El paradero de Snowden y una inquietante conjetura

Me escribe Caíto, alías Cicuta, que impide que viva feliz mamando 678 (Uy, me lo estoy perdiendo, y es que tengo un trabajo atrasado). Me manda un texto de Diego Martínez, un muy buen periodista al que no tengo el gusto. En un momento, Martínez era o parecía ser el discípulo dilecto de Verbitsky, pero algo pasó. Aunque debió haber algo más, seguramente ayudó que Martínez fuera elegido delegado por sus compañeros (como antes Carlos Rodríguez, como Tato Dondero, como tantos buenos tipos/as) actividad que a Verbitsky no le cae en gracia. En cualquier caso, algo parece haber interrumpido, desviado, obturado, su «carrera» en el diario. Para empezar, me han contado que Martínez se negó a seguir trabajando a destajo, sin que le pagaran horas extras, en temas de Derechos Humanos, en los que se había especializado.
Me entero por Diego Martínez, digo, que, en los hechos, la columna sabatina de Santiago O’Donnell en el diario fue levantada. No sé como no me había dado cuenta antes. El Pibe O’Donnell suscita en mi sentimientos encontrados. Casi nunca me deja indiferente. Lo conocí en Pinamar, cubriendo ambos en insólita soledad el asesinato de José Luis Cabezas y forjamos una sutil amistad. Pero algunas de sus columnas me soliviantan por su liberalismo de cuño estadounidense (Santiago es en gran medida un periodistas yanqui, de Los Angeles Times y el Washington Post, como yo lo soy en una medida que no puedo cuantificar español, pues fue en Barcelona dónde hice mis primeras armas en el violento oficio de escribir) su primermundista frivolidad satisfecha a la hora de analizar la guerra civil siria (que es, primordialmente, una agresión extranjera) y otros asuntos de la periferia del mundo globalizado. Y no estoy hablando solo de sus notas sino del recorte, del laissez faire, que no lea todas las notas que se publican en la sección Internacionales, de la que ¿todavía? es jefe.

Una disgresión: O’Donnel sucediò en la jefatura de Internacionales a Claudio Uriarte, que  no tardó mucho en morir. Lo había conocido cuando era el benjamín del Movimiento Socialista Revolucionario (MSR), rama «legal» o de superficie de la clandestina Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) en el aciago 1976. Después yo me fui a Barcelona, y al Diario de Barcelona, y él a Convicción, de Lezama Lima y Massera. Gracias a lo cual escribió ese gran libro que es Almirante Cero. Lamentablemente, Claudio, un hombre con graves perturbaciones emocionales, descarriló y terminó siendo un furibundo partidario de la derecha israelí (su mamá era judía) y de la «venganza infinita» de Bush, Perle y Rumsfeld.
Dicho todo esto, lo pertinente y lo impertinente, las columnas de Santiago O’Donnell, como antes las de Uriarte, son textos que no pueden dejar de leerse, aunque sea para hacerse mala sangre.
Y ahora los dejo con el introito de Diego Martínez y la última, inquietante columna de Santiago O’Donnell…

¿Será posible?
Adelanto mi parecer: No lo creo. Me parece que O’Donnell no entiende la lógica de Evo, sus valores: no ser flojo, no mentir. En fin, que si Evo hubiera rescatado a Snowden, creo yo, lo estaría diciendo a voz en cuello. 

Excepto, claro, que no haya podido resolver todavía como garantizar su seguridad.
En fin, que Santiago ha sido eficaza la hora de sembrar la duda.
Pero, insisto, que Evo haya llevado a Snowden en su avión a Bolivia me parece casi tan improbable como que un U-Boat haya dejado a Hitler en la Argentina a mediados de 1945. Y, sin embargo… 

Por la vuelta de las columnas de Santiago O’Donnell a PáginaI12

Por Diego Martinez*

Después de publicar la columna «No estuvo bien», sobre la muerte de Chávez y «cómo se manejó desde el poder» (PáginaI12, 10-3-13), «me contestaron tres columnas atacando lo que yo había escrito y no quisieron (léase la dirección del diario) publicar columnas a favor», cuenta Santiago O’Donnell, compañero de redacción y jefe de la sección Internacionales. «Llegamos a las elecciones de Venezuela y me dijeron que no podía escribir sobre el tema, que escriba sobre otra cosa o que no escriba, porque podía tener una posición equilibrada pero digamos que ‘la herida estaba demasiado fresca’, en referencia a no sé qué herida que habrá causado esa columna. Ante esa situación, por una cuestión de dignidad, me pareció que debía seguir escribiendo mi columna en mi blog y no tener que preocuparme de que me aplaudan si le pego a la derecha y me digan que no puedo opinar sobre la izquierda».

–¿Pero seguís escribiendo en Página? –pregunta Dante Leguizamón.
–Si tengo algún reportaje o tarea puntual lo publicaré, no tengo problema, pero mi opinión y mi firma ahora la tengo en mi blog. Edito y trabajo (en el diario) pero no opino –responde, y agrega: «Me sacaste algo que no ando contando mucho».

Transcribo sus palabras de una entrevista radial mientras veo que Santiago saluda de lejos y sale de la redacción a paso lento, en silencio. Las comparto, consciente de que en Clarín, La Nación o Perfil ocurren situaciones iguales o peores, porque pienso que flaco favor le hacemos a los lectores ocultando cómo funcionan los medios, donde la libertad de expresión sólo rige para los patrones, para quienes cubren (cubrimos) temas que no molestan a los patrones, para quienes no se muevan un pelito de la «línea editorial» y para periodistas excepcionales como Horacio Verbitsky y muy pocos más. Estas líneas son además el modo que encuentro de pedir a quienes conducen el diario donde trabajo y soy delegado que vuelvan a publicar las columnas de Santiago O’Donnell (adjunto la de hoy, que todavía no leí y que seguro no perderá actualidad en el diario del lunes). Y si no lo hacen, por favor no vuelvan a hablar de libertad de expresión.

*Delegado gremial de PáginaI12

Snowden no está

POR SANTIAGO O’DONNELL

http://pajarorojo.com.ar/wp-content/uploads/2013/07/75B27A8BE41A2BA7271C3235BABA4.jpg Algo extraño está sucediendo con el caso Snowden y el atropello a los derechos de Evo Morales, presidente de Bolivia. El espía, digámoslo ya, no aparece. No se muestra, no se comunica con la superficie. Fue visto por última vez, dicen, el 23 de junio en la terminal de tránsito de un aeropuerto de Moscú. Evo fue para allá esta semana. Cuando volvía, los europeos, o sea varios países europeos, no lo dejaron pasar. Inventaron una excusa y no lo dejaron pasar. Tuvo que hacer una parada de emergencia en Austria donde, según la versión austríaca, Evo autorizó que un oficial ingresara a la nave y revisara los documentos de los pasajeros. Según la versión boliviana Evo no permitió que se revisara nada por una cuestión de soberanía y dignidad. Evo pasó catorce horas varado en Viena. Al final aflojaron los españoles y lo dejaron pasar y también recargar combustible en las Islas Canarias.

Evo volvió como un héroe. Le colocaron un aro de flores y le tiraron papel picado. Lo abrazaron los amigos bolivarianos, los amigos antiimperialistas, y entre todos armaron una respuesta sudamericana. Evo había sido humillado por los vasallos del imperio, había sido castigado por atreverse a ser independiente. Porque Evo no es como los europeos, que de colonizadores pasaron a colonizados y hoy son meros felpudos y lamebotas de Estados Unidos. Para peor, esos mismos europeos, tan pusilánimes cuando de Estados Unidos se trata, se transforman otra vez en los colonialistas soberbios, explotadores y racistas que supieron ser cinco siglos atrás cuando dirigen su atención hacia América latina. Sí, América latina, esa Patria libre, pujante y soberana que supieron parir entre Néstor, Hugo y Lula.

Al bajar del avión en El Alto, Bolivia, pasada la medianoche, en vivo por televisión para toda Sudamérica, tras la inspección de las tropas y después de entonar con entusiasmo un cántico patriótico con los uniformados que vestían su mejor gala, Evo se paró delante de un micrófono de pie al costado de la pista y se dirigió al mundo. Primero agradeció a su pueblo y a su vicepresidente, Álvaro García Linera, por haberle cuidado la espalda durante toda la crisis. Después agradeció a sus aliados en la región, nombrándolos por país y no por el apellido de sus presidentes.  Después se detuvo un minuto para contar algunos detalles de su reunión con Vladimir Putin antes de volver de Moscú, a donde había viajado para asistir a una cumbre de gas. Destacó que la reunión con el presidente ruso había sido muy provechosa y muy buena. Putin, un tipo bárbaro, pareció decir Evo. Después contó cómo había sido demorado por los europeos. Descartó que cuatro países le cerraran el paso por problemas técnicos, todos al mismo tiempo, como habían aducido, y llegó a la conclusión de que la demora estaba relacionada con el espía Snowden ya que él, Evo, había mencionado la posibilidad de asilarlo en Bolivia. Entonces Evo responsabilizó directamente a Estados Unidos por el bloqueo a la aeronave presidencial boliviana, por ser Estados Unidos el principal interesado en Snowden, quien de algún modo u otro había sido el causante de la demora. Evo concluyó diciendo que no lo iban a intimidar y que la embestida yanqui no había sido en contra de él sino de todo el continente. Dio a entender que es absurdo pensar que llevaba al espía a bordo, pero no lo dijo.

Al día siguiente llegaron los amigos. Cristina Kirchner, Rafael Correa, Nicolás Maduro y Pepe Mujica se fundieron en un abrazo colectivo y solidario con Evo, no por nada y después de todo el primer presidente indígena de la región. Raúl Castro y Daniel Ortega mandaron muchos saludos y proclamaciones de apoyo absoluto e incondicional. La derecha regional acompañó el show a distancia, con silencio piadoso, como para no arruinar el mito de la unidad latinoamericana. Colombia, Chile y Paraguay no formaron parte de la cumbre presidencial de Unasur para desagraviar a Evo en Cochabamba al día siguiente de su regreso después de la epopeya. Mujica fue a la cumbre pero no participó del acto público de desagravio, sino que eligió quedarse en su hotel.  Los presidentes de Brasil y de Perú mandaron su asesor especial y su canciller, respectivamente, para representarlos. Ambos funcionarios mantuvieron un bajo perfil durante la cumbre y se quedaron en el hotel con Mujica, marcando una diferencia con las posturas más combativas del bloque argentino-bolivariano.

Mucho más llamativa fue la reacción de los europeos y los estadounidenses. ¿Por qué hicieron lo que hicieron? ¿Por qué no dicen nada? ¿Por qué cuando dicen algo, son ambiguos o directamente mienten? Hay una primera respuesta fácil y es que no importa si el mismísimo Snowden estaba en el avión, lo que hicieron está mal, no se puede hacer, es una clara violación al derecho internacional. No tiene justificación de ninguna manera. No se puede hacer, por lo tanto no se puede justificar ni legitimar con ningún tipo de explicación. Entonces, a riesgo de parecer soberbios y altaneros, mejor no decir nada.

En síntesis, hace cuatro días que esto pasó y se sabe poco y nada. Los italianos tardaron tres días y dieron una explicación confusa, afirmando que autorizaron al avión de Evo, pero después no porque el permiso había caído «automáticamente» cuando el avión debió cambiar su ruta por culpa de los demás países. En cambio los portugueses hasta ahora no dijeron nada. Los españoles tardaron dos días en contestar y tampoco fueron muy claros. A través de su canciller, dijeron que tenían información que Snowden viajaba en el avión y por eso le negaron el tránsito, pero después lo dejaron pasar porque Evo, «presidente de un país hermano,» afirmó que no llevaba al espía a bordo. Sin embargo, el jefe de la diplomacia española aclaró que su país no tiene por qué pedirle perdón ni a Evo ni a nadie. Por su parte el presidente de Francia, otro de los países apuntados, dijo que autorizó el vuelo «en cuanto supo que viajaba el presidente de Bolivia,» admitiendo así, de manera implícita, que la autorización se había demorados hasta que el mandatario se enteró que un presidente viajaba a bordo.  Pero los dichos de mandatario galo_el único presidente europeo en dar explicaciones_sonaron inverosímiles. ¿Por qué?  Resulta poco creíble que Francia negara el permiso al avión donde presuntamente viajaba Snowden, sin que el presidente autorizara  semejante decisión. Y es difícil de creer que el presidente autorizaría semejante decisión sin estar mínimamente informado que se trataba del avión de Evo. Ah, y Francia tampoco pidió perdón, ni siquiera dijo que «lamentaba» el incidente. Mientras en Bolivia quemaban banderas francesas, la cancillería de ese país dijo apenas que los inconvenientes sufridos por Evo le causaban «tristeza».

Muy rara la reacción de los europeos. También la de Estados Unidos, que sólo se expresó a través de la vocera del departamento de Estado mientras el presidente y su canciller hicieron mutis por el foro. «Cada país tomó la decisión de manera individual. Pregúntenle a ellos por qué tomaron esas decisiones» dijo el vocero, dando a entender: A) que los americanos presentaron pruebas contundentes a sus aliados y B) que esas pruebas se sostienen contra las desmentidas de los funcionarios bolivianos. Nada de pedir perdón ni nada que se le parezca. Suspendieron los festejos del 4 de julio en la embajada estadounidense de La Paz y mandaron una carta al canciller boliviano solicitando la extradición de Snowden «en caso de que llegara a encontrarse en ese país.»

Entonces, volviendo al principio, ¿dónde está Snowden? Hace rato que no da señales de vida, por lo menos desde que el avión de Evo partió de Moscú. Imaginemos que pasa una semana, pasa un mes sin señales de Snowden y de repente puff, los rusos avisan que desapareció. Nadie revisó bien el avión de Evo en el vuelo de vuelta, apenas un oficial austríaco se habría subido en Viena para pedir pasaportes, pero sin buscar en los baños o bauleras donde tranquilamente podría esconderse un polizón. En la escala en Canarias Evo no dejó que nadie se acerque al avión. Mucho menos en Brasil, la última parada antes de volver a Bolivia.

Quiero ser claro. Nada justifica que demoren el avión de Evo, por más que llevara a quien sea. El atropello merece y debe ser denunciado. Pero la conducta de los europeos, el silencio de los rusos, las insinuaciones de los yanquis y la distancia que tomaron algunos latinoamericanos tienen sentido si Snowden efectivamente estaba escondido en el avión de Evo. De ser así Evo no lo va a decir y es posible que nunca se haga público. En cambio si Snowden no estaba en el avión de Evo, no se entiende por qué los norteamericanos harían lo que hicieron para transformar al presidente boliviano en un héroe de la resistencia antiyanqui. Ni por qué los europeos, tan legalistas ellos en las formalidades diplomáticas, rompieron todos los protocolos y fueron descubiertos pero no se hacen cargo ni ofrecen una explicación creíble sobre su proceder.

Para ser muy crudo, Evo en Estados Unidos no existe. Nadie lo conoce, nadie lo reconoce como villano de occidente, nadie sabe que se la pasa hablando mal del Tío Sam. No está en la liga de los Castro, los Chávez, los Khadafy o los Saddam Hussein, ni se acerca. Tendrá su peleítas en Bolivia con burócratas estadounidenses expatriados de tercer y cuarto nivel, pero la inmensa mayoría de los estadounidenses, incluyendo muchos poderosos en Washington, ni siquiera saben dónde queda Bolivia. Con todo lo que está pasando en Egipto, Siria, China y el resto del mundo, hay que tener una mentalidad del siglo pasado para creer que todo lo que le pasó a Evo fue consecuencia directa de las ínfulas imperialistas de Estados Unidos y los reflejos colonialistas de los europeos. De mínima tiene que haber algo más.

Claro que Snowden puede reaparecer mañana en Moscú y echar por tierra esta hipótesis, pero por el momento parece prematuro descartarla: Snowden en Bolivia, calladito la boca, bajo el ala protectora de la Patria Grande, nueva Meca para la libertad de expresión antiestadounidense.

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