Monner Sans, hijo e’tigre

Una vez fui a entrevistar a Monner Sans a su estudio de la calle Cerrito. El estaba nervioso porque acababan de meter preso a Monzer al Kassar y se salía de la vaina por tratar de aprovechar esa coyuntura para aparecer en medios de mas difusión que el diario para el cual yo trabajaba. Fue obvio que no tenìa la menor idea acerca de mi porque de golpe dijo: «¿Usted saber quién es Monzer al Kassar? ¿Tiene alguna idea acerca de quien es Al Kassar?». Yo debería haberle replicado «¿Y usted? Tiene la menor idea acerca de con quién está hablando?». Pero me limité a decirle «Pero… usted es un pavote». Y me levanté y me fuí.

Zaffaroni, Ventura, Alfonsín y la propuesta para un Ministerio de la Censura

POR JUAN JOSÉ BECERRA / TIEMPO ARGENTINO
Las mitologías, como los chismes, nacen de lo que se da por supuesto. No tiene ninguna importancia que ese supuesto sea verdadero o falso. De hecho, una mitología es un chisme que queda. La que dice que Raúl Zaffaroni es un juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación vinculado a la explotación de personas en prostíbulos de su propiedad nació del ya célebre título del diario rápido Libre: «El puticlub del juez». Luego, el diámetro de las ondas expansivas se fue ampliando como aros elásticos, filtró a la «prensa seria» y pasamos de la acusación sensacionalista al «escándalo» Zaffaroni, algo que ocurre en una zona muy iluminada del discurso público, en la que se exhibe, dándola por hecho, la supuesta infracción del magistrado, lógicamente acompañada por un precoz pedido de dimisión oficiado por el megadenunciante Ricardo Monner Sans.
Antes de seguir en lo nuestro, una anécdota sobre los Monner Sans. El 8 de agosto de 1960, Borges le cuenta a Adolfo Bioy Casares un pequeño incidente ocurrido en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Un profesor gana un concurso frente a un jurado de tres miembros, de los cuales uno escribe el fallo en nombre de todos. Como faltan las firmas de los otros dos –más no sus decisiones–, el decano le dice al profesor triunfante que los busque y les haga firmar el fallo. Pero José María Monner Sans, padre de Ricardo, se entera del hecho y ¡presenta una denuncia ante el Consejo Universitario! El profesor ganador es apercibido y renuncia, manchando al decano. Borges reflexiona: «No se entrevé un mundo muy correcto. El mismo Monner Sans no queda mejor que los otros: el insobornable resulta un metido, un malito, un prig (mojigato), un juez de la conducta de los demás».
El Síndrome del Prig, que tiene un superhéroe en Ricardo Monner Sans –cuyos materiales morales, como los de todos nosotros, son la cal y la arena– es el emergente nacional de una sociedad autoindulgente que, en general (y esto va para todo el mundo: para «nosotros» y para «ellos»), no ve en sí misma otra cosa que virtud. El ambiente actual no ayuda a la reflexión. En cambio, ayuda a montar un simulacro de santidad donde los coros sociales, del color que sean, intercambian sus zambitas de indignación, siempre en el mismo registro: el del sacerdocio.
Lo que sabemos del «escándalo» Zaffaroni lo sabemos por los diarios y las pantallas, es decir que no sabemos nada. Hasta los denunciantes piden calma. Sin embargo, esa plataforma de ficción dramática es suficiente para que unos cuantos millones de Sherlocks Holmes se lancen a la experiencia de la deducción boba con sus lupas gigantes y sus pipas diminutas.
Frente a este paisaje, sueño con la creación de un Ministerio de la Censura que funcione así: si los diarios no tienen nada que decir –incluyo, por supuesto, a este semanario–, pues que el Ministerio impida que salgan a la calle. Que salgan solamente cuando sea necesario. 
Y si los canales de noticias que basan la eficacia de su menú lobotómico en la repetición, la venta de humo envasado y el melodrama no tienen cosas importantes que aportarnos, que se los obligue a emitir exclusivamente la señal de ajuste –ah, ¿por qué privarnos de esas franjas lisérgicas?– hasta tanto tengan una novedad de la que valga la pena enterarse. El objetivo del Ministerio consistiría en reducir todo lo posible la especulación: los «dicen», los «habría», las «polémicas», los «urgente» –excepto que, por ejemplo, haya urgencia verdadera frente a una invasión marciana– y las bandas de sonido sustraídas del cine catástrofe e implantadas en las escenas sociales con el fin de darles realismo.
Por supuesto, el Ministerio también debería pasarle la zaranda tanto al editorialista de tinta (el editorialista pluma) como al de cristal líquido (el editorialista careta), aunque por lo general uno y otro son la misma cosa desdoblada en razones sociales solidarias. Con solamente obligarlos a leer los hechos una vez consumados, se evitarían las calamidades del género –el pronóstico y el romanticismo– y de cada mil quedarían diez o doce a los cuales tenerles cierta fe. En cuanto al tráfico público de la información, se debería establecer una regla de velocidad máxima: si la información no avanza –si no hay hechos que la muevan hacia adelante– debería quedar detenida, en suspenso, e incorporar finalmente la duda a su lenguaje asertivo.
A la pregunta acerca de si Zaffaroni tiene prostíbulos debería responderse con la verdad del momento: «no sé», «no conozco», «me faltan datos», «lo ignoro», «vení mañana».
De lo contrario, la secuencia puede comenzar en una noticia sensacionalista, desperdigarse en esporas sobre la sociedad en la que la noticia sensacionalista pega y luego subir a la cresta de la ola sobre la que un candidato, digamos el hijo de Raúl Alfonsín, pide la renuncia de Zaffaroni sin tener idea de lo que está diciendo. Pero, si no tiene idea, ¿por qué lo hace? Porque tiene miedo de que en la carrera por aparecer primero en las pantallas se le anticipen los mimados Duhalde y Macri, frente a lo cual prefiere ser más macrista que Macri, más duhaldista que Duhalde y, por qué no, menos alfonsinista que Alfonsín. ¿Quién sería el ministro de Censura? No sé: arréglense entre ustedes (pero que sea un censor liberal).
¡Glup! Levanto la vista de la pantalla sobre la que se deslizan como pueden estas palabras y veo el hombre incógnita de la televisión argentina, Adrián Ventura, a quien sinceramente no sé cómo describir. La tensión facial lo vuelve irreal. Tengo miedo de que explote en cámara. Mi memoria busca en sus archivos más recónditos y asocia su figura con aquel episodio antiguo en el que Fernando de la Rúa se encuentra con Martín Karadagian en una parrilla y el ex presidente le pregunta al Campeón del Mundo si la Momia es un hombre o un muñeco. Adrián Ventura está diciendo que un juez también puede ser destituido por una cuestión de «decoro» (desdeña el delito como causa de renuncia porque quizás sepa que Zaffaroni no lo cometió). La medianía de su discurso nos hace pensar que la educación de los editorialistas no es un hit de la Argentina moderna. Además, está agitado, excitado: sacado. Le gustaría ver a su presa revolcándose en el lodo. Pero, ¿qué apuro tiene? ¿Quién lo corre? La pregunta sobre la Momia vale para él. ¿Es un hombre o un muñeco? Su conducta es la de una persona que tiene alguien que lo mueve desde adentro, un envase cargado ¿de qué planes? Y esos planes, ¿de quiénes son? Debería intervenir el Ministerio.

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