Córdoba, un respiro antes de la semifinal

Por Alberto Dearriba / Tiempo Argentino

Luego de tres fines de semana tensos, Cristina Fernández observará mañana lo que pase en Córdoba un poco más tranquila que cuando el partido lo jugaban directamente sus candidatos. Todos los intentos por endilgarle una eventual nueva derrota son demasiado burdos. Pero tendrá cierto sabor amargo, al constatar la incapacidad del  Frente para la Victoria (FPV) para armar una fuerza propia en el segundo distrito electoral del país.

Los kirchneristas cordobeses puros creen que se han cometido demasiados errores en las apuestas del armado político y que por eso serán hoy espectadores de lujo de la porfía que se definirá –según los sondeos– entre el oscilante José Manuel de la Sota y el ex aliado Luis Juez.

Algunos oficialistas se inclinan por el primero por su condición de peronista, pero otros no le perdonan su pasado en los ’70, recuerdan que es un firme aliado del campo y rechazan sus posiciones oscilantes en materia de Derechos Humanos.

El sinsabor dominical del kirchnerismo no será esta vez una derrota electoral, sino que tras ocho años en el poder, el FPV estará ausente en una elección de la cual pueden participar casi  2 millones y medio de argentinos.

Sea como fuere, esta elección no tendría impacto nacional. Muchos de quienes voten a de la Sota elegirán luego a Cristina, pero también lo harán no pocos de los que se inclinen por Juez. La puja presidencial comenzará a definirse el domingo 14, cuando los argentinos dibujen en las urnas una radiografía del reparto de sus preferencias políticas en la primaria abierta y obligatoria.

En esa gran mesa de arena que abarcará  al padrón nacional, se diluirán las presencias provinciales o municipales y adquirirán en cambio relevancia aquellas que tengan desarrollo territorial extendido, como el FPV y la UCR.

Si el electorado nacional entiende el sentido de la interna abierta, no tendría por qué producirse la polarización kirchnerismo-antikirchnerismo, que dominó el escenario porteño. Se supone que en una primaria, los electores pueden votar con el corazón, con lo cual las preferencias se repartirán entre los candidatos opositores. La situación puede cambiar en octubre, cuando los ciudadanos sean convocados a elegir al presidente de la Nación y tengan más en claro quiénes son los candidatos con posibilidades reales. Todas las encuestas coinciden en que Cristina Fernández será la más votada en las internas abiertas y que Ricardo Alfonsín será el segundo, aunque a mucha distancia. Algunos sondeos recientes dan cuenta de un crecimiento de Eduardo Duhalde, quien le disputaría a Alfonsín la condición de principal oponente de Cristina. Si en la oposición prima entonces el deseo de castigar al gobierno, puede producirse una polarización que torne más difícil el triunfo de Cristina en primera vuelta. Pero si son precisos los sondeos que le otorgan a Cristina Fernández rendimientos superiores al 40% de la provincia de Buenos Aires –donde se concentra el 40% del electorado–, la presidenta podría lograr la reelección en primera vuelta, como lo hizo en 2007, cuando perdió en Córdoba frente a Roberto Lavagna, cayó en Capital Federal contra Lilita Carrió y le ganó por un pelito en Santa Fe luego de que el FPV perdiera la provincial.

De todos modos, si bien para la primaria falta menos de una semana, para la general de octubre aún restan casi tres meses. Todavía puede correr mucha agua bajo el puente. La oposición se adjudicó una victoria al impactar con el caso Schoklender sobre dos políticas esenciales del kirchnerismo, como lo son la de Derechos Humanos y la de obras públicas. Pero está fracasando en el intento de enchastrar al juez más paradigmático de la prestigiosa Corte Suprema promovida por Néstor Kirchner a partir de 2003, en remplazo del anterior tribunal que sirvió para bendecir el remate de los bienes del Estado y amparar sonoros episodios de corrupción.

No hay dudas del poder de los grandes medios para instalar una verdad irrefutable. Pero tampoco es fácil convencer a la población de que un jurista reconocido internacionalmente, muy respetado por sus colegas y por la dirigencia política, es en realidad un proxeneta. Defensor de los Derechos Humanos, constituyente del Frente Grande en 1994 en Santa Fe y legislador de la Ciudad por la misma fuerza, Zaffaroni es el ministro de la Corte más cercano al pensamiento del gobierno. Por esa razón fue elegido como blanco de una campaña de desprestigio. Tal vez haya influido la posición de Zaffaroni en las causas en la que los intereses mediáticos más concentrados se juegan el reinado del mercado. Pero la intencionalidad política es obvia y queda al desnudo cuando el principal candidato opositor, Ricardo Alfonsín, sale sorpresivamente a pedir la renuncia de un magistrado condenado por un delito inexistente.

No se oyó al moderado hijo del ex presidente de la Nación pedir la renuncia de Mauricio Macri, procesado por haber armado una red de espionaje y –en cambio– se lo mostró complacido por el triunfo del PRO. Este doble estándar moral tiene en realidad una obvia explicación política: el kirchnerismo es la fuerza a vencer y el postulante radical necesita de los votos de la derecha. A la izquierda del gobierno está el desierto electoral y la cantera es en cambio la franja más conservadora de la sociedad. Por esa razón Alfonsín se alió a Francisco de Narváez, que en esta oportunidad estuvo mucho más prudente que el candidato radical, al señalar que no creía que Zaffaroni debiera renunciar.

En tanto, el ganador de la elección porteña disfruta de su triunfo, planea estar de vacaciones cuando el país comience a definir quién será el presidente de la Nación los próximos cuatro años y evita pronunciarse por uno de los dos candidatos opositores mejor posicionados en las encuestas. Pero buena parte de sus dirigentes se pronunciaron expresamente a favor de Duhalde, a quien le cuesta mucho menos que a Alfonsín correr por el andarivel de la derecha. Es improbable que alguno de los dos decida bajarse de la elección nacional si las primarias no lo ubican en segundo lugar. Las presiones de los candidatos a legisladores nacionales pueden disuadir un intento de desistir a favor del opositor mas votado. Pero un movimiento de polarización puede producirse luego espontáneamente en las urnas nacionales, con el deseo expreso del voto útil y el de castigar al gobierno, como ocurrió en la Capital Federal.

Así y todo, es difícil que esa bronca resulte más numerosa que la buena imagen de la que hoy disfruta la presidenta de la Nación como para provocarle una derrota. Hasta el 24 de octubre, deberían llover  denuncias más consistentes que la que intenta descalificar Zaffaroni. Es difícil que logren mudar por completo el humor de los argentinos. Aunque las grandes mayorías no tiren manteca manteca al techo, constatan al menos intentos de tonificar el consumo popular, como el reciente aumento a los jubilados, que esta previsto por la ley, pero al cual los opositores acusaron de electoralista. En la vereda de enfrente se ubican quienes proponen políticas parecidas a las que convierten a buena parte de Europa y al país más poderoso de la Tierra en un verdadero tembladeral.

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