En recuerdo de Goyo, el patriarca montonero






















Debajo de ésta va otra nota de Roberto Baschetti


Entrevista a Laura Levenson, hija de Alejo

“Me dijo: ‘Por fin un nacimiento entre tantas muertes’”

Tiempo Argentino /  24 de Diciembre de 2011

–Cuando murió tu papá vos tenías tres años. ¿Qué pudiste reconstruir de su historia personal en todo este tiempo, y qué imagen te despierta?
–Antes que nada, lo que más tengo presente de lo que me tocó es una visión familiar desde lo humano, porque estuve ajena a lo político, y a lo relacionado con la militancia. Y eso me ocurrió probablemente debido a lo que fue mi vida, tan cruzada por la dictadura, tan trágica para el país. Se trató de una familia, especialmente la paterna, muy involucrada con todo eso, y marcada fuertemente por el dolor. Mi papá falleció cuando yo era realmente muy chica, y antes de eso, cuando rondaba el año de vida, dejó de vivir con nosotros, se separó de mi mamá y pasó a la clandestinidad. Con lo cual nuestros encuentros eran escasos y generados por mi abuela, siempre en lugares públicos. Lo que sí recuerdo lejanamente es su velatorio en la casa de Ramos Mejía de mis abuelos. Aquella imagen me acompaña hasta hoy.
 

–¿Se te ocurrió rearmar en tu cabeza lo que había hecho?
–Al principio, para mí era un papá que no estaba, y un vacío muy grande en mi vida. Mucho después, cuando volvimos a Buenos  Aires pasados varios años de exilio, tampoco quería ir al cementerio, pese a las peleas con mi abuelo Goyo, que insistía con que Alejo era un héroe. Yo, con mis rebeldes 16 años, no podía todavía despegar de la idea de que un día se fue y me dejó. Me llevó mucho tiempo entender un poco más esa postura frente a la vida, ese compromiso que él tenía, y que era más fuerte que el permanecer junto a los hijos. Esa necesidad imperiosa de luchar por sus ideales.
 

–¿Cómo fue crecer en el exilio?
–Me crié con mi mamá y mi hermano, con una muy fuerte presencia de Goyo durante todos esos años. Si bien no vivimos siempre en los mismos países, salvo en Costa Rica, donde nos quedamos dos años, siempre Goyo viajaba y compartíamos muchos meses con él. En ese tiempo era no sólo mi abuelo, sino el de todos mis amigos. Nos hacía barriletes, y regalaba esa imagen de hombre bueno. Yo estaba profundamente orgullosa de él como abuelo.
 

–Eras más grande cuando secuestran a tu abuela y matan a tu tío.
–Sí, el secuestro de Lola y la muerte de Bernardo, que para mí era Pachi, me marcaron bastante. Nunca me voy a olvidar de cómo mi mamá me explicó lo que pasó. A esa altura vivía en Venezuela, tenía alrededor de ocho años. Lola nos había visitado en 1976, conoció mi escuela, y en esa oportunidad fue la última vez que la vi. Era la abuela en su máxima expresión. Me vienen a la cabeza los panes con manteca y dulce de leche que nos hacía a todos, a la barra de amigos que teníamos en el barrio, en Ramos Mejía y en la casa de La Perla, en Mar del Plata, donde nos llevaba todo el verano. En ese lugar pasé momentos increíbles, carnavales de luchas de vereda a vereda con bombitas y baldes de agua, siestas obligadas, con un mono tití que estaba en la vid de la entrada de la casa. Lola estaba siempre, en la calle, a la salida de la escuela… Teniendo en cuenta la viudez de mi mamá, su imagen era infaltable.
 

–¿Y Goyo?
–Cuando digo Lola digo Goyo también, siempre. Recuerdo que todos los meses ella depositaba no se cuánta plata en cuentas de El Hogar Obrero. Abría una cuenta cada vez que nacía un nieto, y todos los meses dejaba dinero guardado para cuando fuéramos grandes. Qué triste se hubiera puesto si se enterara que 15 años después, cuando volví a la Argentina, en esas cuentas quedaban céntimos, desvalorizados totalmente. Goyo, con el nacimiento de un nuevo integrante de la familia, plantaba un pino en el fondo de la casa de Ramos. Hasta que vivieron allí había tres árboles: el de mi hermano Martín, el de mi primo Alejito y el mío. Goyo era reconocido por “ahorrativo”, digamos (se ríe). Y yo, a los dos o tres años, lo hacía gastar plata en taxis. Era una especialista en parar taxis cada vez que Goyo pretendía que viajara en colectivo. Siempre decían que si alguien podía sacarle un mango al viejo era Laurita. Imaginate, la única nena hasta ese momento de la familia. Al volver a Buenos Aires, después de vivir en varios países, a los 16 años regresé sola. Goyo también volvió, pero mi mamá y mi hermano tardaron un par de años más. Todos esos domingos, mi abuelo y yo almorzábamos en el centro e íbamos al cine, era un ritual. Estuve con él intermitentemente hasta los 19 años, y viví con él en forma permanente hasta que cumplí 24, cuando me mudé para estar con mi novio. Novio al cual Goyo nunca dejó quedarse a dormir en casa…
 

–Los compañeros lo recuerdan como alguien divertido, famoso por sus furcios, y tremendamente ético.
–Anécdotas de Goyo hay miles. Yo tenía 13 años, estaba con él en Costa Rica, y una vez empezó a correr a todos mis amigos con un palo de escoba en la mano. Después me contó que cuando se vio a sí mismo en esa escena, no lo podía creer. Se reía de su propia imagen terrorífica. Yo creo que en un principio él tenía la necesidad de convencerme de su postura política, y que de a poco empezó a respetar mi hermetismo frente a eso. Lo que sí compartíamos era todo lo referido a su concepción solidaria y comunitaria de la vida, y respetaba el hecho de que yo no me inclinara por ninguna bandera política. Siempre me sentí profundamente atraída por el compromiso social que demostró hasta el final. Goyo para todos era un patriarca, daba la imagen de hombre sabio, de viejo de la tribu, y yo también lo veía de esa manera. Era mi referente, y lo más impresionante es que yo terminé siendo el suyo. Cuando ya era más viejito, fui yo la que le daba paz, la que lo hacía sentirse seguro. Cada vez que pasaba algo me llamaba y, al verme, se relajaba. Sabía que la que había llegado era Laurita.
 

–Como no podía ser de otra manera, la jornada para despedir a Goyo  en 2004 también fue muy particular. En una fábrica recuperada como IMPA, rodeado de obreros, compañeros y militantes. 
–La despedida de Goyo, no la última, porque todavía estoy en deuda ya que por diversos motivos no pude dejarlo donde él quería, fue especial, casi surrealista, igual que su vida. Es como decís, en el comedor de la fábrica, después de haber pasado el féretro para que lo vieran los obreros que estaban trabajando. Y con el ataúd abierto, cosa transgresora para un descendiente judío. Te hablo y veo esa multitud de gente, y me veo a mí misma y a un grupo de compañeros haciendo café a más no poder, en ollas gigantes donde en realidad se hace puchero. Él estaba presente, parecía que hablaba desde algún rincón. No fue un momento triste. Fue como yo quería, una continuación de su fiesta de 90 años. Me encantaría saber si en este momento Goyo sería K. Él siempre fue opositor, pero ¿lo seguiría siendo ahora? Mi abuelo me marcó para siempre. Cuando tuve a mi hija en 2001, un año especial, Goyo me dijo: “Gracias, es el primer nacimiento en la familia después de tantas muertes, marca el fin de una etapa.” Eso fue muy fuerte, increíblemente cierto. Tan cierto como lo que yo le dije pocos años después, en sus últimos días, mientras peleaba y luchaba desgarradamente contra la muerte: “Ahora te toca a vos, enseñarme a mí lo que nadie me pudo enseñar, cómo se muere uno bien. Un nacimiento es importante, pero también es importante poder morir de muerte natural, ¿no te parece?” Me sonrió con ojos pícaros. Los dos sabíamos de qué estábamos hablando.

…..
Goyo: una enciclopedia de las luchas populares argentinas
 

Gregorio “Goyo” Levenson, Goyito para los amigos, bien puede ser una enciclopedia ilustrada de las luchas populares en la Argentina.
De jovencito y luego de un paso por el anarquismo, militó en el Partido Comunista, y cuando este se alió con el embajador de los Estados Unidos en nuestro país y con los oligarcas y conservadores, no lo dudó un instante y en 1945 pasó a engrosar las filas del naciente peronismo juntamente con Eduardo Astesano y Rodolfo
Puiggrós, entre otros. Conoció a Perón y Evita. Y participó en la redacción de la importantísima Ley de Minería de 1949, que reivindicaba para la Nación las riquezas naturales de nuestro suelo.
Pero fue a partir de principios de la década de 1970 cuando su apellido comenzó a trascender de diferentes maneras. Juntamente con sus hijos fue partícipe de la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), organización de la izquierda revolucionaria que adscribiría al peronismo combativo y años más tarde se fusionaría con Montoneros. Dos de sus hijos cayeron luchando por la patria socialista. Miguel Alejo con 33 años falleció el 19 de diciembre de 1970 producto de un infarto, luego de un frustrado operativo de las FAR, y Bernardo, su otro hijo, cayó en combate durante la dictadura militar de Videla, al defender una central de comunicaciones de Montoneros en Capital Federal.

En 1977 un grupo de tareas de la ESMA secuestró y arrojó al mar a su querida esposa Elsa “Lola” Rabinovich. Y en esa acción le robaron a su nieto Alejito, que Goyo, con astucia y paciencia sin par, logró recuperar mucho tiempo después.
 

Como se aprecia con este relato, es evidente que la vida no le sonrió a Goyito, muy por el contrario. Sin embargo, él siempre estuvo dispuesto para participar, ayudar, aguantar, acompañar con fe inquebrantable, y muchas veces, inclusive con una sonrisa a flor de labios.
 

Se reivindicó como montonero hasta el fin de sus días, y al servicio de esa causa del nacionalismo popular revolucionario participó de varias acciones.
 

Ser su amigo y quererlo como si fuera mi abuelo, compartiendo sobremesas interminables, me permitió conocer inolvidables anécdotas de su vida, muchas de ellas arriesgadas, risueñas y emocionantes.
 

Querido Goyito. Quiero recomendarles a los compañeros tu libro, De los bolcheviques a la gesta montonera, verdaderas memorias de nuestro siglo XX, y ese otro anterior en colaboración con Ernesto Jauretche, Héroes. Historias de la argentina revolucionaria, donde rendías reconocimiento y admiración a tantos compañeros que dieron la vida por la Causa. De ser justos, el mismo debería tener una “addenda”, un agregado, un nuevo capítulo, ese que habla de tu vida sin par y de tu entrega sin límites.

(*) Escritor. Jefe del Departamento de Adquisiciones e Intercambio Bibliotecario de la Biblioteca Nacional.




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