Recuerdos de Juan Pablo Maestre y Mirta Elena Misetich a 42 años de su secuestro y asesinato

Junto con los Verd, de San Juan, fueron de los primeros desaparecidos. Miles de pibes se llamaron Juan Pablo en honor a Maestre, cuyo cadaver apareció con evidentes signos de tortura.

13 DE JULIO DE 1971 – SECUESTRO DE JUAN PABLO MAESTRE Y MIRTA ELENA MISETICH

Hombro y corazón
Por Carlos Semorile

 
 

Me gustaría poder escribir que «es un alivio narrar por fin esta historia serenamente, a mi manera». Contar, por ejemplo, que mi padre me despertó un día de julio de 1971 y con inmensa ternura se ocupó de decirme que habían asesinado a Juan Pablo Maestre, uno de mis admirados tíos maternos. Mi viejo tenía un don especial con los niños, y esa mañana aciaga me sostenía abrazado sobre sus rodillas mientras respondía las pocas preguntas que con mis ocho años se me ocurrían hacerle. Me dijo, sencillamente, que había policías buenos y policías malos y que estos últimos habían matado a Pablo, pero en realidad intentaba proporcionarme un asidero para afrontar el mundo en el que íbamos a vivir a partir de ese mismo momento. El crimen lo había afectado porque, además de ser su cuñado, Juan Pablo era su amigo. Hoy, más de cuarenta años más tarde, una foto de una revista que ya no existe me revela su profunda congoja: se lo ve salir de la morgue donde reconoció el cuerpo torturado de su cuñado, y su rostro está desencajado y mustio. La muerte -en última instancia- siempre es una certeza, pero la tortura es una aberración difícil de asimilar.

Una buena parte de las fotos que se publicaron del cadáver de Juan Pablo por aquellos días fueron, y siguen siendo, espantosas. Tan aberrantes como su asesinato. En mi caso, me afectaron de tal modo que, en cierta medida, desplazaron al Juan Pablo que yo había conocido y querido. Recién durante el proceso de recolección de testimonios para este trabajo, llegué a enterarme que Pablo pensaba que había que resguardarse de estos dispositivos del terrorismo comunicacional de las dictaduras -mostrar los cuerpos de los militantes acribillados- para no caer en la trampa del miedo y la inmovilidad.

¿Qué recuerdo, entonces, de Pablo? ¿Qué imágenes tengo que no hayan sido borradas por lo que vino después? Debo admitir que son pocas, pero asimismo me reconforta darme cuenta que todas son buenas. La más lejana en el tiempo nos reúne sobre una alfombra escuchando música clásica en la sala de la casa de mis padres. Dice mi madre que Pablo estaba encantado de que esto le ocurriera con su sobrino, pues no le agradaban los niños intensos. Pero tampoco los muy obedientes, y a su calidez y protección le debo una mirada interesada por el niño tímido y demasiado callado que fui. Luego, como le ocurría al resto de la familia, recuerdo que me encantaba escucharlo cantar con ese tono grave y profundo tan parecido al del joven Daniel Viglietti de aquellos mismos años. Otras imágenes suyas me llevan a la alegría con que se festejó su enlace con Mirta Elena Misetich -noche de risas y de charlas muy animadas en el jardín del chalet de los padres de Mirta-, o me traen la nostalgia de una cena en el departamento que la pareja alquilaba en la avenida Olazábal: todo era relajado y fluido allí, en ese rincón del mundo donde se evidenciaba que esos dos se querían.

Me ronda alguna otra relacionada a los partidos de fútbol que se jugaban en el parque del fondo de la casa de su madre en Ezeiza, pero temo que se trata de una de esas imágenes que uno construye a partir de esas fotos que se han mirado tantísimas veces. Acaso la última certera sea, paradójicamente, la de una espera. Se festejaba mi cumpleaños, pero avanzaba la noche y Mirta y Pablo se demoraban: cuando finalmente llegaron, lo hicieron con una buena cantidad de importantes regalos. Por sobre mi agradecida y ansiosa recepción, alcancé a escuchar que Pablo le contestaba a alguien que sí, que estaba cansado. De hecho, estaba tan agotado que a veces cabeceaba o se dormitaba cuando las reuniones de militancia se extendían demasiado. Esto motivó que se le hiciera algún cuestionamiento al que rápidamente le salió al cruce su compañero Carlos Olmedo. No se podía ser tan boludo: Pablo trabajaba todo el día como una bestia y, obviamente, a la madrugada ya estaba -por decirlo con un término actual- fisurado.

Estas páginas y las que siguen pretenden recobrar a Pablo para los que vienen detrás. Es la historia de un hombre brillante, casado con una mujer brillante, ambos con muchos destinos posibles debido justamente a sus respectivas sensibilidades e inteligencias. Pablo pudo haber sido cineasta, psicólogo, sociólogo, pero eligió ser militante porque «los problemas parecen ser personales, pero en definitiva, obedecen a causas sociales».

Por su último trabajo como ejecutivo de una empresa multinacional, hay quienes se confunden y lo sitúan dentro de los jóvenes de la clase media que se «peronizaron» al calor de las luchas por el retorno de Juan Perón a la Argentina. En realidad, Juan Pablo nació y se crió, desde la separación de sus padres (Olga Maestre y Eusebio Dojorti, más conocido por su seudónimo artístico: Buenaventura Luna), en un hogar muy humilde que pasó por muchas privaciones y estrecheces, aún dentro del marco de un gobierno peronista que, pese a su formidable obra de redención social, no podía llegar a todos los hogares al mismo tiempo. Por si no quedara claro: por origen, por formación, y por su propia mirada sobre el país y sus abismales injusticias, Juan Pablo Maestre era tan peronista como lo era su madre, como lo eran y lo son algunos de sus hermanos, y como también lo fue su padre.

Su pertenencia a las Fuerzas Armadas Revolucionarias también es motivo de errores, y conviene aclarar ya mismo que Pablo compartía el concepto de su amigo Carlos Olmedo: «Los fierros pesan, pero no piensan». ¿Se lo puede pensar como un intelectual? Sí, siempre y cuando se entienda que «el campo del intelectual es la conciencia», y no una simple elaboración abstracta y meramente especulativa. ¿Se lo puede pensar como un hombre decidido a la acción? También, siempre que se entienda que ser audaz no es lo mismo que ser temerario, y que no perdamos de vista que asumió los riesgos a los que se exponía, y que su lucha, como la del pueblo mismo, buscaba la liberación nacional de un país estancado en un estatus semicolonial.

Juan Pablo creía, en resumidas cuentas, que si las «condiciones objetivas» no estaban dadas, pues había que crearlas poniendo «hombro y corazón» -como escribió en una bella zamba-. A este concepto, durante los años de la post-dictadura, se lo ha descalificado como «voluntarismo», y hasta ha servido para volver a castigar a las víctimas del Terrorismo de Estado. Creemos que el Juan Pablo que surge de los distintos testimonios está más vivo que muchos de los que piensan que hay que sentarse a esperar que la Historia llame a las puertas de todos y cada uno.

Pablo no estaba hecho de esa madera. Será por eso que lo extrañamos tanto. Será que, siendo un hombre como todos, fue un tipo excepcional, y que las muchas veces en que lo hubiéramos necesitado, ya no lo teníamos. Será que nunca lo olvidamos, como nunca olvidamos a Mirta. Será que, como tantas otras y tantos otros, seguimos exigiendo verdad y justicia.

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