Spinetta, pedazo de mi corazón

Luis retratado por Eduardo Rey en una entrevista que le hicimos para El Porteño, calculo que sería a comienzos de los ’90. Había cumplido 40 petro parecía un pibe.

Alma de diamante. No he conocido en mi vida un artista más cabal que Luis Spinetta. Nunca me defraudó. Tuve la dicha de tratarlo y corroborar que era también, además de un excelente amigo y de un padre amantísimo, un ser de una generosidad absoluta (un día lo llamé y tras el hola de rigor me urgió a que saliera corriendo a comprar «Piano bar», de Charly porque, me dijo, era «uno de los mejores sino el mejor» albúm de toda la historia del rock argentino).

Además de ser un ungido, era un alma bella, lo más parecido que conocí a un santo. Sus canciones me acompañaron en las circunstancias más trágicas desde que era adolescente y particularmente desde que comencé a seguirlo muy atentamente gracias a mi amigo Osvaldo Arribas, que me introdujo en sus arcanos.

Ser montonero y fan de Spinetta no parecía demasiado congruente (ignoraba que Galimberti lo había echado de su grupo -o que El Flaco se había ido- por fumar marihuana), pero sus canciones me hicieron compañía en los calabozos del cuartel de La Tablada (me hice pasar por loco repitiendo como un mantra «Puentes amarillos») y fueron el bálsamo que me mantuvo en pie cuando mis compañeros desaparecían uno a uno tragados por los horribles.

Llevé sus discos en una valijita de cartón en el barco que me condujo al exilio y los gasté a fuerza de darles púa en Barcelona para sobrellevar el estallido del universo en jirones de carne y grumos de sangre.

Lo frecuenté al regreso. Fue siempre muy cálido conmigo, acaso porque le recordaba a uno de sus afectos perdidos, un desaparecido que, creo recordar, habia hecho la tapa (o la foto de la tapa) de Alma de diamante, título que a mi juicio, lo define a la perfección.

Dejé de verlo por timidez, porque su presencia me cohibía. Y porque me distancié de Alejandro Rozichtner, quien había escuchado por primera vez al Flaco en mi bulín de Can Pepita (en el carrer Unió de lo que era entonces Barrio Chino y ahora le baten Raval) y que, a poco de conocerlo, me lo había presentado.   

Amo a Spinetta y su música. Como cuando murió mi hermano Luis, parte de mí muere con él. Hasta el punto de desear creer en reencarnaciones y paraísos celestes. Aunque más no sea para volver a abrazarlos.

Escucho TN y como se menciona una y otra vez su pertenencia a la ONG Conduciendo a conciencia, y se omite que cuando la crisis de la 125, la sublevación del «campo» y el putsch mediático conducido por el tándem Clarín-La Nación, Luis tomó partido y fue uno de los firmantes de la primera Carta Abierta.    

El mundo será menos hospitalario sin su presencia, pero su música me acompañará hasta que exhale mi último aliento. Y deseo con toda mi alma que acompañe a mi hijo. Y a los hijos de mi hijo.

Rezo por él… a su modo. Escuchando e invitando a escuchar Para ir.









Siéntate a ver el día
mira que gusto da, ver el rayo justo
donde empieza la avenida
Descálzate en el aire… para ir
No lleves ni papeles
hay tanta gloria allí, que al final
nadie tiene un sueño sin laureles
Que tu cuerpo, al menos esté limpio… para ir
Córrete hasta el espacio
quiero que sepan hoy, qué color es
el que robé cuando dormías
Ya, móntate en el rayo… para ir.



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