Día del Periodista: Nombres a destacar, nombres a omitir (lecturas escogidas).

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Estaba asqueado con el nivel de degradación de El Puteador de periodismo para tontos y me topé con la breve nota de Mario Goloboff, que les ofrezco con una adenda de mi coleto. Pensaba en el ataque brutal del puteador contra Vicente Battista (de quien leí con mucho gusto hace ya tiempo dos novelas, Sirocco y Sucesos Argentinos) cuando me topé con la nota de Juan José Becerra que les ofrezco a continuación. Y como no leí ningún libro de Becerra y la nota me encantó, lo guglié y vi que escribe tanto en Miradas (de dónde extraje la pieza de marras) como en Clarín, equilibrismo que muy pocos pueden practicar. Y me puse a mirar otros textos suyos, y encontré que son todos muy buenos, y entre ellos está uno -que ofrezco en tercer término- sobre el último libro de Battista. En medio de los dos textos ya referidos, incluí la impagable contratapa llamada «Diálogo en un taxi» de Tito Cossa, un  buen complemento de la primera, ya que una cosa es ser amplio y otra cosa estar condenado a tener que discutir con gente que ha clausurado su cerebro.

Como ven, hay un nuevo innombrable, fenómeno que no veía en el periodismo vernáculo desde que murió Robert Mitchum, y en la política nacional desde que Méndez vegeta en su aguantadero de lujo con la cara hinchada de picaduras de avispas esperado el momento de ir en gayola por el contrabando agravado de armas o del óbito que lo salve del escarnio. 

Por cierto, la nota de Becerra sobre el libro de Battista destaca como aquella época, la Nemen never nore, nos mojó a todos.

En cuarto lugar les dejó el final de la larga despedida del Puteador devenido Innombrable de la dirección de un diario hace exactamente cuatro años. Se refería al Grupo Clarín y no le alcanzarán los dos codos para borrarlo.

Y en quinto y último, una interesante nota de Emilio Marín sobre las distintas clases de periodistas que hay. 

Como ven, todo tiene que ver con todo.

Un nuevo crítico literario

Por M.G.

Un reciente pesquisa literario se explaya, en Clarín del 25 de mayo último, en medio de un apurado desfile de citas y exhibiciones culteranas, no se sabe hasta qué punto bien leídas y bien entendidas, incriminando a Carta Abierta y deslizando estas novedosas informaciones sobre la redacción de la última carta: «La prosa mediocre e intrincada del texto permite adivinar con facilidad que fue escrito por Horacio González». También me cuentan amigos radioescuchas que, en un programa que el mismo simula dirigir, habló en parecidos términos de la prosa literaria de Vicente Battista, inaugurador de la última Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (ganador de varios premios y alguna vez del Premio Planeta, sello en el cual el crítico publicó un casi desconocido librito de cuentos y una novela aún más desconocida) y, por lo que conozco de él (de Battista, digo), propietario de algunos defectos (como todos) menos el de no ser claro y transparente en su escritura. Agregó de éste, según citan, más o menos esto (la memoria suele no ser demasiado fiel): «¿Quién es Battista? ¿Qué es? Un viejo de mierda fracasado, ¿me entendés? Incapaz de comunicarse con la gente, por eso escriben esa mierda que escriben, que no se entiende un carajo, manteniendo lo miserable de su pequeño poder en cuatro, cinco palabras que cambian de lugar, terminan siendo los idiotas útiles de los chorros para justificar una patria socialista que yo no sé de dónde mierda la sacan». Dejando de lado la abundancia de adjetivación soez (algo inusual en una materia estética y literaria), llaman la atención las afirmaciones del crítico sobre las incapacidades de los escritores para comunicarse con su público, las dificultades de sus prosas y sobre su propia idoneidad para comprenderlas y, especialmente, sobre el hecho de que gente que no trabaja más que con el lenguaje cambie de lugar las palabras (¡qué no podría decirse de don Ferdinand de Saussure o del mismísimo Sigmund Freud, quienes no sólo cambiaban de lugar las palabras sino también las sílabas y los segmentos vocálicos, y revolucionaron, como se sabe, sus disciplinas!). En cuanto a las dificultades de comunicación y comprensión, ¿qué injurias no les habrían cabido, de ser argentinos y kirchneristas, a Roland Barthes por rebuscamiento en la expresión, a Ludwig Wittgenstein por oscuridad, a José Lezama Lima por barroco y hermético?
Y a Leónidas Lamborghini agregó yo, Salinas, recordando aquella vez que el dogor tuvo el descaro de organizar en cosa de minutos una «Antología de la nueva poesía argentina» que jamás había siquiera mirado antes y publicarla en El Porteño con su firma.

La famiglia unita

Por JJB

Hay un periodista famoso en situación de descontrol profesional, considerado por sus seguidores más exigentes un espectacularista, que describe a la Argentina como dos bloques divididos por una grieta. Si no entiendo mal, debe considerarse esa figura como un paisaje similar al Gran Cañón del Colorado (el espectacularista dice que la grieta es cada vez más grande), con geologías mellizas de uno y otro lados del corte, pero fatalmente incomunicadas, ya que no se menciona la posibilidad de tender un puente entre ambas. En estas circunstancias podemos pensar que no habría encuentro entre los bloques, pero tampoco disputa.

Versión apocalíptica de la ruptura social que estaría destruyendo al país, y resultado de una nueva vuelta de tuerca chavista, la división acaba de agendarse dramáticamente en cierta prensa que encontró un elemento sentimental para encuadrar el daño que el Gobierno produce en las zonas más débiles, pacíficas, inocentes y desinteresadas de la sociedad. Junto con la moneda se destruye la familia, los dos grandes valores –en ese orden– de nuestra querida burguesía.

En el programa Entre líneas de Radio Continental, Nelson Castro, pionero del periodrama del que no me pierdo una sola palabra, entrevistó al presidente de las Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), Rubén Ferrero. Le preguntó si el clima rural se estaba «recalentando» y Ferrero, por supuesto, conectó el centro con un cabezazo agropecuario: «Se está recalentando». La conversación derivó en algunos solos de Ferrero, en el que reprodujo los tics verbales concebidos por alguien que no es él: «modelo», «relato2, «década desperdiciada», «sectores fanatizados que niegan la realidad», etc. Pero para que no se diga que Ferrero sólo se preocupa por su renta, se desvió hacia cuestiones de la Nación y, cuando Castro le preguntó cómo vivía el «panorama de enfrentamiento» entre pueblo y campo («Se lo digo porque yo lo viví»), se lamentó de la actualidad en estos términos: «Hay divisiones y uno lo escucha a diario dentro de las familias».

Es posible que tengamos dos «zeitgeist» y que, acostumbrados a la tradición de tener una sola, nos sorprenda la superposición que algunos consideran un enfrentamiento pero que, sin dudas, también puede verse como una simple convivencia con sus derivados naturales: las diferencias, las tensiones, los desacuerdos.

La descripción de un país divisionista que replica la intolerancia de sus bloques antagónicos en la mesa familiar, y que tanto apena al ruralista Ferraro –de quien a mí me apena que siendo un hombre grande hable como un diario, sin aspirar a una mínima soberanía del lenguaje personal–, es una idea preperonista, por no decir premoderna, que consiste en considerar la mesa familiar como un altar ideológico donde la armonía se consigue por la aplicación de una autoridad: la del régimen patriarcal. Como si volviera a insistirse, homenajeando el modelo de las mesas familiares comandadas por Luis Sandrini, con que en los almuerzos y las cenas no se discute (no se discute de política).

Se pierde de vista que en el interior de las discusiones familiares las causas son familiares, no políticas. Los familiares que se desprecian, los amigos que se recelan, los conocidos que intercambian sus fanatismos en reuniones sociales, los matrimionios infelices y los hijos que se relaciones con los padres bajo el patrón del conflicto (y viceversa), necesitan la «grieta» social, de la que habla el espectacularista y recita Ferraro, para dirimir diferencias más profundas y preexistentes.

Se dice que hay gente que ha dejado de hablarse por la «división», que las familias están fracturadas, que la grieta es una fuerza descendente que parte del Estado, con lo que, por ejemplo, Marcelo Bonelli y yo seríamos hermanos argentinos desunidos por Cristina Kirchner. Sinceramente, no veo la grieta. Veo, sí, sus versiones televisadas, sus diarios de bitácora en la prensa y sus intenciones de acelerar el desacuerdo hacia el campo de la violencia. Por «abajo», periodistas y opinadores saltan de la neurosis a la paranoia, pero no crean que esa desesperación hiperbólica domina la masa crítica de la vida privada, donde los individuos no están en una sola cosa sino en varias.

Si asomáramos un poco la cabeza por afuera del balde que nos impide ver el conjunto circular de lo que consideramos la realidad pública, tal vez veamos que el vehículo que impulsa el discurso de la división (y que con su descripción angustiada se encarga menos de describirlo que de postularlo) no es el de la política sino el del periodismo, lo que prueba que no es una disciplina informativa ni analítica sino una pura manifestación de romanticismo que se esfuerza inútilmente en guardar las formas.

El periodismo es un sentimiento expresionista que parece no avergonzarse –salvo excepciones– de haber abandonado para siempre la duda, la lentitud que requiere llegar verdaderamente al fondo de algo, el «no sé». El retroceso es formidable porque, como nunca desde Mariano Moreno, no hace falta saber nada para ejercerlo. Tranquilamente se puede ejercer sin información. Con decir lo que se siente, ya está. Estamos en Editorialandia, un reino en el que la condena a la división se ejecuta con una apología de la división.
Por lo pronto, y habiendo votado al Gobierno desde 2003, empiezo a programar como siempre mis vacaciones de verano con mis parientes más antikirchneristas. ¿Por qué con ellos y no, por ejemplo, con Orlando Barone? Porque nos queremos y son las personas con las que mejor me llevo. Si alguien se pelea por cuestiones políticas con su hermano, su tío o su novia, le recomendaría que mire menos el escenario televisivo de la «división» que el interior de sí mismo.

Hace muchos pero muchos años, en agosto de 1984, las familias Scippa y Améndola se reunieron en un restaurante de Nápoles para celebrar el bautismo de sus niños. El sacramento, un tema que no entretiene a nadie, derivó en unos spaguettis, unas copas de vino y una discusión sobre la última actuación de Maradona contra el Sampdoria, que los Scippa juzgaron buena y los Améndola juzgaron mala. Los ánimos se encresparon. Volaron sillas y botellas, y los utensilios fueron empleados como armas punzantes. Una buena discusión a la napolitana. No murió nadie porque entonces dios era argentino. ¿Alguien puede creer que en la batalla campal de estos oligofrénicos el problema estaba en lo que se discutía?

Diálogo en un taxi

Por T.C.
Hace ya más de cinco años que no tomo un colectivo. La última vez, una tarde veraniega, me subí a uno de la línea 60, camino a Belgrano. Todos los asientos estaban ocupados y los pasillos libres. Avancé unos pasos. Un pibe de unos 15 o 16 años se puso de pie y ocupé su lugar. Pensé que se bajaba. Pero, no. Se quedó parado junto a mí. ¡Me había cedido el asiento! ¡¡Y, encima, el muy canallita me miraba con cara de boyscout que había cumplido con la buena acción del día!!

Desde entonces viajo en taxi. Mis traslados son escasos, algo así como seis viajes semanales, pero los suficientes como para poder acumular cierta experiencia. Antes que nada quiero desmentir la fama que tienen los tacheros de ser charlatanes. La mayoría es callada. Es cierto que yo soy hombre, viejo y desde que subo pongo cara de amargado. Alguna niña buena moza podría asegurar lo contrario. También es cierto que, si me dirigen la palabra, suelo responderles con monosílabos. Respetuoso, pero seco.

–Dicen que va a llover.

–Sí.

Conmigo no hablan, pero están los que no se dan por enterados y lanzan sus monólogos que pueden ser temas familiares, el fútbol (en ese caso a veces me prendo) o el tránsito. A lo que le temo, y más en este tiempo, es al discurso político. Porque, si bien la fama de charlatanes es discutible, la de que los tacheros en su mayoría son fachos no deja dudas. Los que hablan de política hablan como fachos.

Días pasados subí a un taxi. Me recibió un cincuentón que después de indicarle el destino y cerrar la puerta, me espetó:

–Qué desastre, ¿no?

Silencio.

–Esto no da para más. Se viene todo abajo. Este gobierno se tiene que ir.

Silencio.

–¿Vos qué opinás?

Que hay que esperar a las elecciones de 2015.

–Se tienen que ir antes.

Y ahí nomás me recitó todas las tapas de Clarín de los últimos años. No pensaba responderle, pero más allá de sus ideas, el discurso era el de un hombre agobiado, temeroso por su futuro. Me pareció que algo tenía que decirle.

–Mire, amigo (no suelo tutear a desconocidos y menos a trabajadores de algún servicio), el viaje es corto. Compartiremos, a lo sumo, veinte minutos. Usted no sabe nada de mí y yo tampoco nada de usted. Yo, por lo menos, sé cómo usted se gana la vida. Usted no sabe si yo soy un narcotraficante o un investigador dedicado a la lucha contra el cáncer. Lo que sí puedo decirle es que soy un argentino que pronto va a cumplir 80 años y que ha aprendido algo. Estamos ante dos proyectos: a este país lo maneja el Estado o lo manejan las corporaciones. En síntesis: Kirchner o Menem, para que nos entendamos.

–A mí me gusta Massa. Es joven… administra bien.

–No importan los nombres. Lo que importa es el proyecto. Importa lo que le hace bien a la mayoría. ¿Quiere que le diga? Salvo con los militares a mí me fue bien o mal con cualquiera. Pero no me quedo con cómo me va a mí. Pienso en los demás, en el país.

–Pero éstos roban mucho.

–Las corporaciones roban más. Con la diferencia de que al gobierno lo puede cambiar cada cuatro años. Las corporaciones son eternas.

–En definitiva, los políticos son todos iguales.

–No es cierto. En los últimos 80 años hubo cuatro presidentes que hoy, si estuvieran vivos, podrían andar por la calle y recibirían el respeto del pueblo: Yrigoyen, Perón, Illia y Alfonsín. Dejo de lado a Cámpora porque fue un interinato. A los tres primeros los voltearon los milicos. A Alfonsín lo obligaron a irse antes. ¿Por qué? Eran cuatro presidentes muy distintos, en épocas distintas, pero de una u otra manera, con mayor o menor énfasis, enfrentaron a las corporaciones, es decir, al poder real. Mucha gente celebró la caída de Yrigoyen y, poco tiempo después, una multitud arrepentida acompañó sus restos al cementerio. También mucha gente celebró la caída de Perón y 18 años después tuvieron que ir a buscarlo para que enderece el barco. Illia cayó sin pena ni gloria y no somos pocos los que rescatamos las cosas buenas de su gobierno. Lo mismo nos pasa con Alfonsín. Y téngalo en cuenta: A Yrigoyen lo sucedió el general Uriburu y dio comienzo la década infame; a Perón, Aramburu y Rojas y ya sabe lo que pasó; a Illia, lo reemplazó Onganía y a Alfonsín, Menem.

No me contestó. Desde mi lugar observé su perfil y me di cuenta de que se había quedado pensativo. Me pareció que había llegado el momento del golpe final.

–Con los Kirchner el país dio un paso adelante, defectuoso si usted quiere, pero un paso al fin. Por favor, no retrocedamos una vez más.

Las últimas diez cuadras la hicimos en silencio. Llegamos a destino, le pagué con un billete de cincuenta y en el momento de darme el vuelto, me dijo:

–¿Sabés qué creo? Que La Cámpora y las Tres A son la misma cosa.

Estoy pensando seriamente en volver a viajar en colectivo.



 

El policial durante los ’90 o la nueva novela de Vicente Battista

Por JJB

En su último libro, Ojos que no ven, Vicente Battista hace foco en el pasado inmediato del periodista Raúl Benavídez, el personaje que creó para la novela Cuaderno del ausente (publicada en 2009, ambientada en el año 2007). En aquel entonces –último año de la presidencia de Néstor Kirchner, elecciones y asunción de Cristina Fernández–, el disparador era una nota pedida a Benavídez para trazar el perfil y husmear en las «hazañas» del comisario Evaristo Meneses («un Hoover criollo que encontró en las operaciones de prensa lo que los acontecimientos casi siempre le negaban: resultados», lo tipificó con claridad el narrador Juan José Becerra). Ahora –y, reculando en el tiempo, «ahora», en la novela, son los años ’90–, Benavídez se encuentra ante el pedido anacrónico de su editor en la revista Impacto (suerte de cocktail entre Noticias, Caras, Siete días y Gente): «sesenta líneas» sobre el deceso, ocurrido tres años atrás, de Juan Ignacio Aráoz, un muchacho de 18 años que apareció muerto en el patio de un club usado por su colegio para practicar gimnasia.
Benavídez es un hombre de entre 30 y 40 años, con muchas ganas pero al que ya las «mieles» del menemato curtieron con las promesas huecas de «revolución productiva» y que mira con sorna la declinación «siganmé». Así y todo, no compra el bolazo del periodismo que todo lo sabe y en nada profundiza, sino que se mete a investigar como si se tratara de uno de esos personajes inmortalizados por Chandler, Hammett, Simenon o Christie. Más parecido al inspector Maigret –algo aparentemente chambón, gran degustador de bebidas y comidas, escuchador más que expositor de argumentos– que al verborrágico Poirot y a los arquetípicos Marlowe o Spade, Benavídez empieza una larga lista de preguntas y recorridos que lo llevan a publicar una serie de notas con las cuales será considerado como el periodista estrella del momento, incluidas actuaciones televisivas en los programas top de los ’90, Neustadt y Susana. Claro, la expresión «del momento» debe ser considerada dentro de esa emergencia de fugacidades que fue el menemato.

Como ante todo policial (y Ojos que no ven es, a pesar de todo, gracias a todo, un policial), contar el final es arruinar el principio. Dicho esto, conviene aclarar que Battista hace que Benavídez y su entorno practiquen una vuelta de tuerca al género. Un género de grandes nombres en el país: desde los primeros folletines de Eduardo Gutiérrez y algunos cuentos de Horacio Quiroga hasta los últimos trabajos de Ricardo Piglia, pasando por Borges y Bioy (ya sea prologando la colección El séptimo círculo o creando disparates magníficos para Bustos Domecq), husmeando asombrado en los textos por encargo que David Viñas escribió en 1953 bajo el seudónimo Pedro Pago, deteniéndose absorto en el laboratorio meticuloso, perfecto e ideológico de Rodolfo Walsh. Ojos que no ven, entonces, propone el patrón seguido por el autor de Operación Masacre o El caso Satanowsky. Pero sus personajes –es decir, el discurso de Vicente Battista– no son poseedores de puntos de vista tendientes a subvertir el orden abominable del menemato ni se enfrascan en dilemas morales que desafíen el silencio de un país casi homogeneizado en el sueño prometido del ingreso al Primer Mundo. Sus personajes, reales o imaginarios, Neustadt o Benavídez, son la sociedad. Ojos que no ven es la sociedad atravesada por un hecho oculto, tapado, rápidamente forzado a olvidar, que, de repente, es enceguecida por un fogonazo para volver, de inmediato, a la oscuridad más absoluta. Battista engarza negociados, sexo prohibido, corrupción, drogas al por mayor con el hilo del silencio. Mejor dicho, Battista narra en su nueva novela el proceso de la cosa puesta obscenamente en escena para que el griterío chirriante oculte la imposición del silencio. O, para decirlo todo, Battista utiliza el policial para narrar lo peor del menemato: nosotros mismos diciendo sí.

Apropiadores, terroristas y genuflexos pretenden corrernos por izquierda

Por J.L.

Es gracioso y patético verse corrido por izquierda por Clarín: que el diario que convivió e hizo grandes negocios con los militares (Papel Prensa, junto a La Nación), gerenciado por la señora que se sospecha apropiadora de hijos de desaparecidos, que implementa el terror como política laboral (no tiene, por ejemplo, comisión interna) sostenga en un artículo sin firma que Crítica «moderó últimamente su posición sobre Kirchner» es tan torpe que resulta cándido. «Lanata se va por la caída en las ventas» dice Clarín luego de aclarar que no tiene cifras del IVC sino afirmaciones del mercado. Crítica tiene, sin embargo, cifras del IVC: en febrero Clarín cayó 61.875 ejemplares los domingos y 26.213 de lunes a viernes. Cifras altas incluso para los 250.000 ejemplares promedio de Clarín. El diario que montó ilegalmente Radio Mitre, que obtuvo Canal 13 del menemismo y logró la fusión monopólica del cable con Kirchner nos acusa de falta de independencia. Clarín no soporta que no le tengan miedo. Me hubiera gustado, al menos, dar esta pelea con Roberto Noble, su creador, y no con su lobbista Héctor Magnetto y el genuflexo señor Kirschbaum, cada día más encorvado por decir que sí.


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