Inflación y apuestas al futuro

El que sigue no es un artículo del gran Teodoro Boot (que además de escritor, es editor) sino tan sólo una respuesta suya a un amigo común que vehiculizó críticas al último artículo dominical del no menos grande Alfredo Zaiat. Obviamente, lo publico con la venia de su autor porque me parece tan pertinente como interesante. JS

Cuando el problema central es la inflación, sólo los dementes compran dólares, pues en tal caso uno compra cosas, no dólares. El del dólar es entre nosotros un problema cultural que tiene sus grandes justificaciones. Alfredo Zaiat no lo niega ni niega la inflación: simplemente explica por qué el valor del dolar es adecuado para mantener tanto la actividad como las exportaciones, en una balanza comercial superavitaria (incluyendo las importaciones de energía).

Si se produce una devaluación brusca y no al del ritmo en que se va llevando, la inflación será mayor y sólo se reducirá por la retracción del consumo, que en una economía como la argentina sería fatal. Necesitamos de un alto consumo para maneter el desarrollo industrial, siempre, pero muy especialmente cuando estamos en un tembladeral económico mundial.

¿Y por qué necesitamos alto consumo y pleno empleo, que vienen a ser casi la misma cosa? Porque somos muy poquitos: reduciendo el consumo al diez por ciento de su población, Brasil sigue teniendo un mercado, por eso se puede dar el lujo de tener una inflación del 6%, que se consigue retrayendo el circulante y rfeduciendo el poder adquisitivo. Pero el 10 por ciento de los argentinos no son un mercado: son Uruguay.

Me parece insólito que no se entienda el sentido de la inflación, que es alta, pero no disparatada. La inflación, controlada, es siempre positiva, pues alienta el consumo y el consumo fomenta la producción, que a su vez sostiene el empleo, que permite el consumo. Este es el esquema para un desarrollo industrial en un país como el nuestro y no el de producir para el mercado externo, que está expuesto a variables ajenas a nuestro manejo.

Tenemos la “suerte”, que no es tal sino que se relaciona con un nuevo modelo de acumulación financiera y con la explosión de consumo en India y China, de que los commodities (vamos, los alimentos, que si es una aberración llamar commodity a un bien estratégico no renovable como el petróleo, también lo es llamar commodity a lo que no es sino un producto necesario para que la gente no se muera de hambre) sostengan su precio y hasta lo incrementen a lo largo de más de quince años seguidos, ya desde los dos últimos del segundo gobierno de Menem, cuando, entre paréntesis, comenzó a mermar la producción cárnica, justamente por el aumento del precio internacional de los granos.

El mejor modo de entender la perversa relación entre producción primaria y desarrollo industrial es leer a Marcelo Diamand, especialmente sus trabajos dedicados a las economías desiguales y a sus periódicos cuellos de botella en el sector externo, derivados del periódico faltante de divisas. La solución de todos los gobiernos, (incluido el de Perón luego de las grandes sequias del 50 y 51 y del agujero en el precio de los commodities provocado por el Plan Marshall) fue el de retraer el consumo a fin de frenar la inflación, seguido de enormes devaluaciones, que redujeron aún más el consumo y sólo favorecen a los productores de bienes primarios.

Creo que, por primera vez, las autoridades económicas sostienen exitosamente un paradigma distinto, en el que importa un pito la emisión monetaria (que no necesariamente provoca inflación. De nuevo, ver a Diamand) ni la alta inflación provocada por una demanda creciente, que obedece a la distribución de guita en forma directa e indirecta.

El  riesgo que hay en la actualidad es político. Pienso que las autroridades económicas pueden sostener este embate devaluacionista y espero que el gobierno tenga la decisión política de hacerlo, porque ese será el medio de desdolarizar nuestras mentes: que uno pierda juntando dólares (a propósito, el mercado del llamado dolar blue es tan pero tan marginal y minúsculo que estar pendiente de su cotización es como andar estudiando el precio del paco en Ingeniero Budge).

Hace unos años mi nuera cobró una indemnización y me preguntó qué le convenía hacer. Por supuesto, no voy a dar esa clase de consejos , que con plata ajena cualquiera es taura, pero la ayudé a analizar la situación comparando los intereses de los plazos fijos con la presumible evolución del dólar. Para tomar la decisión final, era imprescindible un análisis político y una apuesta también política, tanto al éxito como al fracaso del gobierno. Y esa decisión la debió tomar ella.

Yo vengo apostando al éxito, porque observo que el gobierno tiene una decisión tomada y que la seguirá con la mayor firmeza posible, y porque su “modelo” económico me parece acertado. Al menos hasta el momento, la apuesta me viene dando resultados.

Es obvio que se trata de una apuesta, pues la economía es la menos exacta de las ciencias, y mi apuesta es a que el gobierno tenga éxito en cambiar los paradigmas argentinos, cosa muy ardua, pues los funcionarios y dirigentes tienen que empezar por cambiar sus propias cabezas.

En síntesis, lo que dice Zaiat: devaluar es innecesario y sumanete peligroso.

Y agrego yo, la inflación es en gran parte provocada por la concentración económica, sumada a una mentalidad y al crédito poco accesible. Por ejemplo, la venta de libros crece año a año, pero los editores optan por aumentar el precio y no por aumentar la tirada, que reduciría significativamente el costo, con lo que, en una inflación del 25% anual, permitiría mantener siempre el mismo precio.

Hay una mentalidad chiquitita en muchos productores, que se ve justificada y agravada por la falta de crédito, ya que, siguiendo el ejemplo, para aumentar la tirada tenés que aumentar la inversión, y uno no siempre dispone de tanta guita, especialmente en casos donde el pago es prácticamente de contado, mecanismo impuesto por los productores de papel, que son tan pocos que caben en los dedos de media mano y hacen lo que se les canta.

Una medida posible, pienso, sería dar créditos sin interés, aunque indexados de acuerdo al precio de venta de lo que produce el receptor del crédito. A ver, me dan un crédito sin interés y haré todo lo imposible por no aumentra el precio de los libros, sabiendo que si los aumento el diez por ciento, pagaré el crédito con un interés del diez por ciento, o mayor aún.
 

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