Seguí chamuyándome al oído, Cris

 Y leé, por favor,  lo que te dice acá Boot. Levantado de Puede colaborar, el blog de Gerardo Yomal.

No dejes de hablarme al oído
 

Por Rubén Levenberg

Más allá de quienes estén en distintos lugares del conglomerado opositor, cuando tamizo las caras y las historias de cada uno de ellos rápidamente me alegro de estar donde estoy.

No es cuestión de creer ciegamente, porque me basta con ver qué ocurre en los ámbitos que conozco para darme cuenta también de que en todos lados se cocinan cosas y no siempre a punto. Trato de diferenciarme de quienes por negocio o por comodidad hacen de la obsecuencia un hábito.

Me desagradan los beneficiarios de la audacia que tuvo el propio Gobierno para multiplicar las voces, pero que se convirtió en una concentración poco común. Una, dos, tres decenas de periodistas o comunicadores son los todo terreno que discurren por todos los medios públicos y aliados.

Uno sabe que si lo escucha en una radio pública, seguramente tendrá no uno sino dos o tres programas allí, un espacio en la tv pública, un carguito en Télam, otro lugar en CN23, otro en los diarios afines y otro en alguna revista. Hay que agregarle la coordinación de algún panel, que un librito por allí, que una conferencia por aquí.

No hace falta ser Alberto Einstein o, al menos, Adrián Paenza, para darse cuenta de que estos 20 o 30 amigos no sufren ni sufrirán la precarización por la que pasa la inmensa mayoría de los periodistas. Tienen su vida arreglada por muchos años.

Los periodistas de la oposición no me resultan creíbles. Algunos hacen lo que hacen porque tienen que vivir y los comprendo. Otros son patéticos militantes a la caza de sus cinco minutos de fama.

Yo prefiero escuchar a la Presidente, tanto como escuché alguna vez a un tal Raúl Alfonsín o como, en plena campaña electoral, preferí escuchar al candidato presidencial riojano en lugar de la interpretación que los medios hacían. Así me convencí de que era un neoliberal de lo peor y no me equivoqué. Tengo testigos, que conste.

Néstor Kirchner era como el tipo que uno conoce en la cancha, que grita, insulta y bromea como uno, porque en alguna parte está del mismo lado que vos. Al menos por 90 minutos. Como Alfonsín, Cristina Kirchner me habla y me dice lo que quiero oír. Luego la realidad hará que gobierne y haga lo que deba, lo que pueda o lo que le permitan. Pero cuando me susurra al oído yo me siento mejor, escucho lo que me gusta. Muchos dirán que es incoherente, pero yo la perdono, porque muchas de las cosas que me dice se hacen realidad.

Del otro lado tengo a un conglomerado que reúne a las más variadas opciones. Pero allí tengo que ser previsor y, además, aprovechar la experiencia que el bajo número de mi DNI confirma. No me caben dudas de que algunas de las voces que hay en la oposición tienen las mejores intenciones. Otros ven un peronista y lloran y por lo tanto están allí donde sus sentimientos les permiten estar.

Pero cuando llegue el momento, no tengo dudas, los que se pondrán a la cabeza y conducirán el carro serán los que saben lo que quieren y no es lo que yo quiero, ni siquiera lo que quieren los que hoy caminan con ellos codo a codo.

No les molestan aquellas promesas que el Gobierno me dijo al oído y que luego no cumplió. Al contrario, allí están de acuerdo. Lo que les molesta son las promesas cumplidas.

Cuando el conglomerado logre llegar a la presidencia, si es que lo logra, gobernarán los que hoy sonríen bonachonamente ante los desafíos de algún trotskista perdido o los desvaríos de sus intelectuales orgánicos cuando hablan de democracia o de Justicia. Pero, llegado el momento, serán ellos, neoliberales a ultranza vestidos de empresarios, de patrones del campo, de sindicalistas luchadores como Momo Venegas o Luis Barrionuevo, quienes definirán las políticas. La fiesta se habrá terminado y cada uno a su lugar.

Me preocupa lo que alguna vez ellos puedan decir, porque prometerán un paraíso luego del infierno y, como siempre, tendremos un infierno que se prolongará indefinidamente. No puedo evitar que mi memoria me recuerde cómo uno escuchaba a Graciela Fernández Meijide y Carlos Chacho Álvarez, pero a la hora de gobernar fue Fernando de la Rúa el que mandó.

De un lado está el infierno. Del otro los susurros, con unas promesas que se concretan, otras que no, el compromiso de muchos y la labilidad de algunos funcionarios que podrían estar en cualquier lado pero cayeron ahí. Por favor, no dejes de hablarme al oído. Después, hacé lo que puedas. Gracias.

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