia P2 que Andreotti integró, y que primero se afirme que en 1980 el siete veces primer ministro comenzo a alejarse de la mafia, y hacia el fin de la nota se afirme que en aquel año se produjo la ruptura (las dos cosas no son lo mismo, para nada).  Les ofrezco como acompañamiento, un breve monólogo en español del Andreotti de ficción en la película Il Divo. Tiene la virtud de que se liga explícitamente al político recientemente fallecido a "la estrategia de la tensión" motorizada por la red Gladio de la OTAN, íntimamente ligada a la P2.

Andreotti, el amo de las sombras

Uno de los mayores estudiosos de la Mafia repasa las conexiones del que fue siete veces primer ministro italiano con la Cosa Nostra

Giulio Andreotti, siete veces primer ministro de Italia. / FRANCO ORIGLIA (GETTY)

El 6 de enero de 1980, Piersanti Mattarella, el líder democristiano del Gobierno regional de Sicilia —en otras palabras, el político más importante de la isla—, murió ejecutado cuando entraba en su coche para ir a misa con su mujer y su hijo. Mattarella había emprendido una campaña para limpiar la concesión de contratos por parte del Gobierno. Su esposa vio cómo se acercaba el asesino al coche y le dio tiempo a suplicarle que no disparase.

Gracias a un veredicto emitido por el Tribunal Supremo en 2004, ahora sabemos que el asesinato de Mattarella constituyó un punto de inflexión en la biografía del político italiano más poderoso, más controvertido y más inescrutable de la era de la guerra fría. Hasta ese día de 1980, Giulio Andreotti era un amigo servicial de la Mafia siciliana que se aliaba con los políticos preferidos de los mafiosi, intercambiaba favores con ellos y hacía todo lo posible por los intereses de la asociación criminal; por ejemplo, protegiendo a los banqueros corruptos que blanqueaban los beneficios del narcotráfico.

Los detalles de la relación de Andreotti con el asesinato de Mattarella son escalofriantes (conviene recordar que ambos eran miembros del mismo partido político). Gracias a sus contactos con Stefano Bontate, entonces jefe supremo de la Cosa Nostra, Andreotti sabía de antemano que iban a asesinar a Mattarella. Pero no hizo nada. Mejor dicho, nada aparte de pedir a Bontate y sus hombres que emplearan un método más moderado. Tampoco después de la muerte de Mattarella hizo nada Andreotti. Mejor dicho, nada aparte de reunirse con Bontate y otros mafiosi destacados en una finca agraria próxima a Catania para presentarles en persona su protesta. La respuesta de Bontate fue brusca: «Nosotros mandamos en Sicilia. Y si no quiere que eliminemos a toda la DC, más le vale hacer lo que le digamos».

A partir de ese momento, Andreotti empezó a distanciarse de la Mafia y acabó por convertirse en su enemigo, hasta el punto de que la Cosa Nostra planeó matarle.

En 1968, el político se alió con el ala del partido Democracia Cristiana en Sicilia, la más infiltrada por el crimen organizado

Tanto el asesinato de Mattarella como la larga colaboración de Giulio Andreotti con esa hermandad de criminales denominada Mafia siciliana son dos cosas que debemos situar en su contexto histórico.

Por desgracia, la colaboración de Andreotti no tiene nada de sorprendente. Comenzó en 1968, cuando se alió con la facción del partido Democracia Cristiana en la isla más poderosa y más infiltrada por el crimen organizado. Era un grupo encabezado por Salvo Lima, de quien ahora se sabe que era hijo de un asesino mafioso de los años treinta. La nueva base de poder de Andreotti en Sicilia le elevó a las más altas instancias nacionales: en 1972 inició el primero de sus siete mandatos como primer ministro. Antes de Andreotti, ya habían hecho lo mismo otras generaciones de políticos nacionales. Reclutaban a miembros de la clase dirigente siciliana para sus coaliciones y alianzas sin preocuparse mucho por el «olor a Mafia» que les rodeaba. A eso se refería un juez cuando declaró —un siglo antes de que Andreotti sellara su pacto con el diablo— que la Mafia era «un sistema de gobierno local».

El asesinato de Mattarella confirmó la terrible escalada iniciada en 1979. Tradicionalmente, la Mafia siciliana se había mostrado muy reacia a matar a personajes públicos. Prefería infiltrarse en las estructuras del Estado, no atacarlo. En los años ochenta, enriquecida por la droga y furiosa por la mínima resistencia del Estado, la organización empezó a matar de forma sistemática a cualquier periodista, magistrado, policía o político que se le enfrentaba. Con la adopción de esas tácticas terroristas, la Cosa Nostra terminaría por perder a la mayoría de sus valiosos protectores políticos y por quedarse al descubierto ante los ataques de una magistratura revivida.

El caso de Andreotti es el mejor ejemplo de esas consecuencias políticas del giro terrorista que dio la Mafia en los años ochenta. En 1989, Andreotti tomó posesión como primer ministro por séptima y última vez. Bajo su mandato, el mayor enemigo de la Cosa Nostra, el heroico juez Giovanni Falcone, llegó al Ministerio de Justicia, en el que creó los organismos de investigación que todavía hoy dirigen la lucha contra el crimen organizado en Italia. En 1992, la Cosa Nostra reaccionó ante esa amenaza sin precedentes, la más grave que había encontrado en su larga historia. Su primer objetivo tenía muchas connotaciones políticas: Salvo Lima, el lugarteniente de Andreotti en Sicilia, murió tiroteado en Palermo en el mes de marzo. La Cosa Nostra se estaba vengando de viejos amigos a los que consideraba traidores. Andreotti y su familia no cayeron víctimas de esa vendetta asesina solo porque estaban muy bien protegidos.

Todavía hoy en Italia hay mucha gente que cree que Andreotti es Belcebú, el genio malvado responsable de todo lo misterioso y siniestro que ha ocurrido en el país. En torno a su figura se tejen numerosas historias falsas, dignas de Dan Brown, todas basadas en suficientes datos como para ser verosímiles. La verdad sobre Andreotti nunca se sabrá por completo. Se ha llevado a la tumba misterios infinitos. Pero la verdad más asombrosa es la más vulgar: Andreotti no era ningún genio del mal. No movía los hilos del hampa. Era un político. Un mediador de increíble talento, cuya profunda fe religiosa, paradójicamente, le permitía ver todo en este mundo caído con una ecuanimidad total y una absoluta falta de escrúpulos. Fue el más puro ejemplo de la relación entre la política y la Mafia en la historia de Italia. La Mafia no solo no ha sido anatema para las instituciones del Estado, sino, en demasiadas ocasiones, un grupo de presión más con el que había que contar.

Andreotti no fue condenado por sus tratos con la Cosa Nostra. Italia tiene plazos de prescripción de los delitos. Y su ruptura en 1980 hizo que tuviera efecto esa prescripción. Los tribunales le consideraron culpable, pero no pudieron castigarle. La opinión pública italiana, aburrida por la larguísima saga legal, decidió que el viejo zorro había conseguido volver a salir bien librado y admiró a regañadientes su astucia. Los más cínicos proclamaron su inocencia y dijeron que había sido víctima de una conspiración judicial.

En 2005, al año siguiente del veredicto del Tribunal Supremo sobre sus relaciones con la Mafia, Andreotti ya tenía una imagen lo bastante «limpia» como para aparecer en un anuncio televisivo de la red 3-Mobile al lado de una voluptuosa joven. «Lo sabe todo», afirmaba ella con un mohín al final. «Eso dicen», respondía Andreotti, mientras levantaba un periódico para taparse el rostro, como con vergüenza o timidez. Andreotti no lo sabía todo. Pero podemos estar seguros de que lo que sí sabía y no contó es razón más que suficiente para que cualquier país civilizado se niegue a llorar su fallecimiento.

John Dickie es profesor de Estudios Italianos en la University College de Londres y especialista en la mafia, sobre la que escribió Cosa Nostra (Debolsillo)

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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