Montoneros o la ballena blanca

Es curioso lo que pasa con Ni a palos y en especial con Martín Rodríguez. Me llama la atención y me gusta leerlo, aunque muchas veces no esté de acuerdo con él y no pocas veces esté en franco desacuerdo. Pero lo mismo me pasó leyendo declaraciones de Nicolás Prividera. No estoy de acuerdo con él, pero aun así recomiendo enfáticamente que se vea su segunda película, Tierra de los padres, que actualmente se exhibe en la sala Leopoldo Lugones del CCGSM. Es más: si yo fuera ministro de Educación haría que todos los alumnos del ciclo básico secundario la vieran, porque ofrece al burro más refractario en un pantallazo la posibilidad de comprender el inusitado grado de violencia desplegado por las elites liberales hegemónicas durante los dos siglos de existencia patria. Comprendiendo cabalmente ese hilo conductor de la historia vernácula, colijo hoy que me he levantado optimismo, le será mucho más fácil hasta a los zopencos analizar el presente y no repetir, calcados, los errores del pasado.
Volvamos a la entusiasta reseña que hace Martín Rodríguez del libro Montoneros o la ballena blanca (por lo pronto, me lo vendió, ya no tengo más pretextos para postergar su compra). Para empezar, confieso mis prejuicios: 1) La contraofensiva montonera me pareció siempre una locura, e incluso una cretinada de quienes se convirtieron en miembros del ejército del «Animémonos y vayan, batallón de empujadores» (Jauretche dixit) empujando a quienes aceptaban formar parte de las TEA (Tropas Especiales de Agitación) y TEI (Tropas Especiales de Infantería) a regresar… sin regresar ellos mismos. Sin embargo, también siempre consideré que quienes participaron en esta experiencia demencial fueron compañeros equivocados, pero compañeros… Al respecto, recomiendo enfáticamente la lectura de Lo que mata de las balas es la velocidad, de Eduardo Astiz (Ediciones de La Campana); 2) También siempre la Guerra de Malvinas me pareció una trampa, algo ciento por ciento siniestro (cabe apuntar que estaba en España, no aqui), lo que me hizo disentir amargamente con muchos amigos e incluso con mi querido hermano Luis, que estaba preso en la U-9 de La Plata y que como los demás montoneros presos apoyaron la guerra, quizá dándose cuenta de que a partir de ella nada podría volver a ser lo que era.
Dicho todo esto, leo a Martín y estoy básicamente de acuerdo con él hasta que habla del «tunel subfluvial que une a la guerra sucia con la guerra de Malvinas». No sé de ese tunel y en todo caso me molesta que se hable de «guerra sucia». Entiendo que muchos montos y perros la pasaron proclamando que estábamos en guerra (yo también, alguito hasta 1974, pero mucho menos), que muchos militares nos tomaron la palabra y que, efectivamente, «perdimos como en la guerra», pero mal que le pese a los jefes montoneros que se embutían en uniformes azules para reunirse en el lobby de un famoso hotel madrileño, a partir del 24 de marzo no hubo guerra sino que se inició una temporada de caza.
Tampoco es cierto, me parece, que los montoneros quisieran la guerra austral. Simplemente, atinaron a manotear la sortija, fueron oportunistas y se subieron al carro porque la guerra, efectivamente, cambiaba de plano las cosas: la gente salió en tromba a la calle y resultaba evidente que nadie podría obligarla a encerrarse en sus casas tal como había estado durante más de dos años a partir del golpe.
Por lo demás, me deja perplejo que Lorenz presente su libro como novela y Martín diga que es un ensayo. Quizá sea demasiado esquemático, pero no veo como puede ser ambas cosas a la vez.

Lo dicho: voy a comprarlo.

Martín Rodríguez (columna «La mala leche» del «Ni a palos», suplemento joven de Miradas al Sur
Un historiador escribe una novela para sacarse la Historia de encima. Pero los personajes de su novela son ahora los que no pueden sacarse la Historia de encima. Los personajes ocupan su lugar en el coro, y conversan en cualquier momento de “lo mismo de siempre”. Siguen discutiendo, se llaman militantes y -por lo menos hace cuarenta años- los que llamamos así son personajes en busca de un autor. A veces lo encuentran, lo pierden. Cuando no hay autor, giran. Federico Lorenz –historiador- escribió su novela (Montoneros o la ballena blanca, Eterna cadencia, 2012) donde les da cuerda a un puñado de militantes para ver hasta dónde pueden llegar una vez que aceptan la “derrota” y el peso de “sus muertos”, y no lo hace como autor de estos personajes sino como el testigo que tan sólo les dio señal de largada.
 
Lorenz persigue a esta patrulla perdida que se separa de lo que aún en plena dictadura podía ser la organicidad de la guerrilla, pero para representarse aislados lo mismo que hubieran hecho ajustados a su organización: contragolpear para buscar la continuidad de la guerra. En el fondo, porque un militante puede ser, un expatriado de su vida.

Montoneros debe esa explicación al pueblo argentino: cuando los derechos humanos empezaban a alcanzar toda la significación de la época, ellos decidieron la contraofensiva. Cuando las víctimas de la ESMA eran reclamadas por lo universal que tienen, ellos decidían seguir la guerra y afirmarse en la particularidad. ¿Una señal a sus familias? «Somos soldados», le dicen a la madre que reclama a su eterno nene en el bosque del terror. La novela anuda una contradicción que nadie puede enunciar: la guerra y la vida. La lucha armada y los derechos humanos. Es el otoño del combatiente devenido en víctima humanitaria, tan sólo un cuerpo reclamado por sus abandonados: las madres, abuelas, hijos, hermanos o tíos que habían quedado al costado de su camino y ahora reclaman el derecho humano. Los que lo vieron salir de sus vidas, de sus domicilios, de la familia legal, para ir a la guerra. Estos montoneros son fábulas compuestas con la devoción de quien conoce las historias reales, que terminan de pasar a pérdida los restos de sus vidas materiales y sentimentales salvadas de la represión. La novela avanza cuando el protagonista se desprende de su mujer y de su hija porque la guerra los quiere livianos, con mochila de mano.

Esta road movie de la derrota apuntala su reverso: que la Historia no vale tanto la pena, que “eso” que pasan a pérdida (familia, esposas, hijos, electrodomésticos, negocios o departamentos) en algún lugar persiste como inventario. Reconstruidos en víctimas por la pérdida de lo que ellos mismos habían decidido abandonar. Hablo del devenir de las patrullas de la vanguardia, de las cuadrillas nocturnas de la ruta. Es la Argentina: en esa Patagonia metafísica de siempre, perpetuamente a quien busque lo esperará un “nazi loco” para continuar cuando la mano invisible de la historia y del mercado te corran al costado. Hay que volver a inventar la guerra para que todo tenga sentido, dicen. Para que la muerte tenga sentido. Y así, la novela trama el túnel subfluvial que une la guerra sucia con la guerra de Malvinas. Porque Malvinas era el deseo de una guerra regular y limpia de todos: de los soldados y de los guerrilleros, de los patriotas de todas las colimbas. Y los montoneros querían la guerra porque, entre muchas otras razones, no querían quedar afuera de la historia.

Lorenz es el historiador más intenso del presente. Primero, porque eligió hace muchos años dos lugares comunes (Malvinas y la guerra de guerrillas) para decir algo más. Segundo, porque no puede parar de pensar. No es un acopiador de datos, matices y complejidades, sino que se mete el rollo de la historia adentro. No vende prestigio académico para tres gatos locos o las novedades del revisionismo del nuevo billiken montonero. Es el que se obsesiona con su objeto, se hunde en él. Su libro histórico fundamental, “Las guerras por Malvinas” –reeditado este año-, documenta todos los balbuceos de consensos públicos sobre la guerra, y busca un sentido que pueda rescatar aquello de dos cosas fundamentales: de la tragedia y de la estupidez. De esas dos cosas de las que hay que salvarse. (Y es una salvación de a uno. No es colectiva.)

Montoneros o la ballena blanca dice que no están locos, pero están solos. Esa es la propuesta sobre la extinción de la experiencia montonera. Una capa más de las mil capas de la historia política argentina. Montoneros o la ballena blanca es el ensayo de un historiador que dice “ahora la historia es mía” porque comprueba que no se la puede sacar de encima. Dejando el sabor agridulce, la fuerza melancólica en la conclusión posible de aquella Nación en armas: un país es algo que a todo el mundo le queda grande, pero a lo que todo el mundo tiene derecho. Como esos dos argentinos (militar y montonero) que ruedan en la nieve de “las islas” tratando de matarse pero cerrando también un círculo ahí. La guerra es entre nosotros, le dicen los montos. O: no nos dejen afuera de la guerra. Cualquiera de las dos cosas. Y a la vez.

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