Las Madres y Schoklender: Periodistas carroñeros, verdades y mentiras
Por Marcelo Capurro, director de la revista Debate
Partamos de la base de que nadie es responsable de un delito hasta que, una vez acumuladas las pruebas necesarias para fundamentar la acusación del fiscal, un tribunal así lo decida.
Consideremos también que la sociedad es proclive a condenar (o, según, a absolver, caso Strauss-Kahn en Francia), sin tomarse siquiera el trabajo de analizar lo que está a su alcance en materia de información o de presuntas pruebas.
Pero, en todo caso, en esta era en la que los medios son caja de resonancia expansiva y multiplicadora de todo lo que se dice, cualquier juicio de valor favorable o desfavorable sobre una persona o una institución puede ensalzar o destruir una figura o una trayectoria.
Hechas estas salvedades, tomemos nota de la situación de escarnio público al que ciertos miserables -con medios de comunicación o valiéndose de ellos- están sometiendo a la Fundación Madres de Plaza de Mayo y, en particular, a su dirigente máxima, Hebe de Bonafini.
Como es fácil imaginar, para que los aludidos miserables puedan efectuar sus sobrevuelos carroñeros sobre las eventuales víctimas, suelen requerir de algún disparador.
En este caso, se trata del señor Sergio Schoklender, apoderado de la Fundación, quien, en los últimos días, se ha convertido en el personaje con mayor presencia en la televisión argentina.
Por supuesto que también a Schoklender lo comprenden los primeros párrafos de esta carta. Decidir si es culpable o no de lo que medios y denunciantes varios le imputan será un trabajo de la justicia.
Pero si uno se ha dedicado a analizar, cuanto menos unos minutos, los argumentos de defensa que esgrime Schoklender, la suma de contradicciones que ha ventilado en todos los canales de televisión, el tono y la mirada de perdonavidas con que enfrenta las caras de estupefacción de sus entrevistadores, cualquier observador puede dudar de la salud psíquica del exponente. O, como mínimo, de la verdad de lo que dice.
Pero lo más grave es que toda la situación, el combo formado por el personaje Schoklender más un pequeño grupo de periodistas carroñeros, ha golpeado y golpea mal a una institución como las Madres, uno de los organismos de derechos humanos más respetados en el país y mejor reconocidos en el mundo.
Afortunadamente, muchos periodistas -la mayoría- distinguen la paja del trigo. Y, amigos o enemigos del Gobierno, guardan respeto por esas ya ancianas militantes de la memoria de sus hijos, de la verdad y de la justicia.
Pero el mal, como se dice en la calle, ya está hecho.
Una institución hasta hoy intocable pasó a estar en boca de todos.
Y una mujer insospechada, con una historia trágica y un presente transparente, puesta bajo lupas que son mucho menos translúcidas -hay un caso emblemático que hoy nos ahorramos de nombrar- que los propios presuntos delincuentes.
Si Schoklender tiene razón y la ley no puede reclamarle nada, debería formarse una larga fila con quienes tendrán que disculparse ante él.
Pero, si no la tiene, habrá hecho un daño a la imagen de las Madres que sólo la heroicidad de la historia de esas mujeres defiende de la corrosión.
