DÓLAR. Cuando todos miramos al verde, el panorama es negro

Esos días en los que todo se pone verde

Se discute si devaluó el mercado o fue el Estado, pero el gobierno no podía sostener una política cambiaria gradual.


Por Alberto Dearriba / Tiempo Argentino

Si se tiene en cuenta que los enemigos del modelo económico del kirchnerismo eran los que venían pidiendo desde hace tiempo una devaluación más drástica de la moneda nacional, se concluirá quiénes son los ganadores del salto del dólar.

Técnicamente, una devaluación implica mejoramiento de la competitividad de las exportaciones, encarecimiento de las importaciones y transferencia de ingresos en contra de los sectores de ingresos fijos.
Dicho de otro modo, ganaron los agroexportadores, que recibirán más pesos por sus ventas externas en dólares, así como los grandes exportadores industriales, y perdieron los pequeños y medianos empresarios fabriles que deben pagar más pesos por las partes o insumos que utilizan para los productos terminados que venden luego en el mercado interno.
Una megadevaluación –mayor a la establecida hasta el cierre de ayer– puede detener incluso el proceso de reindustrialización iniciado con el kirchnerismo, con lo cual los grandes perdedores son los trabajadores que tendrían menos oferta de empleo, además de la obvia pérdida de poder adquisitivo. Por eso resistió el gobierno tanto tiempo una devaluación preanunciada por el «blue».
Los formadores de precios y los comerciantes en general adecuan inmediatamente sus precios al nuevo escalón establecido por la moneda norteamericana, con lo cual se modifica rápidamente el sistema de precios relativos. Pero el precio del trabajo no cambia con la misma velocidad, de modo que –como decía el viejo general– «los precios van por el ascensor y los salarios por la escalera».
Hasta que las próximas negociaciones paritarias y la movilidad jubilatoria puedan corregir el desfase, lo más probable es que los bolsillos populares sientan la depreciación. El impacto de la devaluación llevó a los dirigentes gremiales que se preparan para las próximas paritarias, a abrir un compás de espera hasta marzo. Muchos confiesan que no saben si pedir un 30% de ajuste en los salarios es mucho o es poco. «Antes de dar un porcentaje me pego un tiro en las bolas», dijo un dirigente que –como otros– decidió desensillar hasta que aclare. En realidad, los primeros indicios del traslado de la devaluación a los precios internos los dará la paritaria docente, que actuará como aumento testigo para otros gremios.    
El impacto de la devaluación –la mayor que se registra desde la quiebra de la convertibilidad– puso nerviosos a los consumidores, que salieron a gastar sus ahorros en electrodomésticos, automóviles y otros bienes, como si se acabara el mundo. En una de las cadenas más conocidas de venta de televisores, computadoras y otros enseres para el hogar, los precios saltaron después del mediodía del jueves entre el 20 y el 30 por ciento. «Si usted hubiera venido a comprar esta notebook antes de las 12, la hubiera pagado un 23%», confesó un vendedor a una atribulada señora que no sabe si concretar la venta de su automóvil al precio pactado el lunes pasado, irse a Estambul o veranear en febrero en Villa Gesell. En suma, por primera vez en diez años, la sensación de incertidumbre no fue sólo el repiqueteo constante de los grandes medios sobre la inflación. Se trata de una película que los argentinos vieron repetidamente y que envileció al peso al punto de que todos los esfuerzos del gobierno por desdolarizar las cabezas, parecen vanos. Hasta doña Rosa sabe que si le sobra un mango, lo mejor que puede hacer es comprar verdes. Durante buena parte de los gobiernos kirchneristas, el que apostó al dólar, perdió. Pero en los últimos tiempos, el verde volvió a ser la estrella de la especulación. De pronto, los fantasmas del pasado salieron a pasear como si diez años de crecimiento récord de consumo fueran una pavada, como si la caída del desempleo del 25 al 6,6% fuera un chiste, como si la reducción de la pobreza y la desigualdad no importara, como si la asignación universal a chicos y madres no contara para nada o como si la cobertura previsional al 95% de los ancianos no importara un comino. La estrella verde se comió la rutilante reaparición de la presidenta, que no sólo demostró que no está tan mal de salud, sino que reveló que sigue creyendo en la ampliación de derechos como cuando era una militante estudiantil. El anuncio de que un millón y medio de chicos de entre 16 y 24 años que no hacen nada recibirían 600 pesos mensuales si vuelven a estudiar, fue fagocitado por el delirio verde.
El salto verde se comió también a la aceptación del Grupo Clarín de poner en la grilla de TN a Pakapaka, a CN23 e INCAATV, así como a darle una ubicación mejor a la televisión pública. Y también le restó rating al comienzo de la negociación con el Club de París para cerrar la deuda en default por unos 9 mil millones de dólares. Como es de rigor, los medios más concentrados no trepidaron en jugar con los intereses extranjeros, pero el dólar puso verde a todo el espectro mediático.
El jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, dijo que devaluó el mercado, con lo cual la culpa la tienen los especuladores de esa entelequia llamada «mercado». El gobierno llegó a responsabilizar incluso al presidente de la petrolera angloholandesa Shell, Juan José Aranguren, de hacer saltar el dólar con una compra de 3,5 millones de la divisa norteamericana a $ 8,40 por unidad. Sin embargo, aceptar la teoría conspirativa o del golpe de mercado, implicaría reconocer que, con muy poco, se le puede torcer el brazo a un Estado que cuenta con reservas por 30 mil millones de dólares, una fortuna superior a la de la convertibilidad, cuando la mayoría de los argentinos aceptaba vender un dólar por un peso.
En verdad, el gobierno dejó escalar el dólar hasta un punto en el que juzgó que era un exceso y salió a parar el alza con más de 100 millones de dólares de las reservas. Bastó que el Estado se ausentara por unas horas del mercado para que la divisa norteamericana trepara en una magnitud exagerada. Pero la ausencia no fue una distracción, sino una decisión política adoptada porque el gobierno no podía mantener la política cambiaria de pequeñas devaluaciones administradas, en un contexto de escasez de divisas.
Las recurrentes crisis del sector externo, que condicionaron históricamente a la economía real en la Argentina, llegaron a un punto culminante.
La restricción externa es provocada centralmente por las importaciones de combustibles, de autopartes para la industria automotriz y por las compras de los particulares en el exterior. Los tres items tienen que ver con una economía en crecimiento.Cuanto más crecen el consumo interno y la industrialización, más estrecho es el cuello de botella. Es que la sustitución de importaciones no acompaña simétricamente a un desarrollo inédito como el logrado desde 2003.
Después del embate verde, la apuesta es ahora a lograr una paridad realista, que modifique los precios relativos y estimule nuevamente la producción nacional. En ese nuevo escalón –espera el gobierno– se renovarían las expectativas favorables y se contendrá la inflación. Pero eso está por verse. Para bien de las mayorías, que ni siquiera acceden a un dólar, sería maravilloso. –

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