Olmedo por Soriano: «Éramos tan pobres, ilusos y trágicos»

Tomado de la Agencia Paco Urondo (APU). Me sorprendió leer cuan duro con Olmedo fue Soriano cuando su cadaver estaba aún caliente. Después recordé que era fanático de Stan Laurel & Oliver Hardy (El Flaco y el Gordo) y cuan dura era aquella época de sublevaciones carapintadas, golpes de mercado, hiperinflación y declinación alfonsinista. Y que si bien me es imposible no acordarme de Olmedo sin cariño, también es cierto que su humor y el de Portales me recuerdan aquellos años terribles de la Triple A y la dictadura.     

El 5 de marzo de 1988, Alberto Olmedo murió al caer al vacío desde un balcón. Un par de días después, el escritor Osvaldo Soriano lo recordó con un texto en Página 12: El país sin Olmedo.

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Por Osvaldo Soriano I Cada vez que regreso al país espero encontrarme con malas noticias. Es una sensación vaga, insistente, que se me instala al abordar el avión. El lunes pasado, al volver de Italia, me encontré con que se había muerto Alberto Olmedo. El taxista que me llevó de Ezeiza a la Boca estaba de un humor sombrío y sólo habló para decirme que nuestras vidas ya no serían las mismas sin el cómico de los viernes.

Tal vez no sea para tanto, pero algo de eso hay. Esta nueva tristeza que se percibe en las calles se agrega a muchas otras, más tangibles, de estos años olvidables. Es como si de golpe la gente se hubiera quedado desamparada; sola en las gradas de un circo vacío.

¿Cómo ocurrió? Había tomado champán, dicen. Tal vez había probado blanca para remontar la noche. Parece que jugaba. Vaya a saber a qué jugaba el irresponsable cuando se salió del balcón: ¿a Tarzán que salta de liana en liana? ¿Al Capitán Piluso? ¿Al Yéneral González? ¿O tal vez al marido viejo, engañado y celoso?

Nunca se sabrá si estaba divirtiéndose antes de la última voltereta, pero al fin y al cabo fue coherente con su vida despreocupada: matarse de esa manera tiene algo de ridículo y desopilante, como todo lo suyo. Es un broche maestro para alguien que mezclaba todos los roles de la existencia con un talento inmenso.

Bruto, machista y grosero como era en la ficción (y tal vez también afuera de ella, si es que hay un afuera), uno de sus personajes postreros se llamaba Borges y no era casualidad. Otro, Rogelio Roldán, era el homónimo de un empresario de pompas fúnebres, y fue ese amigo quien el domingo pasado lo enterró de verdad.

Esta vez no apareció, como en 1976, aquel locutor oficial que anunciaba una muerte apócrifa. Era real la caída, casi una parábola de la otra, la de Alicia Muñiz, empujada por Carlos Monzón el mismo verano en la misma ciudad de balcones funestos. Monzón y Olmedo eran amigos y de la misma estirpe dudosa. Parece que uno se impresionó a su tiempo por lo del otro, pero sería demasiado atrevido asociar amigos, amaneceres, desamparos y desatinos.

Olmedo no era un intelectual y se intimidaba con ellos. Nunca hizo una buena película, ni siquiera deja una obra perdurable. Era tan simple y fugaz como la memoria o como una imagen de televisión. Tenía la codicia exagerada de los que vienen de muy abajo y temen perderlo todo.

Le gustaban la noche, los amigos y el champán, como a Carlos Gardel. A veces se entristecía y pensaba que tenía que hacer algo más que dinero. Una noche del otoño pasado, luego de separarse de su mujer, me llamó a las tres y media de la mañana, sin disculparse. Le parecía natural la hora, como me lo parece a mí. No nos conocíamos. O mejor dicho, él no se acordaba que hace unos años, la única vez que lo vi en persona, me había pedido que le tirara unos tomatazos para cerrar un sketch en el que hacía -sin éxito- el papel de un mal cómico.

Aquella madrugada me dijo que le había ido bien en Mar del Plata, que había ‘ganado unos pesitos’ y quería interpretar al cónsul de A sus plantas rendido un león. Estaba dispuesto a producir la película, a hacer algo digno, ‘a pasar a otra cosa’. Le dije que ya había una coproducción en marcha y que habíamos pensado en él para hacer a Faustino Bertoldi, pero no me creyó. Le resultaba imposible imaginarse al lado de italianos y franceses de cartel internacional. Al fin de cuentas él venía de provincias {llamaba ‘pueblo’ a Rosario) y creía que era sólo un cómico de legua, un saltimbanqui de ocasión.

Me contó de sus jornadas agotadoras y luego no supe más de él. Cada viernes me divertía y me indignaba con sus peripecias repetidas hasta el hartazgo. Pensaba, y lo pienso aún, que con un buen guión ese hombre podía improvisar un universo diferente al imaginado por Dios. Como Fidel Pintos, aquel otro frustrado del que Olmedo aprendió la sutileza de lo grueso y el íntimo valor de los silencios.

Es una pena que la televisión no guarde aquellas imágenes de los años 60 y 70 que hoy todos -hasta los más jóvenes- creen haber visto. Las de Piluso, el aventurero que hizo soñar a una generación que luego intentaría el asalto al cielo; las de González, el general de pacotilla, inútil pero impetuoso, que anticipaba al Galtieri de las Malvinas.

En algún momento empezó a corromperse, igual que casi todos sus compatriotas, y su arte se volvió vulgar, degradante, fascistoide. Perdió el pelo, ganó mucho dinero y algunas mañas y repitió como letanías los instantes soberbios en los que había cambiado las reglas de la televisión. Su humor de bragueta le bastaba para hacernos reír. No buscaba la crítica, aunque a veces lograba hacernos sentir todo lo bajo que habíamos caído.

Días pasados, un croto de Barracas, apesadumbrado, me dijo que Olmedo ‘salpicaba mierda’, y creo que tenía razón: el doble lenguaje de la política lo aplicaba al sexo reprimido, a la bestialidad de un tiempo que lo obligó a resignar lo mejor de su talento por plata, mujeres y champán.

No tuvo oportunidad de hacer lo de Sordi, Coluche o Peter Sellers. Ni siquiera lo de Cantinflas. Era tan bueno como ellos, pero vivía aquí, con Romay, García, Goar Mestre y Carreras. Esa mediocridad era su pasión argentina, su destino sudamericano.
 

Una mediocridad compartida, sin más exigencias ni otro juez que las mediciones de audiencia. Y sin embargo, ¡qué grande era a veces! Qué justa su réplica, qué cómplice su mirada, qué sutil su gesto grosero. Entraba en la letrina y sacaba oro. No siempre, es cierto; pero nadie -salvo Fidel Pintos y dicen que Florencio Parravicini- había llegado tan alto en la composición de pobres criaturas sin destino.

Hace una semana que Olmedo es un pesar inconsolable para la gente que se levanta al amanecer y viaja tres horas en colectivo. Para hombres y mujeres que viven amontonados en una pieza y se alimentan con fideos y mate. ¿Qué hacer ahora que el vértigo de la figuración, la coca y la plata dulce se lo tragaron para siempre?

Sin el gran Payaso, este país de incautos, melancólicos y rufianes se queda a solas con sus pálidas. Cada uno de nosotros es un personaje de Olmedo que, quizá sin saberlo, se ríe de sí mismo. Ahora que el otro saltó por el balcón, descubrimos que, como su Rogelio Roldán, el de los 170 australes, éramos tan pobres. Tan ilusos y trágicos.

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