CHINA – EEUU. Tanto en Washington, Pekín o Buenos Aires se cree que Beiging/Pekín lleva la delantera
Un reciente artículo del Global Times, el diario en inglés que refleja las posiciones del buró del Partido Comunista chino sostiene que la ofensiva arancelaria de Trump redundará como un búmeran en perjuicios para el pueblo (léase, los consumidores) y en la pérdida de la influencia de los Estados Unidos en el mundo. Y advierte que ya es tarde para que la actual red comercial a nivel global pueda ser gobernada por un solo país». A continuación va el análisis de uno de los columnistas del New York Times, Thomas L. Friedman. Explica porque China ha picado en punta y alcanzado la delantera en varios campos de la competencia que tiene con Estados Unidos y porque los dirigentes de ambos países hacen un acuerdo de desarrollo mutuo o todo se ira a la mismísima. Les recomiendo que escuchen al ex embajador en China Sabino Vaca Narvaja, sobre todo aquí (no subo directamente a este video de Radio 10 porque contiene mucha publicidad y no lo supe expurgar) y aquí.
Por fin, abajo de todo y a modo de yapa o bonus track, incluyo un video de una gente visiblemente muy joven que no conozco y que se identifica como «mate.ar» y hace un programa que tiene como título Es una trampa. Muy interesante.
La guerra arancelaria de EE.UU. llevará a la «desamericanización del mundo»
GLOBAL TIMES
La imposición de tarifas arancelarias por parte de EE.UU. no frenará la globalización económica, que es definida en un editorial de Global Times como un «camino inevitable para el progreso humano», mientras la «cooperación abierta es una tendencia irreversible de la historia». Por eso, el diario chino asegura que estos procesos no podrán ser modificados por decisiones unilaterales.
Para explicar por qué la medida impuesta por el presidente Donald Trump no podrá desarmar el andamiaje económico mundial, el medio subraya que «la actual red» comercial a nivel global «no está dictada por un solo país», sino que es el «resultado natural del desarrollo de las fuerzas productivas y la profundización de la interdependencia entre las naciones».
Por eso, destaca que el comercio es un «motor fundamental» del «crecimiento económico» y representa la «forma más fundamental de la globalización».
En este contexto, Global Times señala que como la mayor economía del mundo, el PIB de EE.UU. representa el 25 % del PIB global, mientras que el dólar constituye cerca del 60 % de las reservas mundiales de divisas. A partir de esto, el país norteamericano se ha convertido en el «mayor beneficiario del libre comercio y del actual orden económico mundial». Sin embargo, en los últimos años, Washington se presenta como una «víctima de un sistema comercial global injusto» y se ha convertido en un detractor de la globalización económica.
Esta postura, detalla el editorial, puede resumirse en tres puntos principales. El primero es el uso de la guerra comercial como una «amenaza para obtener mayores beneficios»; el segundo, para virar el foco de los «problemas domésticos»; y el tercero, mantener su «estatus de hegemonía económica» frenando el desarrollo de otros países.
Global Times recuerda en su análisis dos momentos en los que EE.UU. ya impuso aranceles masivos. Uno fue en la década de 1930, cuando aplicó tarifas de más del 50 % sobre casi 2.000 categorías de productos importados para «proteger las industrias estadounidenses». El resultado fue que el país cayó en la Gran Depresión y arrastró al resto del mundo.
El segundo momento fue en 2018, cuando aplicó aranceles a productos chinos por unos 250.000 millones de dólares, en lo que el medio define como «el experimento político más caro del siglo XXI». En ese sentido, cita al Instituto Peterson de Economía Internacional, que calculó que los consumidores estadounidenses pagaron 57.000 millones de dólares más como consecuencia de esas tarifas, lo que derivó en un importante incremento del costo de vida.
Más allá de las medidas impulsadas por la Casa Blanca, Global Times destaca que las importaciones de bienes de EE.UU. representan el 13 % del total mundial, mientras que dos décadas atrás alcanzaban el 20 %, por lo que consideró que le será más difícil modificar el proceso actual de globalización. En este sentido, cita al Financial Times británico, que afirmó que la importancia de EE.UU. en el comercio global puede estar exagerada. Por eso, advierte que si la postura de Washington va en contra de la mayoría de los países que defienden el libre comercio y mantienen el sistema multilateral, el resultado no será la «desglobalización» de la economía, sino la «desamericanización del mundo».
Finalmente, el diario chino vaticina que cualquier intento por bloquear las leyes económicas con barreras será eliminado por la marea de la globalización.
Acabo de ver el futuro, y no estaba en Estados Unidos
THOMAS L. FRIEDMAN
El otro día, en Shanghái, enfrenté una decisión. Podía visitar la tierra del mañana, ¿pero cuál? ¿Echaba un vistazo a la falsa Tomorrowland, de diseño estadounidense, de Disneyland Shanghái, o visitaba la verdadera tierra del mañana: el nuevo y enorme centro de investigación del tamaño aproximado de 225 campos de fútbol americano, construido por el gigante tecnológico chino Huawei? Fui a la de Huawei.

Fue fascinante e impresionante, pero en última instancia sumamente inquietante; una vívida confirmación de lo que un empresario estadounidense que lleva varias décadas trabajando en China me dijo en Pekín. “Hubo un tiempo en que la gente iba a Estados Unidos para ver el futuro”, dijo. “Ahora vienen aquí”.
Nunca había visto nada parecido a este campus de Huawei. Construido en poco más de tres años, consta de 104 edificios diseñados individualmente, con céspedes bien cuidados, conectados por un monorriel similar al de Disney, que alberga laboratorios para hasta 35.000 científicos, ingenieros y otros trabajadores, y ofrece 100 cafeterías, además de gimnasios y otros beneficios diseñados para atraer a los mejores tecnólogos chinos y extranjeros.

El campus de investigación y desarrollo Lianqiu Lake es básicamente la respuesta de Huawei al intento estadounidense de asfixiarla que comenzó en 2019 con la restricción de la exportación de tecnología estadounidense a Huawei, incluyendo semiconductores, por motivos de seguridad nacional. La prohibición representó enormes pérdidas para Huawei, pero con la ayuda del gobierno chino, la empresa se propuso innovar para no necesitar a Estados Unidos. Como informó el año pasado el periódico surcoreano Maeil Business, eso es justamente lo que ha estado haciendo: “Huawei sorprendió al mundo al presentar el año pasado la serie ‘Mate 60’, un teléfono inteligente equipado con semiconductores avanzados, a pesar de las sanciones estadounidenses”. Acto seguido, Huawei lanzó el primer teléfono plegable triple del mundo y presentó su propio sistema operativo móvil, Hongmeng (Harmony), para competir con los de Apple y Google.

La empresa también se dedicó a crear tecnología de inteligencia artificial para todo desde vehículos eléctricos, coches autónomos e incluso equipos mineros autónomos que pueden sustituir a los mineros humanos. Ejecutivos de Huawei dijeron que tan solo en 2024 la compañía instaló 100.000 cargadores rápidos en toda China para sus vehículos eléctricos; en contraste, en 2021 el Congreso estadounidense destinó 7500 millones de dólares a una red de estaciones de carga, pero en noviembre esta red apenas tenía 214 cargadores funcionando en 12 estados.
Ver esto de cerca es francamente aterrador. Mientras el presidente Donald Trump enfoca su atención en los equipos en los que pueden competir los atletas transgénero estadounidenses, China enfoca la suya en transformar sus fábricas con IA para poder superar a todas las nuestras. La estrategia del “día de la liberación” de Trump consiste en redoblar los aranceles mientras desmantela nuestras instituciones científicas nacionales y la mano de obra que estimula la innovación estadounidense. La estrategia de liberación de China consiste en abrir más campus de investigación y redoblar la innovación impulsada por la IA para liberarse permanentemente de los aranceles de Trump.
El mensaje de Pekín a Estados Unidos es: no les tenemos miedo. Ustedes no son quienes creen que son, y nosotros no somos quienes creen que somos.
¿A qué me refiero? Prueba A: en 2024, The Wall Street Journal informó que las ganancias netas de Huawei “se duplicaron con creces el año pasado, marcando una remontada asombrosa” impulsada por el nuevo hardware “que funciona con sus chips de fabricación propia”. Prueba B: el Journal citó recientemente al senador republicano Josh Hawley diciendo de China: “No creo que puedan innovar mucho por sí mismos, pero lo harán si seguimos compartiendo toda esta tecnología con ellos”.
Algunos de nuestros senadores necesitan salir más. Si eres un legislador estadounidense y quieres despotricar contra China, adelante —hasta podría unirme a ti para una ronda de críticas—, pero al menos haz tu tarea. Actualmente en ambos partidos hay muy poco de eso y demasiado consenso en que el espacio políticamente seguro está en atacar a Pekín, corear unas cuantas rondas de “USA, USA, USA”, soltar algunas frases vacías sobre que las democracias siempre innovarán más que las autocracias y darlo por terminado.
Yo prefiero expresar mi patriotismo siendo brutalmente honesto sobre nuestras debilidades y fortalezas, las debilidades y fortalezas de China y por qué creo que el mejor futuro para ambos —en vísperas de la revolución de la IA— es una estrategia denominada: hecho en EE. UU. por trabajadores estadounidenses en asociación con capital y tecnología chinos.
Déjenme explicar.
El pensamiento mágico de Trump
Durante su primer mandato, estuve de acuerdo con Trump respecto a sus aranceles a China. China estaba bloqueando algunos productos y servicios estadounidenses, y debíamos tratar los aranceles de Pekín de forma recíproca. Por ejemplo, durante años China dio largas a permitir el uso de tarjetas de crédito estadounidenses en China, esperando hasta que sus propias plataformas de pago dominaran completamente el mercado y lo convirtieran en una sociedad sin efectivo en la que prácticamente todo el mundo paga todo con aplicaciones móviles de pago. La semana pasada, cuando fui a usar mi tarjeta Visa en una tienda de una estación de tren de Pekín, me dijeron que tenía que estar vinculada a través de una de esas aplicaciones, como las chinas Alipay o WeChat Pay, que, combinadas, tienen una cuota de mercado de más del 90 por ciento.
Incluso estoy de acuerdo con Trump en que los aranceles adicionales — específicos — sobre las rutas secundarias de China hacia Estados Unidos a través de México y Vietnam podrían ser útiles, pero solo como parte de una estrategia más amplia.
Mi problema es el pensamiento mágico de Trump, según el que basta con levantar muros de protección en torno a una industria (o nuestra economía entera) y, ¡listo!, en un santiamén las fábricas estadounidenses prosperarán y fabricarán esos productos en Estados Unidos al mismo costo sin ninguna carga para los consumidores estadounidenses.
Para empezar, ese punto de vista ignora el hecho de que hoy prácticamente todos los productos complejos —desde los automóviles hasta los iPhones y las vacunas de ARNm— se fabrican en ecosistemas globales de fabricación gigantescos y complejos. Esa es la razón por la que esos productos son cada vez mejores y más baratos. Claro, si estás protegiendo a la industria del acero, una materia prima, nuestros aranceles podrían ayudar rápidamente. Pero si estás protegiendo a la industria automovilística y crees que bastará con levantar un muro arancelario, es que no sabes nada de cómo se fabrican los automóviles. Las empresas automovilísticas estadounidenses tardarían años en sustituir las cadenas de suministro mundiales de las que dependen y fabricar todo en Estados Unidos. Incluso Tesla tiene que importar algunas piezas.
Pero también te equivocas si crees que China llegó a dominar la fabricación mundial a base de trampas. Sí, hizo trampas, copió y forzó transferencias de tecnología. Pero lo que hace que el gigante chino de la fabricación sea tan poderoso hoy en día no es solo que haga las cosas más baratas, sino que las hace más baratas, más rápidas, mejores, más inteligentes y cada vez más impregnadas de inteligencia artificial.

Dentro del gimnasio de China
¿Cómo? Jörg Wuttke, quien durante mucho tiempo fuera presidente de la Cámara de Comercio de la UE en China, lo llama “el gimnasio de China”, y funciona así:
China empieza haciendo hincapié en la educación CTIM: ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Cada año, el país produce unos 3,5 millones de licenciados en CTIM, casi igual al número total de graduados de programas de asociado, licenciatura, maestría y doctorado en todas las disciplinas en Estados Unidos.
Cuando tienes tantos graduados en CTIM, puedes dedicar a cualquier problema más talento que nadie. Como informó el año pasado el jefe de la corresponsalía del Times en Pekín, Keith Bradsher: “China tiene 39 universidades con programas para formar ingenieros e investigadores para la industria de las tierras raras. Las universidades de Estados Unidos y Europa en general solo han ofrecido cursos ocasionales”.
Y aunque muchos ingenieros chinos no se gradúen con habilidades nivel MIT, los mejores son de clase mundial, y hay muchos. Ahí hay 1400 millones de personas. Eso significa que en China, cuando eres un talento único en un millón, hay otras 1400 personas como tú.
Y lo que es igual de importante, las escuelas de formación profesional chinas gradúan a decenas de miles de electricistas, soldadores, carpinteros, mecánicos y fontaneros cada año, así que cuando alguien tiene una idea para un nuevo producto y quiere montar una fábrica, se puede construir realmente rápido. ¿Necesitas un botón rosa de lunares que pueda cantar el himno nacional chino al revés? Alguien aquí te lo tendrá para mañana. También llegará rápido. Más de 550 ciudades chinas están conectadas por un tren de alta velocidad que hace que nuestro Amtrak Acela parezca el Pony Express.
Y cuando digitalizas incansablemente y conectas todo con todo, puedes entrar y salir rápidamente de tu habitación de hotel usando solo reconocimiento facial. Los mendigos expertos en tecnología que llevan impresiones de códigos QR pueden recibir donaciones rápidamente con un simple escaneo de un celular. Todo el sistema está diseñado para la velocidad; incluso si desafías el gobierno del Partido Comunista, en cuyo caso serás detenido rápidamente, dado que hay cámaras de seguridad por todas partes, y desaparecerás rápidamente.
Si no construimos un gimnasio similar detrás de cualquier muro arancelario, solo conseguiremos inflación y estancamiento. No se puede arancelar el camino a la prosperidad, especialmente en los albores de la IA.
También estuve en China hace apenas cuatro meses. Entre entonces y ahora, los innovadores chinos en inteligencia artificial demostraron su capacidad para desarrollar su propio motor de IA de código abierto, DeepSeek, con muchos menos chips especializados estadounidenses. Podía sentir la energía en la comunidad tecnológica. Era palpable. El mes pasado, el primer ministro Li Qiang dijo en la ceremonia de apertura de la Asamblea Popular Nacional que el gobierno chino apoya “la aplicación extensa de modelos de IA a gran escala”.
Un joven ingeniero automotriz chino que una vez trabajó aquí para Tesla me dijo: “Ahora todo el mundo compite sobre cuánta IA se está introduciendo. Ahora presumen de cuánta IA insertan. Todo el mundo está comprometido. ‘Voy a usar IA, aunque ahora mismo no sepa cómo’. Te estás preparando para eso, aunque estés en una simple cadena de producción para fabricar refrigeradores. ‘Tengo que usar IA, porque mi jefe me lo dijo’”.
Atento aviso: cuando ya tienes un motor de fabricación tan potente y conectado digitalmente como el de China y luego lo infusionas con IA a todos los niveles, es como inyectarle un estimulante que puede optimizar y acelerar todos los aspectos de la fabricación, desde el diseño hasta las pruebas y la producción.
No es un buen momento para que los legisladores estadounidenses eviten visitar China por miedo a ser llamados «abrazapandas».
Como me dijo Han Shen Lin, un estadounidense que trabaja como director para China del Grupo Asia, durante un desayuno en el hotel Peace de Shanghái, “DeepSeek no debería haber sido sorpresa”. Sin embargo, continuó, con todas las nuevas “restricciones a la inversión en el extranjero y los desincentivos a la colaboración, ahora estamos ciegos a los avances tecnológicos de China”. China está definiendo los estándares tecnológicos del futuro sin la participación de EE. UU. Esto nos pondrá en una seria desventaja competitiva en el futuro”.

Pekín no quiere una guerra comercial
Sin embargo, a pesar de todos sus puntos fuertes, China no quiere una guerra comercial con Estados Unidos. Mucha gente de clase media en China está descontenta en estos momentos. Durante más de una década, muchos chinos invirtieron su dinero en departamentos en lugar de poner sus ahorros en bancos que prácticamente no pagaban intereses. Esto creó una enorme burbuja inmobiliaria. Muchas personas se beneficiaron cuando subió, pero luego perdieron cuando el gobierno endureció los préstamos inmobiliarios en 2020.
Así que están guardando con recelo su dinero porque las ganancias inmobiliarias se han esfumado, pero los pagos de pensiones y atención médica del gobierno son escasos. Todos tienen que ahorrar para tiempos difíciles.
Como acaba de informar mi colega Keith Bradsher, la desaceleración económica está privando al gobierno de Pekín precisamente de los ingresos fiscales que necesita para estimular la economía y subsidiar “las industrias exportadoras que impulsan el crecimiento económico, pero que podrían verse perjudicadas por los aranceles”.
En resumen, el gimnasio de China es impresionante, pero Pekín sigue necesitando un acuerdo comercial con Trump que proteja su motor de exportación.
Y nosotros también. Sin embargo, Trump se ha convertido en un actor tan impredecible, uno que cambia de política a cada hora, que los funcionarios chinos se preguntan seriamente si podrán llegar a algún acuerdo que él vaya a cumplir.
Michele Gelfand, experta en negociación de la Universidad de Stanford, dijo: “Los defensores de Trump argumentan que su imprevisibilidad mantiene a los oponentes sin poder hacer cálculos. Pero los grandes negociadores saben que lo que consigue resultados duraderos es la confianza, no el caos. El enfoque ganar-perder de Trump a la hora de hacer tratos es un juego peligroso”. Y añadió: “Si sigue tratando imprudentemente a los aliados como adversarios y a las negociaciones como campos de batalla, Estados Unidos no solo corre el riesgo de hacer malos acuerdos, sino de vivir en un mundo en el que no nos quede nadie con quien negociar”.

En mi opinión, el único acuerdo ganar-ganar es uno que yo llamaría: hecho en Estados Unidos, por trabajadores estadounidenses, en asociación con tecnología, capital y expertos chinos. Es decir, simplemente invertimos la estrategia que China utilizó para enriquecerse en la década de 1990, que fue: hecho en China, por trabajadores chinos, con tecnología, capital y socios estadounidenses, europeos, coreanos y japoneses.
Así es como me lo explicó Jim McGregor, un consultor empresarial que vivió en China durante 30 años: las grandes multinacionales estadounidenses solían ir a China y hacer una empresa conjunta con una empresa china para entrar en el mercado chino. Ahora las empresas extranjeras vienen a China y les dicen a las multinacionales chinas: si quieres entrar en Europa, haz una empresa conjunta conmigo y trae tu tecnología.
Deberíamos combinar cualquier arancel sobre China con un tapete de bienvenida para que las empresas chinas ingresen al mercado estadounidense, licenciando sus mejores innovaciones en manufactura a empresas estadounidenses o asociándose con ellas para crear fábricas de manufactura avanzada en empresas conjuntas al 50-50. Sin embargo, las empresas conjuntas chinas en Estados Unidos tendrían que estar obligadas a aumentar gradualmente la proporción de piezas que obtienen localmente, en lugar de simplemente importarlas indefinidamente.
Esto, por supuesto, requeriría de un esfuerzo enorme para reconstruir la confianza, que ahora está casi completamente ausente en la relación. Es la única manera de llegar a un comercio razonablemente beneficioso para todos. Sin ella, nos dirigimos a un escenario de perder-perder. Por ejemplo, el 19 de marzo, el Senado de Texas dio su aprobación inicial a un proyecto de ley que prohibiría a los residentes y a las organizaciones con sede en China, Irán, Corea del Norte y Rusia poseer propiedades en Texas. Incluir a China en esa lista es una estupidez: oigan, prohibamos a algunas de las mentes más brillantes del mundo en lugar de ofrecer incentivos y condiciones para que inviertan en Texas.
¿En qué momento nos asustamos tanto? ¿Y en qué momento perdimos tanto de vista el mundo en que vivimos? Puedes denunciar el globalismo todo lo que quieras, pero eso no cambiará el hecho de que las telecomunicaciones, el comercio, la migración y el cambio climático nos han unido, y han unido nuestros destinos.
Me gusta la forma en que Dov Seidman, autor del libro How: Why How We Do Anything Means Everything, lo describe. Él me dijo que cuando se trata de Estados Unidos y China —y del mundo en general— “la interdependencia ya no es nuestra elección. Es nuestra condición. Nuestra única elección es si forjamos interdependencias sanas, y crecemos juntos, o mantenemos interdependencias dañinas y caemos juntos”.
Pero sea lo que sea, lo haremos juntos.
Los dirigentes de ambos países solían saber eso. Con el tiempo, volverán a aprenderlo. La única pregunta que me hago es: para cuando lo hagan, ¿qué quedará de la economía mundial, otrora unificada, que tanta riqueza produjo a ambas naciones?
