«¿Por qué Siria no está presente en todas nuestras conversaciones?»

En lo único que discrepo con el autor es en que los iraníes no son nada paranoicos al creer que el objetivo último de la agresión internacional contra Siria son ellos. Pero ¿qué digo objetivo último? El objetivo último es golpear a rusia y, sobre todo, acotar las posibilidades de crecimiento de China, que en un par de décadas habrá superado a EE.UU. como potencia… ¿Podrán el Pentágono e Israel evitarlo? Por lo pronto, deberíamos manifestarnos por la paz en Siria, un país que, más allá del innombrable, es uno de los principales afluentes de nuestro «ser nacional». 

Siria: lo que se nos viene encima

En las guerras de los Balcanes murieron más de 100.000 personas y hubo cuatro millones de desplazados. Son las mismas cifras cosechadas en dos años de conflicto en el país árabe. ¿Por qué no se detiene tanto horror?

/ The Guardian / El País


«¡Nunca más!», gritamos con gran convicción cuando llega el momento. Al terminar la II Guerra Mundial. Después del horror de Ruanda. Tras la guerra de Bosnia. Sin embargo, siempre vuelve a ocurrir. Una y otra vez. De acuerdo con los últimos cálculos, en Siria han muerto ya casi 70.000 personas, en una guerra civil que es además una guerra subsidiaria, un enfrentamiento entre terceros; y más de cuatro millones de sirios necesitan ayuda humanitaria urgente, con unos dos millones de desplazados en el interior y 1,5 millones de refugiados que han huido más allá de sus fronteras. Unicef asegura que entre los desplazados y necesitados se incluyen casi tres millones de niños. Es ya, sin la menor duda, una de las mayores tragedias humanas de los últimos tiempos. Y, si no logramos ponerle fin, esas cifras aumentarán a toda velocidad. Pronto nos encontraremos con una Somalia en el Mediterráneo.

Cuando estalló el conflicto armado, en 2011, la población de Siria era aproximadamente la misma que tenía Yugoslavia cuando comenzaron sus guerras en 1991: alrededor de 23 millones. Durante la década que duraron las guerras de los Balcanes murieron más de 100.000 personas y hubo cuatro millones de desplazados. En solo dos años, Siria está consiguiendo obtener la misma cosecha de dolor y sufrimiento que Yugoslavia tardó 10 años en alcanzar.


Ante esa situación, ¿cómo es posible que Siria no esté en todas nuestras conversaciones? Hace 20 años, en 1993, todo el mundo hablaba de Bosnia. Hace 10 años, en 2003, todo el mundo hablaba de Irak. En este tiempo, la ONU ha aprobado la doctrina de la Responsabilidad de Proteger, como reacción a lo que había sucedido en Yugoslavia y Ruanda. Si la responsabilidad de proteger no abarca el caso de la catastrófica situación humana creada artificialmente en Siria, ¿para qué sirve?

Si no hay un apasionado debate, como lo hubo con Bosnia e Irak, es porque nadie sabe qué hacer.Pero además, al enterarnos de la prometedora noticia de que Serbia y Kosovo han llegado a un acuerdo, logrado gracias a la laboriosa intermediación de la alta representante para la Política Exterior de la UE, Catherine Ashton, viene a la mente una idea inquietante: ¿hasta qué punto serían distintas las cosas si Siria estuviera en Europa y Serbia en Oriente Próximo?

En el peor y más vergonzoso de los casos, eso indica que, para los europeos, la vida de un árabe no tiene tanto valor como la de un europeo. Para no hablar de la vida de un africano: aun en el caso de que los 5,4 millones de muertos desde 1998 por el conflicto armado en la República Democrática del Congo sean una cifra exagerada, esa es otra guerra junto a la cual todas las demás quedan empequeñecidas. En cualquier caso, tanto si es cierto como si no que existe una especie de racismo subconsciente, es evidente que el hecho de que quienes estaban muriendo en la antigua Yugoslavia fueran europeos y el hecho de que, en el caso de Irak, muchos países occidentales tuvieran a sus propios soldados allí fueron factores que influyeron en nuestro interés.

Otra explicación posible, y más honrosa, del diferente grado de preocupación por Serbia y por Siria es que Europa, después de haber sumido al resto de la humanidad en dos guerras mundiales, se define como un continente de paz. Por eso, que se estuvieran produciendo guerras e intentos de genocidio en su propio suelo ponía en tela de juicio su relato y su identidad fundamentales. Aun así, que quede claro que los europeos permitimos que numerosos hermanos nuestros murieran y perdieran sus hogares mientras nuestros supuestos líderes entonaban aquel patético eslogan de que «ha llegado la hora de Europa», pero por lo menos nos preocupó.

Siria es, por decirlo de alguna forma, un país lejano del que no sabemos nada. Allí no están muriendo hombres ni mujeres europeos, salvo algunos valientes corresponsales de guerra y, según informaciones recientes, unos cuantos yihadistas y aventureros. Pero existe otro motivo por el que no estamos inmersos en un debate apasionado como los que mantuvimos a propósito de Bosnia e Irak: nadie sabe qué hacer.

En Bosnia inclinamos la balanza del conflicto armado entre croatas, serbios y bosnios y luego conseguimos que todas las partes negociaran un acuerdo básico pero funcional, basado en la aceptación de las divisiones étnicas. En Kosovo empleamos la fuerza, por tierra y por aire, para obtener una paz basada en una brecha étnica aún más profunda. Trece años después, la embrionaria reconciliación entre Serbia y Kosovo hace que esa división sea más civilizada, más europea, a lo que ayuda el importante incentivo que representa la perspectiva de entrar en la Unión Europea.

Lo peor es que El Asad está respaldado por Irán, que piensa que se está jugando su propio futuro

Algunos, sobre todo en Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, tienen la tentación de pensar que, si permitimos que el embargo de armas de la UE a Siria expire a mediados de mayo, quizá podríamos mejorar la situación para los rebeldes; mejor dicho, de los rebeldes buenos, no los malos, los relacionados con Al Qaeda. Entonces podríamos mediar para lograr una transición negociada a una nueva Siria pos-El Asad. Julien Barnes-Dacey, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, dice que eso es muy poco creíble. No solo El Asad seguirá librando un combate feroz; no solo contará con el apoyo de las minorías alauí, cristiana, chií y drusa del país, frente a una oposición mayoritariamente identificada con el islamismo suní. Lo peor es que estará respaldado por potencias extranjeras, empezando por Irán, que tiene la sensación de que está en juego su propio futuro. Probablemente se podría ayudar a los rebeldes a ganar la guerra con un ataque aéreo masivo y tropas sobre el terreno. Pero, en ese caso, ¿quién se iba a ocupar después de arreglar los destrozos? ¿Alguien quiere encontrarse con un nuevo Irak?

Sin embargo, mientras aguardamos los detalles de su propuesta, la alternativa radical esbozada por Barnes-Dacey —frenar la escalada con una negociación entre todas las potencias extranjeras interesadas, que se pondrían de acuerdo en cortar el suministro de armas, en lugar de aumentarlo, e instar a sus patrocinados a llegar a un acuerdo político— parece tener también muy escasas posibilidades de éxito.

Tengo la desagradable sensación de que, en realidad, Siria puede ser un anuncio de lo que se nos viene encima. En la antigua Yugoslavia estaba presente un grupo de potencias con una postura similar: Europa y Occidente. Rusia contrarrestaba esa influencia, igual que China, en menor medida, pero ninguno de los dos parecían jugarse verdaderamente nada en Serbia. En Siria ocurre todo lo contrario, donde están sobre el tapete los intereses de muchas potencias extranjeras. Y no hay que olvidar que en los Balcanes hizo falta que pasaran 10 años y hubiera más de 100.000 muertos y millones de refugiados para lograr una paz imperfecta.

En un mundo sin polos, G-0, con múltiples potencias que compiten a escala mundial y regional y tienen intereses en un país fragmentado, las guerras civiles y subsidiarias de este tipo son más difíciles de detener. Hace 100 años, con las guerras de los Balcanes que degeneraron en la I Guerra Mundial, comenzó un siglo, el XX, que llegó a ser el más sangriento de la historia de la humanidad. Si no desarrollamos nuevos métodos de resolución de conflictos, con la fuerza suficiente para contener este nuevo desorden mundial, es posible que el siglo XXI sea más sangriento todavía.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: Ideas y personajes para una década sin nombre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

http://elpais.com/elpais/2013/04/26/opinion/1366973086_762888.html

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