SIMULACROS Y RELATOS, por Oscar Cuervo


Publicado en tallerlaotra.blogspot.com.ar el Martes 3/06/2104

Simulacros y relatos en el kirchnerismo y en el antikirchnerismo: desde Borges hasta Caparrós y Mirtha Legrand

Por Oscar Cuervo

Ciertos sectores de la burguesía progresista aprendieron a distanciarse del kirchnerismo con el famoso argumento del simulacro: según ellos, el kirchnerismo tomó ciertos símbolos de la historia anterior e hizo con ellos una repetición en clave de farsa. Los motivos de Kirchner y Cristina para evocar las luchas de los 70, la bandera de los Derechos Humanos, el juicio a los genocidas, serían siempre «bajos» y solo los usarían para embaucar a jóvenes que desconocen la historia, tipos tontos dispuestos a salir a la calle, a militar en favor de una causa falsa. Después, claro, además de los tontos que creen en el simulacro, estarían los corruptos que se suman porque son cooptados por el dinero que reparten los K. De este modo, no habría forma de adjudicarle una racionalidad política a la praxis militante kirchnerista. Tontos o corruptos, todos lo hacen por motivos espúrios.

Caparrós y Solanas, dos tipos que alguna vez estuvieron involucrados en luchas emancipatorias, hicieron punta en este relato del relato K. Después se fueron colando otros como Alfredo Leuco, Jorge Fernández Díaz, e incluso Carlos Pagni (a los que no se les conoce haberse movido nunca por emancipación popular alguna). El domingo en el programa hablamos con María Pía López del «caso» Caparrós. El gran relator, junto con Anguita, de la épica derrotada de Montoneros en La voluntad, tendría motivos para fastidiarse al ver que la historia que él había agotado y clausurado con semejante esfuerzo testimonial, esa historia no ha terminado (para escuchar el programa del domingo pasado con María Pía López, clickear acá).
María Pía  recordó que el tópico del simulacro no es nuevo en la historia argentina: ya había sido usado para descalificar al primer peronismo: «cuando uno lee crónicas sobre el primer peronismo -dice María Pía- se encuentra con que el 17 de octubre del 45, una movilización gigantesca de sectores populares argentinos, fue tratada con la metáfora del carnaval o del corso. Un periódico titulaba ‘Pequeños grupos con aspecto de murgas recorren la ciudad de Buenos Aires'».
El órgano oficial del Partido Comunista Argentino escribe el 24 de octubre:
«También se ha visto otro espectáculo, el de las hordas de desclasados haciendo de vanguardia del presunto orden peronista. Los pequeños clanes con aspecto de murga que recorrieron la cuidad, no representan ninguna clase de la sociedad argentina. Era el malevaje reclutado por la policía y los funcionarios de la Secretaría de Trabajo y Previsión para amedrentar a la población».
La Vanguardia, órgano oficial del Partido Socialista trataba con idéntico desdén la movilización del 17:
«Los obreros, tal como siempre se ha definido a nuestros hombres de trabajo, aquellos que desde hace años han sostenido y sostienen sus organizaciones gremiales y sus luchas contra el capital, los que sienten la dignidad de las funciones que cumplen y, a tono con ellas, en sus distintas ideologías, como ciudadanos trabajan por el mejoramiento de las condiciones sociales y políticas del país, no estaban allí. Esta es una verdad incuestionable y pública que no puede ser desmentida: si cesaron en su trabajo el día miércoles y jueves no fue por autodeterminación, sino por imposición de los núcleos anteriores, amparados y estimulados por la policía (…) ¿Qué obrero argentino actúa en una manifestación en demanda de sus derechos como lo haría en un desfile de carnaval?».
Continúa María Pía López: «La tesis actual del simulacro recupera eso que estaba en cierto modo liberal de concebir al peronismo. También están los grandes textos de Borges, que escribe en el 56 ‘La ilusión cómica’, diciendo que el peronismo es al mismo tiempo una historia criminal y una historia farsesca. O escribe ese cuento que está en la base de lo que hoy dice Caparrós, que se titula ‘El simulacro’…»:
El simulacro
En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas, armó una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: Mi sentido pésame, General. Este, muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y resignación: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible. Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.

¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.
Jorge Luis Borges

***
Una versión degradada de la tesis del simulacro es retomada nada menos que por Mirtha Legrand y Elisa Carrió, cuando en ocasión de la muerte de Néstor salieron a decir que «el cadáver no estaba en el cajón» o que el velorio al que concurrieron miles de personas fue «organizado por Fuerza Bruta».

En su novela Teatro de operaciones, María Pía hace decir a uno de sis personajes:
«Los sanguinarios golpistas que se nominaban libertadores, además de fusilar, quemaron libros, demolieron edificios, tiraron estatuas al río, se robaron el cadáver destinado a ese mausoleo, lo vejaron y escondieron. Mientras tanto, explica, el sátrapa de Borges escribía que todo lo anterior, el famoso régimen depuesto, había sido una ilusión cómica, una farsa, un simulacro. El tipo operaba en sintonía con los milicos: unos destruían los restos materiales y reventaban a alguna gente memoriosa, y el otro armaba un cuentito para sustituir los hechos ocurridos por una ficción, un pasado ilusorio» .
No todo en la política es relato. Y el relato mismo no es simple relato: es lucha por el sentido de lo que acontece. No solo el kirchnerismo. Parte del relato que cada día teje la derecha argentina consiste en decir que no han existido ni existen motivos genuinos para comprometerse con las banderas del movimiento nacional, o, en una sutil variación, sitúan la legitimidad de esas banderas en un pasado que alguna vez ningunearon y ahora dicen que existió pero ha caducado. La derecha cada mañana en sus medios instala una nueva entrega de su relato, pero a la vez pretende negarle al kirchnerismo el derecho a disputar también en el terreno de los relatos. Sobre todo porque esta derecha (y cierto progresismo ofuscado) desdeñan los mismos hechos que el kirchnerismo produce (AUH, Ley de Medios, políticas económicas autónomas frente a los poderes financieros internacionales, juicios a los genocidas) como si solo fueran relatos.
No todo en la política es relato, pero a veces los relatos nos permiten comprender que lo que vivimos hoy se inscribe en una tradición que ya viene relatada. Además hay hechos contingentes que quiebran la integridad de los relatos. Hay irrupciones inesperadas y hay rupturas. Hay disputas nuevas que se nominan con palabras antiguas. Y hay un pasado que todavía espera agazapado en el futuro.
Mejor que decir es hacer, decía Perón. Y Perón hizo unas cuantas cosas pero también dijo mucho. Decir también es hacer.

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