¿Quién dicta la política de EE.UU. en el Medio Oriente?

Por Juan Gelman 


Las idas y regresos de Obama respecto de Israel son un capítulo más de la peculiar relación que existe entre las dos naciones. En su discurso del 19 de mayo y en el encuentro que mantuvo con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu al día siguiente, el mandatario estadounidense lanzó la propuesta de un acuerdo de paz duradero basado en la formalización del Estado palestino según las fronteras de 1967, antes de que Tel Aviv ocupara los territorios del vecino. Pocas horas después del discurso, Netanyahu ironizó sobre la proposición y ratificó su rechazo tajante cara a cara en la reunión. Y existe el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (Aipac, por sus siglas en inglés). Este lobby pro-Israel es el segundo de los más poderosos de EE.UU.


El director ejecutivo de Aipac Howard Kohr, reaccionó sin tardanza contra el discurso de Obama: advirtió al mandatario que no es posible «tratar de igual manera a Israel y a los palestinos» (www.haaretz.com, 23/5/11). Un ramillete de condenas emergió de las bocas de parlamentarios republicanos y aun demócratas.

«El presidente Obama está premiando a los que le niegan a Israel el derecho a existir», propinó el senador republicano Orrin Hatch (www.jpost.com, 22/5/11). Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts y precandidato presidencial republicano para las elecciones del año que viene, fue contundente: «El presidente Obama ha arrojado a Israel bajo un camión».

El representante demócrata Eliot Engel subrayó: «Las fronteras marcadas por el armisticio de 1967 son simplemente indefendibles y no se debe obligar a Israel a aceptarlas».


Es curiosa esta actitud de políticos estadounidenses que, en vez de apoyar el designio de su gobierno, se inclinan ante el de un aliado o socio extranjero al que alimentan anualmente con miles de millones de dólares y armamentos de vanguardia.

Lo cierto es que días después, ante la convención anual del Aipac, Obama recortó su posición, reiteró «el compromiso blindado de EE.UU. con la seguridad de Israel» y precisó su concepto acerca del retorno a las fronteras de 1967: sería «con un intercambio de terrenos mutuamente acordado» (www.nationaljournal.com, 22/5/11).

Dicho de otra manera: los palestinos deben resignarse al despojo de más del 35 por ciento de su tierra, confiscada por Tel Aviv para instalar asentamientos ilegales de colonos israelíes, así como al sinuoso muro que divide en fragmentos a un improbable Estado palestino.

Los asistentes a la convención del Aipac aplaudieron calurosamente esta definición de Obama, estaba claro su alcance.

El premier Netanyahu fue acogido con firme asentimiento durante su presentación del martes pasado ante ambas Cámaras del Congreso. Dijo que Israel estaba dispuesto a otorgar «dolorosas concesiones» a fin de lograr la paz con los palestinos, pero se ignora cuáles serían. Su proyecto desafía abiertamente al plan de Obama: considera innegociable una Jerusalén «eterna e indivisa» como capital del Estado israelí, reafirma la ocupación militar del Jordán, el noli me tangere de la mayoría de los asentamientos en los territorios ocupados, la prohibición de que los refugiados palestinos regresen a sus hogares (www.nytimes, 25/5/11).

Menos mal que Netanyahu es más «moderado» que su ministro de Relaciones Exteriores, Avigdor Lieberman, quien durante la operación Plomo Fundido que arrasó con Gaza declaró que sería más económico resolver el problema palestino «como EE.UU. hizo con Japón», es decir, con una atómica (www.huffington post.com, 8/4/09). Para qué andar con menudencias.


Los parlamentarios estadounidenses ovacionaron 29 veces el discurso de Netanyahu y sólo 25 el mensaje sobre el Estado de la Unión que Obama pronunció en enero de este año. ¿Habrá que creerle entonces a Pat Buchanan, ex asesor senior de Richard Nixon, Gerald Ford y Ronald Reagan y ex precandidato presidencial republicano para las elecciones de 1992 y 1996, quien afirmó que el Congreso de EE.UU. es «territorio ocupado por Israel» (www.urmea.com, 19/2/99)? 
La aseveración es fuerte y Buchanan fue objeto de un variopinto florilegio de insultos.

Distintas investigaciones periodísticas dan cuenta de que la comunidad judía de EE.UU. sólo aporta alrededor del 3 por ciento de votantes, pero se estima que sus donaciones a los candidatos, en particular demócratas, constituyen el 25 por ciento de todas las contribuciones financieras a las campañas nacionales (//mondoweiss.net, 1/8/10). Es inimaginable que el Aipac, un consistente canal de distribución de fondos para esos fines, los destine a políticos críticos de Israel. El dinero es una cuestión clave para cualquier candidato empeñado en ocupar una banca parlamentaria y no parece casual que Richard Keith Armey, líder de la mayoría republicana de representantes en el período 1995-2003, manifestara en el 2002: «Mi prioridad en política exterior es proteger a Israel» (//hubpages.com).

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