MONTONEROS-POLÉMICA ¿Quieto Vs. Firmenich?

Un compañero que fue oficial montonero y que se fue con la tercera escisión (las primeras fueron las de la columna Sabino Navarro de Córdoba y la columna Artigas, creo que de Baradero), la de los «Leales a Perón» o «Lealtad» y que sólo quiere ser identificado como «Equis equis», me envía esta nota a propósito de la entrevista hecha por Página/12 a Alejandra Vignollés, autora de Doble condena, la biofrafía de Roberto Quieto. 

    Firmenich y Quieto en el local de la JP en la calle Chile al 500, cuando «Pepe· fue liberado por el general Iñiguez, jefe de la Federal.
Las opiniones que aparecen en esta entrevista son increíblemente esquemáticas. Es insólito, pero adscriben a esquemas, simplificaciones y prejuicios de la época. Pretender distinguir una línea o estilo FAR‑Quieto de otra Montoneros‑Firmenich a partir de prolijidades‑desprolijidades o mayor o menor nivel de elaboración política es ridículo, como también lo es reducir el quilombo interno a una polémica Quieto/Firmenich que, por otra parte, nunca se manifestó como tal. Ni hablar de  adjudicar esa supuesta polémica a estilos o personalidades.

No me parece que haya habido una opción Quieto o Firmenich, o dos líneas o propuestas identificables como «·la de Quieto» o «la de Firmenich». Excepto esquematismos y chicanas de la época, no encontré nunca elementos que sugieran la posibilidad de que las diferentes posturas políticas frente a determinadas circunstancias se pudieran interpretar según el origen político de los compañeros.

No entender la fusión M‑R es el colmo de la incomprensión: la R tenía que “entrar” al peronismo si aspiraba a liderar una organización de masas de alguna relevancia, como la que lideraba Montoneros a través de su hegemonía en la JP, aunque lo insólito de esa fusión fue que tuvo lugar cuando ya Montoneros había abandonado esa suerte de verticalismo u ortodoxia peronista gracias a la cual había crecido tanto a expensas de fuerzas políticas más heréticas pero de mucha mayor tradición e inserción, como las FAP, la JRP, el MRP, etc.

Es raro que cuenten la historia gentes que no la entienden, y me provoca asombro que no se comprenda que desde principios del 73, desde la fusión M‑D, la historia de Montoneros es la de una larga e incesante serie de disidencias que se relacionan con dos hechos determinantes: uno, «la Biblia» (el documento de tapas verdes hecho a medias por la conducción nacional y el tándem Portantiero-Aricó en 1973) que expresa un giro político de aquella, que de un tradicional chupamedismo y seguidismo pasa a querer disputarle a Perón la dirección u orientación del movimiento. Y esto se ve entonces y luego a lo largo del año, con la creación de la JTP, el ataque sistemático a Gelbard y el Operativo Dorrego, que equivalen a ir directamente a mearle los rosales al Viejo: justamente lo que él se reservaba por considerarlos los pilares de su proyecto político inmediato: la clase trabajadora organizada, la alianza con los empresarios nacionales y la apertura hacia el mundo socialista y, en tercer término, el ejército, una estructura que había sido copada por el enemigo pero sin la cual no era posible concebir ninguna política nacional.

Evidentemente, este giro que algunos percibimos antes del 25 de mayo, tenía que haberse manifestado con mayor claridad en los meses previos, en alguna reunión con el General, que tampoco calibró debidamente la situación ni evaluó el poder que, en su nombre, habían adquirido los que tenían delante, unos muchachos descarriados a los que había que poner en vereda. Tal vez con los años y distintas circunstancias, eso hubiera llegado a ocurrir, pero los “muchachos descarriados” estaban muy organizados y mejor armados y cuando el “correctivo” terminó siendo lo de Ezeiza, ya estaban todos los ingredientes listos para que explote la bomba atómica.

Ningún análisis de ese período ni, menos, de cualquiera de las etapas de la implosión montonera, puede hacerse seriamente si no se toma a Ezeiza como el núcleo central de todo ese período, que explica el por qué de la “radicalización” montonera (justo, justo lo que querían los services que armaron la provocación de Ezeiza) y la razón por la que fue imposible procesar las diferencias internas… en ese momento y en todos los momentos posteriores, ya que de mirarse las cosas sin los prejuicios, anteojeras y difamaciones de la época según las cuales nosotros, los leales a Perón, éramos fachos, lopezrreguistas o isabelistas, se puede advertir que siempre es la misma discusión, que las críticas de Walsh y más tarde de Bonasso, Galimberti, Gelman, Goyo y todos los que se fueron yendo, y ahora parece que también Quieto, son las mismas que se planteaban en el 73, particularmente por quienes terminamos yéndonos después del asesinato de Rucci. Pero, guarda, que muchos de los que eran tanto o más críticos que los que nos fuimos, siguieron en la organización. Y en su inmensa mayoría, la palmaron.

¿Por qué siguieron? ¿O por qué las posturas críticas –que en algunas zonas eran mayoritarias– no pudieron prosperar? ¿Por qué no se pudo torcer el rumbo adoptado por la conducción? Puede haber varias explicaciones y el militarismo, el sectarismo y la manipulación pueden explicar muchas cosas, pero para mí el núcleo está en lo de Ezeiza (y en la actitud de Perón al respecto) que, en general produjo en los viejos cuadros peronistas, en montoneros y mucho más en la JP un enorme resentimiento con Perón, pues todos creíamos ser víctimas de una injusticia. Y lo que fue todavía peor, en una gran masa reavivó el gorilismo mamado en las casas, la escuela, los libros, etc.

De ahí en más, toda polémica, todo intento de modificar esa línea política psicótica y suicida, tenía que terminar en una disidencia, en una separación, en una difamación y seguramente en más de una cama, ya que hubo algunos destinos y muertes muy sospechosas en aquellas épocas.

Como opinión general sobre lo que dice la autora del libro, es posible que muchos dirigentes de las FAR, al provenir de otras tradiciones, las de la izquierda marxista, tuvieran reacciones instantáneas, digamos “de piel”, diferentes a las de quienes tenían tradiciones católicas, y ambos de quienes tuvieran tradiciones peronistas. Pero esas reacciones instantáneas no siempre explican las distintas posiciones y caminos políticos que cada uno fue siguiendo. Y las disidencias no se coagularon ni se nuclearon a partir de esas distintas tradiciones.

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