Los Mosqueteros de la Reina en la contratapa de Página/12

Normalmente, suelo cursar las invitaciones a las cenas antisoja de los jueves los miércoles por la noche, pero ayer me quedé con haciendo fiaca con mi hijo (que veia el partido de rugby -deporte del que entiendo apenas mas que nada- entre Sudáfrica y Australia, y cuando me quise acordar, San Felipe mediante, la neurona ya no quería trabajar. Así que la redacté hoy por la mañana (ver abajo de todo) y, miren que casualidad, la inicié advirtiendo que La Cofradía de Mosqueteros de la Reina ya no se llamaría así, puesto que «la jefa» dijo hace poco que «nosotros no somos una cofradía», y donde manda capitana… Así que de aqui en más nos llamaremos «círculo». 
Iba en el bondi rumbo al dulce yugo (los que se quejan deberían recordar cuando no lo tenían) cuando comencé a leer la contratapa de Página, «Un toque», escrita por mi admirada amiga María Moreno con la que, casualmente, hablé anteayer. María habla allí de «los mosqueteros de la Reina». Y lo hace de tal manera, tan sutil (casi tanto como si lo hiciera «el barroco» Horacio González) que cuesta saber si nos elogia o nos critica por considerarnos un poquitín misóginos. Bueno, que cada uno saque sus interpretaciones. Primero la nota de María. Dos post más abajo, la invitación a la cena de hoy. 

Un toque

Por María Moreno

El aniversario de la ciudad de Chacabuco, a donde asistió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, debería ser aniversario de otra cosa. Habría que llamar al sociólogo y artista Roberto Jacoby para que invente un slogan. La anécdota es módica pero rendidora. Los de La Cámpora comenzaron a cantar “Che gorila, che gorila, no te lo decimos más, si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”. Y ella contestó “No se va a armar ningún quilombo, nadie me va a tocar. Quédense tranquilos que el único que me tocaba ya no está más”.

En el variado Facebook peronista que incluye desde el catalogador de pelo Arturo Jauretche hasta el cultísimo millonario Ignacio Pirovano, pasando por el instrumentista de aire libre Negro Tula y el filósofo barroco Horacio González, siempre sobresalió el estilo chúcaro y sospechoso de cualquier rendez vous. Si el “Alpargatas sí, libros no” pertenece al vintage de la consigna, y las patas bien pueden meterse en las fuentes griegas como lo hacía Don Leopoldo Marechal, sorprende que ante la irrupción de Cristina en el poder aparezcan enunciados de novela de caballería o cantar de gesta, consignas que hacen pensar en Sir Lancelote o el Mio Cid con sus ofertas o amenazas de defensa incondicional a la dama y hay quienes directamente realizan ágapes rubricando la invitación en nombre de “los mosqueteros de la reina”. Existe una retórica partidaria para los dos géneros: a “ellos” se los apoya, se les pide aguante o se los viva como si el nombre propio fuera un balazo, a “ella” se le ponen a servicio espadas imaginarias y duelos a lo Dumas. Qué compromiso. Que a Cristina Fernández de Kirchner no le hace falta, ni hace falta decirlo, y encima tiene que agradecerlo cuando parecería que hasta el último cromagnon misógino acepta que en el balcón de la Rosada ahora el roce no es de pantalones sino de polleras o de pantalones que ocultan rasurados a la cera líquida o pantys de tramas imaginativas. En esa veta caballeresca fue el “si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”. Y ella fue finísima. Antes de que los semiólogos de la contra empezaran con el sonajero de las asociaciones –sí, sí, yo tengo mi propio sonajero– y tiraran del “No se va a armar nada porque nadie me va a tocar” y lo llevaran hasta un sentido de intocabilidad, ella hizo una segunda frase que desarmaba el mensaje combativo-guardabosques con el “quédense tranquilos que el único que me tocaba ya no está más”. Al erotizar el verbo “tocar” no sólo se descontaba de la imagen de la viuda atada de por vida a su tragedia hasta no poder siquiera usar el humor –esa arma potentísima de supervivencia como bien lo saben los judíos y los gays– sino que levantaba a Néstor Kirchner de la imagen sublimada y solemne de los muertos para evocarlo con la familiaridad del amante y el cachondeo del compañero –“el único que me tocaba”– es decir, en su carne. Giro del duelo, no fin –como cuando la escritora Norah Lange, al morir su marido, Oliverio Girondo, dijo “puede que vuelva a estar animada pero no volveré a ser feliz”–, y mayor soltura del recuerdo en donde el vacío da lugar al relato de la vida en común, en la alcoba y en la plaza.

Fue un sector del feminismo estadounidense de los años sesenta el que dictó un fashion para la conducción en manos de mujeres: zapatos taco carretel, hombreras de punta y escote de milico, con el toque femenino de la falda por debajo de la rodilla; cualquier transgresión a esa frontera –alguien que la tocara– y zas, un juicio por acoso. Era un protocolo puritano a acompañar por un lenguaje profesional combinable con las instrucciones de vida de Louise Hay –permitir que los subordinados hagan yoga en el sótano–. Cristina ha elegido otra cosa: la cara como de ir a la guerra –uso la metáfora como ella se la quitó al verbo “tocar”– y el subrayado de las piernas en aras de la frase cristalizada pero reconocibilísima “Has recorrido un largo camino, muchacha”.

Al contrario de las mujeres públicas argentinas con mayúsculas, no tiene el sobrepeso que rige la anatomía de la maternidad ni paga virginizándose. Y era un gusto cuando como senadora zamarreaba a la muchachada congresista con un tono Venus de las pieles –la objeción machacante a la supuesta “crispación” no es más que la nostalgia por la dulzaina psicologista que es el pedido de disculpas de las mujeres con poder–. Porque si nadie tuvo que asexuar a Hilary para poder respetarla, lo hizo en un sentido desagradable bajo el fantasma de la boca de Monica Lewinsky eternamente colocada en forma de O. Y esta alusión al “toque” de Cristina Fernández de Kirchner desestabiliza y amenaza la seguridad del Gran Archivo Careta Nacional además de ser la réplica menos “crispada” que pueda imaginarse.

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