TRIPS. Peregrinar a Santiago de Compostela, mejor que perderse en Katmandú

Desde que viví en Barcelona estoy convencido que peregrinar a Santiago de Compostela, largarse por la o las rutas jacobeas, debió ser en el medioevola mejor sino la única manera de huir de una vida cotidiana llena de pesares y sin horizontes, por las mismas razones que verbaliza aqui la brasileña Lui: la emoción del viaje, las sorpresas del camino, el compañerismo y, sobre todo, entrar en conexión con uno mismo. Algo que le resultó muy bien a Paulo Coelho, que escribió su primer libro luego de dejar el santuario de Yago, Jacobo, Jacques, el santo, el apóstol que jamás existió… ya que Santiago el Mayor jamás pisó España. Pero estos son detalles, lo sobrecogedor es que si en 1970 sólo hubo 68 peregrinos, este año superaron los 200.000. Ese debe ser el mayor milagro del patrono de España, que en la parroquia en la que me bautizó el cura Carbone, la Inmaculada Concepción se representaba y acaso siga representándose con un indefendible (abte el INADI) Santiago Matamoros, ese mismo que los tercios de Flandes invocaban al grito de «¡Santiago y cierra España! antes de lancear calvinistas. El mismo que cabalga entre cabecitas de sarracenos con los ojos y lenguas desorbitadas.


En fin, que de lo que me han quedado ganas es de recorrer la península desde Irún hasta Cádiz, pasando por todo el litoral  cantábrico y Atlántico, conocer Asturias, y Navia, la tierra de mi vieja, y recorrer Portugal de norte a sur hasta llegar a Cádíz, la ciudad donde mi padre deseaba pasar la vejez que no llegó a tener. ​Y, sobre todo, recorrer el camino primitivo que va de León a Oviedo, y de alli pasando por Tineo y Grandas (y por Navia, el pueblo de mi mi familia materna, que no conozco) hasta llegar a Santiago. Pero no me importará hacerlo en coche, durmiendo en posdadas y yantando como un cerdo. Mi espiritualidad no comulga con el martirio de los juanetes y los callos, excepto que sean a la madrileña.

Lean esta nota, está muy buena.



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