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LITERATURA & HISTORIA. ¡Bárbaros! La poesía no se mata

Hoy es el Día de la Tradición, en homenaje a José Hernández, nuestro poeta nacional, autor de Martín Fierro. Hernández nació un día como hoy del año 1834 en las chacras de Perdriel (en lo que es hoy Villa Ballester oeste) y que escribió el grueso de aquel poema gauchesco en el hotel que funcionaba en el edificio que es hoy la sede de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI, ex Side), calle por medio de la Casa de Gobierno.

Pues bien, el compañero Fabián Mettler –que entre otras cosas es algo así como la mano diestra de Norberto Galasso– me hizo llegar este cuento alegórico que leí con mucho placer. No se lo pierdan.

¡Bárbaros! La poesía no se mata

 

 

El tropel de caballos avanzaba al galope por el solitario camino. Los cascos martillaban frenéticamente la tierra, envolviendo a los jinetes en una espesa cortina de polvo. Hacía tiempo que no llovía por allí. El calor de enero calcinaba el suelo polvoriento y cuarteado por la seca del verano. Algunos panaderos se desprendían de los cardos, pero la falta de viento los hacía rodar sin ganas hasta perderse en alguna rajadura del camino. Los caballos marchaban aplastados por la sed y por el esfuerzo del galope, pero ningún jinete amagaba con detenerse. El objetivo que perseguían estaba cerca y eso les cebaba el odio y la codicia. No solo querían cumplir con las órdenes del Gobierno, sino también recibir la recompensa que les prometía el decreto de captura.

-Hay que pegarle un trecho más –dijo el que conocía el lugar-. Hay que bandiar la lomadita aquella y dentrar pa dentro, pa´quel lao.
El jefe detuvo la marcha. Habló con el puñado de subalternos que lo flanqueaban e indicó con el rebenque los puntos del ataque. Estos transmitieron la orden a los que venían detrás. Algunos se apearon y otros se internaron a caballo en el monte.
Mientras tanto, del otro lado de la lomada…

¡M´hijo, vaye y atranque la puerta! Yo vi´a descabezar un cortito.
-Voy, tata. Ya voy.

El hombre se sacó las botas y las apoyó en el piso de tierra. Dejó el cuchillo a prudente distancia y se aflojó el nudo del pañuelo. La lona del catre se tensó bajo el peso del cuerpo fibroso. Hacía mucho calor, pero igual se acostó vestido.
“¡Mandinga, como han cambiao los tiempos! Poner candao en medio e´la pampa. ¡Qué barbaridá! Esto sí que es de no cre’r; si salgo entero de esta…”. Los pensamientos se le hicieron borrosos y no tardó en dormirse. Estaba muy cansado, la noche anterior se había quedado escribiendo hasta el amanecer.

El techo de paja soportaba bien el sol, aunque algunos agujeritos filtraban la luz en finísimos hilos dorados. Adentro, la penumbra cubría el escaso mobiliario: dos catres, una silla, un par de cajones, una mesa y un candil.

–¡Tata! ¡Tata! ¡Dispiértese! El Guardián aúlla fiero. Anda asustao, parece.
–¡Aserénese m’ hijo. Aserénese! – El hombre se incorporó entre dormido y refregándose los ojos se asomó por el ventanuco del rancho. A lo lejos distinguió una pequeña mancha marrón, casi pardusca, que se movía en el horizonte, arrugándose y estirándose.
¡Son ellos! –pensó, sobresaltado.
–¡M’ hijo, escuenda aura mesmo los papeles esos… donde usté ya sabe!– un instante después, un voluminoso rollo con hojas escritas a mano y atado con un tiento quedó oculto en el lugar convenido-. Y usté quédese quietito. A usté no le va a pasar nada.

“¡Malditos porteños, maldita la traición de Urquiza! Si en Pavón flor de felpiada le dimos a estos mal arriados. Anque todo fue en balde, claro… Aura estos se cre´n los patrones del país. El pueblo anda de pión y ellos muy lindo, machacando con la cantinela del progreso. ¡Cha, que nos quieren engrupir fiero! Pero ya verán cuando…”.

El griterío que venía de afuera interrumpió las cavilaciones del hombre.

–¡Salí Matraca! ¡Salí, entregáte nomás! Estas rodeau, che. Salí pajuera, y no mezquinés el pescuezo.
Más de treinta jinetes uniformados aguardaban con los ojos clavados en la puerta del rancho, esperaban ver salir al hombre. Pero solo salió la voz:
– ¡Sinvergüenzas, canallas! Yo soy un argentino libre y con la conciencia limpia y sin cuentas con la justicia.

Sandes, que era el jefe, chasqueó el rebenque contra las botas y riendo burlonamente dijo:

–¡Que concencia, ni ocho cuartos! Venimos a llevarte Matraca. Aura mandamos nojotros, y los mal perjeñao como vos ya vienen aprindiendo a caminar derechito por la güeya.
–¿Quién los manda? ¡Digan carajo! ¿En nombre de qué autoridad vienen ustedes a matonear así?
–¿Cómo, acaso se t´ha olvidao que aura manda Don Bartolo? ¿Se t’ha olvidao eso? Debés saber che que el viejo Peñaloza ya no tiene donde calzar el sombrero, se le ha cáido la cabeza. Y a tu amigo López Jordán le venimos pisando las alpargatas. ¡Ansina que entregáte no más!
–¡Ni muerto!

La voz de trueno del perseguido enumeró desde adentro del rancho las crueldades de los perseguidores:

–¡Ustedes son unos asesinos! Fusilaron a los mejores hombres. Llenaron el país de huérfanos y viudas. Fueron un cometa de sangre, una lotería fúnebre que estremeció a las provincias con los más sangrientos horrores. Ustedes…
–¡Basta! ¡Hijuna gran puta! –gritó uno desde afuera- ¡Salí porque te vamo´a sacar a garrotazo limpio, como a laucha sarnosa!
–¡Métalen! –ordenó Sandes.

La puerta del rancho cedió al primer empujón. Adentro, el hombre esperaba con el cuchillo empuñado. Era un tigre acorralado; los ojos le llameaban de indignación. Sandes, fue el primero en entrar. Las miradas se chocaron rebrillando como dos relámpagos en la oscuridad. El hombre resistió heroicamente, pero la abrumadora superioridad de los otros inclinó la balanza para el lado de Buenos Aires.

–Aura, asujételen bien las patas –dijo Sandes- y cinchelon un par de güeltas por el cardal, ansí apriende a ser gente.

El encargado de la tarea ajustó los lazos sin contemplaciones, envolviéndolo como a un matambre y dejándolo listo para el horrendo sacrificio. El niño sollozaba acurrucado en un rincón del rancho.

–¡También, álcesen todo lo que aiga! –siguió diciendo Sandes –, y esos papeles enrollaos que encontraron cázelon también. Dejuro va´ servir a los dotores pa sofrenar la jeta d´ este sanguango. Al gurisito, súbalon en ancas, alguna güena familia de Güenos Aires lo va´educar cresteanamente. Dispué, priendan juego tuito lo que aiga.

Al rato, las llamas molineteaban alborotadas convirtiendo la paja y el barro en un amasijo de humo y ceniza. En pocos minutos no quedó nada, solo un rectángulo humeante de tierra reseca y caliente. El Guardián, como adivinando la infinita maldad de esos hombres, se había ocultado desde el principio debajo del horno de barro. Desde allí, hecho una bolita de pelos, observaba la escena con ojos ateridos de pavor.

La partida amarró al prisionero a una cureña improvisada con un cuero de vaca, y partió al trote por el mismo camino que había llegado. A la tardecita, los hombres se apearon al costado de un arroyo para armar la ranchada y pernoctar. Sandes, picado por la curiosidad, pidió a su ayudante que le leyera el rollo secuestrado. Se comía las entrañas por saber qué barbaridades había escrito “su prisionero”. El ayudante desató el tiento y sacando la primera hoja, leyó en voz alta:

“Aquí me pongo a cantar /al compás de la vigüela, / que el hombre que lo desvela / una pena estrordinaria, /como el ave solitaria / con el cantar de consuela”.

 

 

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