Unas fichas a la continuidad de Moyano en la CGT

Por Jorge Devinc / Patria o colonia

Interpretaciones sobre el discurso de Moyano habrá muchas, pero lo que realmente importa es la definición de su hijo Facundo: «La contradicción principal es entre el proyecto financiero neoliberal y el proyecto nacional popular y latinoamericano, y eso se expresa en la antinomia política kirchnerismo- antikirchnerismo. Nosotros sabemos de qué lado estamos».

Puede que el líder de los camioneros crea que el gobierno lo quiere remplazar por un dirigente de los metalúrgicos o de los trabajadores de la industria automotriz porque sería hora de reducir el peso de los gremios de servicios. Puede que Moyano haya hecho un discurso muy a propósito de su interna. Puede que Moyano esté loco, que haya hablado así porque los sindicalistas no toleran que una mina los conduzca, o que es apenas una víctima más de la vanidad.

Es necesario recordar que Moyano mantuvo su enfrentamiento con el menemismo a pesar de haberse beneficiado con la política de destrucción del sistema ferroviario.

Ese conjunto formado por el gobierno y la CGT es inmodificable, estratégico, necesario e insustituible. La CGT es el único colectivo organizado con que cuenta el kirchnerismo, lo que debería hacer reflexionar a muchos, a muchos. Sin embargo, no es la conveniencia el motivo principal de esta mancomunidad: sin el sindicalismo, el kirchnerismo perdería totalmente su razón de ser, dejaría de ejercer una política nacional y popular en el gobierno y traicionaría lo que Néstor inició en 2003 sorpresivamente.

No creo que esa sea la intención de Cristina, y como resulta arduo discutir sobre intenciones, nada indica que el gobierno, y Cristina, marchen a desarmar las conquistas alcanzadas o que esté iniciando un giro hacia el proyecto financiero neoliberal que señala Facundo Moyano como el enemigo principal.

Al contrario, todas la señales revelan que se prepara una batalla frontal contra el núcleo duro del poder tradicional.

Esta batalla requiere de una cohesión que ese discurso parece haber desmentido. Ni la negociación por el impuesto a las ganancias, ni la indicación de que los acuerdos sobre beneficios empresarios se realicen de acuerdo a la productividad de cada sector, ni el dinero controversial que administra por ahora el APE, ni las sugerencias sobre un techo a las futuras convenciones colectivas (en la medida en que es el Gobierno y no los sindicatos o los empresarios, el que conduce la política económica), son suficientes motivos como para romper esa alianza.

Las críticas a Moyano provenientes del propio kirchnerismo, no se sostienen y son básicamente dos o tres: la primera, sobre el pasado de Moyano en la JSP, es apenas una estupidez proveniente de sectores con alguna influencia cultural en el progresismo a quienes no solo se les podría responder con el famoso apoyo a Videla, ese general democrático, sino mucho más atrás en la historia, con la Unión Democrática y el aplauso a la Revolución Libertadora.

Para no mencionar a los que hacían turismo guerrillero de fin de semana en el frente abierto por el ERP en Tucumán.

No es que esta «burocracia sindical» se sostenga por el empleo de prácticas mafiosas: los afiliados los votan porque desconfía de opositores que hacen vandorismo de izquierda y terminan siendo peores que sus originales.

La otra, la de la corrupción sindical en las obras sociales creadas por Onganía para cooptar a los gremios con el argumento irrebatible del dinero fácil y a montones, sólo se explicaría, y hasta cierto punto, si hubiera en marcha un plan estratégico de reconversión del sistema de la salud hoy dividido en tres sectores: hospitales públicos (modelo francés), prepagas (modelo norteamericano) y obras sociales sindicales (modelo alemán).

Nada indica que lo haya, ni que haya hoy gente capacitada para llevarlo adelante, ni que las obras sociales sean el polo ineficiente del sistema de salud. Me atrevo a decir que todos o la gran mayoría de los trabajadores «en blanco» está entre conforme y muy conforme con su obra social. En todo caso, la controversia se abriría si el Estado, en lugar de permitir que los propios sindicatos administren los recursos que provienen del APE, traslada al PAMI esa administración, con el agregado de que se dice (no me consta) que La Cámpora está decidida a controlar a este último. Pero ese debate, de existir, estaría sujeto a una necesaria negociación política y no amerita ningún rompimiento.

El error de Moyano consistió en poner en un mismo nivel problemas que suenan como sumar peras mas bananas. Porque es cierto que el PJ es una cáscara vacía, todo el mundo lo sabe y todos los kirchneristas desearían que dejara de serlo. Claro que Moyano se refirió específicamente al PJ de la provincia de Buenos Aires, donde Scioli aspira a construir su próxima candidatura presidencial. Scioli es Scioli, y si aceptamos su capacidad para aliarse con los sectores más tradicionales y neoliberales, difícilmente esa capacidad se traslade a los otros, los que estamos convencidos de la necesidad de profundizar el modelo. Ahí están los Urtubey, los Massa…

Quizás Moyano debería hacer un curso de oratoria. Quizás todo se reduce a una cuestión de género, cuestión que se ha incorporado al conjunto de nuevas significaciones del movimiento nacional y popular. Algunos muchachos sindicalistas no toleran (dicho esto en términos que les sonará a ellos como campanitas navideñas) que una mina los conduzca. Quizás Schmidt (el estratega del moyanismo) evaluó mal la situación: no evaluó por ejemplo cómo reflejarían esta controversia los medios hegemónicos. O quizás sí la evaluó: evaluó por ejemplo que Mariano Grondona aplaudiría el discurso porque sabe, Mariano, que toda lucha interna al peronismo (como sucedió en 1973 y años siguintes) terminaría en una catástrofe. No es casual que desde ese mismo sector del poder se pregunten si Moyano es acaso el Ongaro, el Vandor o el Lula del kirchnerismo.

La gente, todos nos podemos equivocar. Y es entonces cuando se me da por sospechar que esto es una cortina de humo y que la sangre no llegará al rio. Hay que tener en cuenta que la crisis mundial crece sin prisa y sin pausa, y que, al contrario de lo que opinan ciertos ingenuos, la caída imparable de recursos provenientes del exterior consolidará la necesidad de vivir con lo nuestro. Y allí debe estar alineada la CGT junto al gobierno.

De otro modo, ¿quién podrá salvarnos? ¿Aquel que con ironía Horacio Verbitsky define el domingo como «clavel del aire»?

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