El mal tiene que explicar todo esto

MARTÍN RODRÍGUEZ / NI A PALOS / 23.04.12

Ese es el razonamiento: tiene que haber una «línea macabra» que explique la lógica y la coherencia del kirchnerismo. Estaba en la prehistoria de 2003, en la explicación íntima y última de esas primeras decisiones. El kirchnerismo era sospechoso de una actualización ideológica que no se contenía en los receptores antipolíticos de esos años. No parecía el kirchnerismo un orden naciente bajo la disciplina del «¡que se vayan todos!», sino algo con más sustancia. Caprichoso. Un culebrón ideológico complicadísimo. Lo fue. Lo es. Gracias al Dios de las carambolas.

Recuerdo el programa de cable Brokers, una mesa de ex service que se sentaban a comer la picada de los datos que habían recolectado en la semana. Un programa hecho entre Tata Yofre, Guillermo Cherashny y alguien más que no recuerdo, que se basaba más en la risa mal disimulada y el gesto cómplice donde hacer ver «la punta del iceberg» del secreto de palacio que guardaban, que en algo dicho a ciencia cierta. No querían mostrar lo que decían, sino todo lo que no decían. Era un programa sobre el silencio. Bueno, en ese programa, en mayo de 2003, recibieron con total desconcierto la llegada al poder de Kirchner. Y ahí, juro que lo dijeron, elaboraron la mejor teoría trágica del periodismo cínico opositor: ya tienen el oro, ahora van por el bronce. Es decir: empezaban a agitar la «fortuna de los Kirchner» pero para hacer más extraños los signos visibles de los primeros cien días. Si tienen guita, si son poderosos, para qué mierda quieren hacer historia,se preguntaban. Esa «cuenta» no cerraba. Nadie deja de tener ideología, siempre -hay que decirlo- los renegados de las ideologías tienden a ser más de derecha, en fin, es así. Pero en este caso, aparecía un núcleo de convicciones que por algún lado que no era justamente ése se tenía que explicar. Los Kirchner volaban a la ciudad del país central a gobernarlo mientras todo ese mundo volaba al sur a descubrir las «miserias provincianas» que tienen que explicar el nuevo orden.

Son ocho años. Demasiado tiempo para una democracia. Poco tiempo para la historia de un país. Suscribo a mirar procesos de larga duración con movimientos más profundos y subterráneos que los que se miden en la histeria cotidiana, en el calor del precio del tomate. ¿Qué puede explicar al kirchnerismo que sea ajeno a lo que el kirchnerismo dice de sí mismo?

Clave 1: el kirchnerismo no odia al Estado. Y asume la lógica política que contiene el intento por reconstruir SU economía.

Clave 2: no se enfrenta el kirchnerismo a una impaciencia social que aspira a que un Estado más Poderoso haga YA efectivo el reparto social que falta. Sino a los antiguos amantes de un orden democrático QUE DESTRUYERON, QUE MINARON, QUE DISCIPLINARON, y del que extrañan las «buenas formas». Una política franelera siempre un poco incapaz -por la contingencia de la misma democracia- de construir sus «climas de negocios». «Clima de negocios» es el eufemismo de «estaciones para el golondrinismo».

La medida de recuperación de YPF fue calificada por Horacio González como «audaz y prudente». Audaz y sensata, quizás le diríamos. Audaz, porque no estaba en el campo de lo esperable. Y siempre acompaña a todo peronismo la sombra vandorista de la negociación tras el golpe. Y también fue sensata porque es un Estado que no ve al petróleo como un simple commoditie sino como un elemento decisivo en su fórmula de desarrollo con inclusión.

Pero ese deseo de que todo todo se reduzca a un negociado, a una trama de nombres e intereses, es lo que explica no sólo el relativo éxito del denuncismo lanatiano, sino también una suerte de límite social que se pretende imponer sobre la política. Algo así como: la gente no tiene que ser boluda nunca. No vaya a ser cosa que la gente se «alegre», sea «inocente» y aplauda una medida de raíz popular porque desconoce el «para qué se hace». Si la corrupción explica todo, entonces YPF tiene que ser explicado por ejemplo, como huida del caso Boldt – Ciccone: es la huida hacia adelante de la mano de una política de justicia. Esa paradoja de deudas donde se agitan amenazas soviéticas: ¿ante el próximo «escándalo» público reaparece ENTEL?

Parecemos un país que no soporta otra cosa que eso que está en la esencia del monólogo de Lanata, donde todo se reduce a la lista de pasajeros del vuelo a Angola. Cómo correr a la velocidad de un gobierno que cada cierto tiempo reestructura las reglas de juego pero sobre un juego que, a esta altura, debería ser cada vez más previsible: no es un plan de estatizaciones, sino una larga política de reparación social que aún instrumenta la reparación de las herramientas públicas. Es una Argentina de cirugía, donde YPF es el nombre de uno de los antibióticos de la cura. Y un capítulo de disciplina contra lo que durante años disciplinó a todos. Argentina se prepara para recibir en su periferia la crisis que no engendró.

Por qué no hacerla más fuerte, ciudadanos del futuro.


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