POSTAL SANGRIENTA: Mi abuelo Constantino Salinas y el asesinato de Emilio Eguzkiza

Escribí este texto para que fuera leído en un acto que se celebró en Alsasua, Navarra.

A los 80 años del asesinato de Emilio Eguzkiza  
 
Mi abuelo Constantino, Navarra y el Estatuto Vasco
 
Verano de 1932. El gobierno de la República, casi en pleno, se presta a la foto en su visita a Alsasua, dónde el presidente Niceto Alcalá Zamora recibió el saludo del alcalde, Luis Goicoechea (Izquierda Republicana)- De Izquieda a derecha: Rafael Sánchez Guerra (secretario de Alcalá Zamora), el extremeño Luis de Zulueta (ministro de Estado); ManuelAndrés (gobernador civil de Navarra), Indalecio Prieto (ministro de Obras Públicas), y, detras y a su derecha, mi abuelo Constantino, y adelante y a su izquierda, el presidente, y futuro consuegro, Alcalá Zamora y el alcalde Goicoechea.

Por Juan José Salinas
A Iosu Imaz, por su justificada insistencia
 
Soy hijo de Antonio Salinas Urtasun, hijo a su vez de Constantino Salinas Jaca, médico obstetra, socialista, poeta. Promotor de la incorporación de Navarra al Estatuto Vasco.
 
Mi abuelo y mi padre nacieron en Alsasua. Disfruté de mi abuelo hasta la adolescencia. Vivía con su hija Maite en un pequeño pero confortable apartamento en el límite entre Montserrat y San Telmo, el barrio más antiguo de Buenos Aires, a apenas seis calles de casa, donde yo vivía con mis padres, hermanos y abuela materna, equidistante del Laurak Bat, el principal club vasco, y la Taberna Baska, sobre la misma calle Chile que alguna vez fue un arroyo y el deslinde físico entre San Telmo y Montserrat.
Constantino, en la plenitud de su vida.
Aunque en ningún lugar de la ciudad un vasco podría encontrarse mejor, era un terreno minado: yendo hacia el sur, cubriendo los doscientos y pico de metros hasta la Taberna, había que pasar por la Sociedad Patriótica Española, un bunker franquista financiado por la Embajada de España, y si se quería ir por la calle de casa (del “Buen Orden” se llamaba en la colonia) hacia el norte unos 500 metros para llegar a la Avenida de Mayo, la de los españoles –dónde hubo peleas callejeras cuando la Guerra Civil– había que pasar, hay que pasar, frente al bello edificio morisco del Club Español.
 
Mi abuelo decía que no veía contradicciones entre ser alsasuarra, navarro, vasco y español.  Como entre ser médico y socialista. Lo que le produjo no pocos inconvenientes. Presidía el Centro Republicano –que quedaba a tiro de piedra del Laurak-Bat, que a su vez está enfrente de la parroquia de Montserrat, a la que iban a prosternarse sus directivos el Aberri Eguna, y no se llevaba bien con la mayoría peneuvista.
Recuerdo que él y mi padre tuvieron disgustos, particularmente recuerdo que mi padre, una vez que se peleó con un amigo, se fue o lo echaron del Laurak Bat, y de paso. cañazo, borraron también al abuelo. Y que entonces papá quitó de la pared la bonita ikurriña que la decoraba junto a una bandera republicana. Le pregunté por qué lo había hecho y me contestó que la bandera vasca era la del PNV; que la había hecho un tal Sabino Arana copiando a la Union Jack bitánica, y que Arana era un racista.
 
Mi abuelo siempre fue muy importante para mi. No dejaba señalar a nadie (“¡No se apunta ni con el dedo!”) porque –me enteré ya grande– se había hartado de atender a milicianos gravemente heridos por sus compañeros, campesinos que no casi habían recibido instrucción militar y a los que se les escapaban tiros como si fueran cuescos.
 
También decía que aunque había combatido como gudari con el rango de teniente coronel, nunca le había a nadie porque para él el juramento hipocrático era sagrado, pero que sí había aceptado encabezar una pequeña unidad de pontoneros que en vez de construir puentes, los volaba, porque de eso Hipócrates no había dicho nada. 
 
Mis hermanos menores lo adoraban porque nos contaba cuentos de las guerras de Marruecos y de Cuba con gran histrionismo, porque hacía un ruido con la puerta y se ataba un pañuelo en la nariz y nos decía que se la había chafado al cerrarla, y  Y porque a modo de saludo nos ponía en fila y nos daba un solo, fingido cachete a los cuatro.
El diputado socialista Enrique Dickman, judío y letón de nacimiento, fue el más consecuente perseguidor de nazis y, sin embargo, se alió con Perón. Lo que le valió que, en la práctica, lo borraran de la historia. Aqui, con Alfredo Palacios .

El abuelo y papá formaban parte de la facción moderada del PSOE de la preguerra, la que encabezaba Indalecio Prieto, y ya en la Argentina, desgraciadamente fueron antiperonistas (hubo poquísimos republicanos que se resistieran a ello, aunque sí unos cuantos anarquistas) y al romperse en dos el Partido Socialista local,  aunque se quedaron en la facción de Alfredo Palacios,  jamás rompieron con la derecha partidaria, encabezada por Américo Ghioldi, llamado en tren de broma “Norteamérico”, quien terminaría siendo embajador de la dictadura en Portugal.

 
Poco después de que el abuelo muriera de un cáncer de esófago del que no quiso operarse, mataron al Che Guevara. Lo que fue un disparo, un chupinazo, para mí, para mi hermano Luis  y para muchos de mi generación.
 
Ese mismo día me hice peronista, como la inmensa mayoría de los “negros” de mi país, en cuyas casas solía haber altarcitos a Evita. A nosotros no nos iba a pasar lo que al Che. Nuestro matrimonio con el pueblo sería indisoluble: ni la muerte podría separarnos
 
Desde hacía 12 años, los peronistas estaban prohibidos. Cinco años atrás, un presidente electo en comicios en los que los peronistas habían estado proscriptos, había permitido que un sindicalista textil se presentara como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Como había ganado, los militares anularon las elecciones, echaron al presidente y después se enzarzaron a tiros entre ellos. Un bando quería joder a los peronistas corrompiendo a sus dirigentes mientras el otro, irreductible, planteaba que sólo era posible reprimirlos.
 
Nos hicimos peronistas revolucionarios, descamisados, montoneros, entre otras muchas cosas, lo confieso, para refregárselo a mi padre, que nos había pasado la “Guerra de guerrillas” de Guevara y ahora rechazaba las conclusiones –acaso demasiado lineales–que habíamos extraído de su lectura.
 
Papá era un eslabón fallado. En cambio el abuelo, a pesar de su pacifismo, estaba emparentado con el Che. Porque era médico, enemigo de los racistas, socialista, porque siempre usaba boina y por aquel infausto 18 de julio se había echado al monte.
Y, también, por el amor de ambos a la escritura. Porque mi abuelo, escribió centenares de artículos para muchos periódicos, dirigió el de la UGT navarra, ¡Trabajadores!! Y ya en el exilio dedicó sendos libros de romances poéticos a las montañas de Navarra, y a la Patagonia, dónde pasó una década (en Río Pico, un pueblo junto a la cordillera, inaccesible en invierno, muy cerca de Cholila, donde vivieron Butch Cassidy & Sundance Kid).
 
Ese amor por las letras nos permeó a mi hermano Luis y a mí.
Pasaron muchos años hasta que, gracias a largas conversaciones con mi tía Josefina Salinas Alcalá Zamora en Madrid, comprendí lo que años después mi primo Iosu Imaz –por cuya gentileza estas palabras llegan a vuestros oídos- habría de sintetizar como “La profecía de Constantino Salinas”:
 
Bastante antes de que comenzara 1936, siendo vicepresidente de la Gestora de la Diputación Foral a cargo de la misma, Constantino había llegado a la conclusión de que, de triunfar el Frente Popular, la derecha intentaría deponer su gobierno por la fuerza, y que el grueso de los navarros, ignaros y arreados de la nariz por sacerdotes tan cerriles como oscurantistas, serían parte de los alzados. A menos, claro, que Navarra se plegara al Estatuto (de Autonomía) Vasco.
 
Y fue así inició una intensa campaña recorriendo toda Navarra, intentando convencer  a sus habitantes confederarse con los hermanos vascos de Álava; Vizcaya y Guipúzcoa.
 
A pesar de sus ingentes esfuerzos y muy desgraciadamente, no pudo coronar esos afanes. El resto de la historia, de la dolorosa historia de la que soy un subproducto, ya lo conocéis.
Hace ya unos cuantos años –no encuentro en el libro la fecha de impresión– la Universidad Pública de Navarra publicó la biografía del abuelo que escribió el profesor Ángel García-Sanz Marcotegui.
 
Dice allí que en 1934, durante el gobierno republicano de la derecha, mi abuelo no estuvo a favor de las tesis insurgentes del comunismo estalinista y de Largo Caballero. Sin embargo, al estallar la insurrección de octubre en Asturias, apoyó activamente la huelga decretada en su apoyo, y particularmente la de los ferroviarios de Alsasua, en el curso de la cual, entre otras cosas, se hizo descarrilar un vagón para obturar las vías.
 
En cambio, muchos de los que pedían sangre y se llenaban la boca proponiendo que hablaran las armas, ante las concretas amenazas de represión, no dijeron esta boca es mía. Situación que yo vería muchas veces, y que me hace desconfiar instantáneamente de los extremistas de boquilla.
Emilio Eguzkiza, el asesinado.
García Sanz-Marcotegui consigna en la página 125 de su obra que Constantino fue detenido por la Guardia Civil (cuerpo del que abominaba por que estaba “siempre al servicio de los poderosos”) el 9 de octubre de
1934. Y añade que según su propio testimonio de 1965 a España Republicana, “al pasar por una calle esposado, una mujer que estaba en un grupo de vecinos le saludó con afecto, lo que provocó el nerviosismo de un guardia civil que disparó e hirió de muerte a una persona”.  García Sanz-Marcotegui agregó que según otras versiones –de las consignó la fuente– “el incidente se produjo cuando el grupo de vecinos intentó impedir su detención, o cuando uno de ellos, el fallecido a causa de los disparos, protestó o alabó su hombría”.
 
Gracias a Iosu me enteré de que la última versión es la más atinada, que el vecino que vivó al abuelo y protestó su detención con un “No hay derecho” y fue intempestivamente asesinado, se llamaba Emilio Eguzkiza, que al momento de ser abatido llevaba en brazos al quinto de sus hijos, que no había cumplido los 15 meses, y que este niño llamado Justiniano, ileso, como se diría, de milagro, quedó sobre su tripa, y fue protegido por un vecino.
Justi Eguzkiza
Y que Justi tiene ahora 81 años, ha sido y es merecedor de homenajes, como el que le brindan hoy, 12 de octubre, en Alsasua, porque aquella escena tremenda ilustra a la perfección el horror cainita que se estaba incubando y se desataría más pronto que tarde. Ese mismo horror que embargó al nada izquierdista, ni abertzale, bilbaíno Miguel de Unamuno cuando pronunció su célebre “venceréis pero no convenceréis” ante las vivas a la muerte con que el general José Millán-Astray remató el discurso en que José María Pemán consideró a Cataluña y Euskadi, “cánceres” devoradores del cuerpo de España.
 
Han pasado 80 años de entonces, y a veces se diría que no pasó nada. Que todo sigue, sino igual, al menos muy parecido: cada vez que habla Rajoy –ríanse de Gil Robles y de Calvo Sotelo– decenas de vascos y catalanes se vuelven independentistas.
 
Pero sí que han pasado cosas. El Partido Socialista Obrero Español, por ejemplo, hace rato dejó de ser obrero, socialista y hasta español (la socialdemocracia, desnuda, no es más que un holograma, un apéndice del imperio), un fenómeno que no es exclusivo de allí: el líder del peculiar “socialismo” argentino, Hermes Binner, es antichavista, forofo de Capriles y fanático de “la mano invisible del mercado”.
 
No quiero darles más la lata. Les prometo que escribiré más sobre mi abuelo, al que venero porque integró la estirpe de los hombres que como Jesús y Espartaco, pusieron su vida al servicio del género humano, de la especie que tambien describió Marvin Harris, y que un gran poeta argentino, Raúl González Tuñón describió como integrada por individuos “inocentes como animales / y canallas como cristianos”.
 
Constantino Salinas puso el listón alto. Estar a su altura no es algo que caiga del cielo: Requiere un esfuerzo cotidiano.

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