Tenembaum no leyó El Eternauta

Tenembaum perdió la brújula. Se nota que jamás leyó El Eternauta, que se hizo durante la resistencia peronista, con referencias al 9 de junio de 1956 pero para nada antimilitar. Al contrario, depositaba sus esperanzas de vencer a los alienígenas en el Ejército.
Por otra parte, solo un sector muy minoritario de la JP Descamisados coreó “Montoneros, carajo” y Ernesto sangra por la herida porque la muchachada de Moyano y aquella, en lugar de andar a tiros y cadenazos, se tratan como compañeros.
La mística no es algo que abunde mucho hoy. Pero muchas personas -por ejemplo, Teresa Parodi, que lo supo verbalizar en ocasión de recibir un premio en Radio Nacional- sentimos que estamos participando de una gesta histórica.
Pero bueno: pedirle que lo entienda es pedirle peras a un olmo.

Publicado en la Revista Veintitres el 16/09/2010

Héroes

POR ERNESTO TENEMBAUM


ERNESTO TENEMBAUM
En uno de los afiches del acto realizado el martes por el sector más oficialista de la Juventud Peronista, Néstor Kirchner aparecía retratado como El Eternauta. Dado que no se trató nunca de un personaje muy popular –como lo fueron a su manera desde Mafalda hasta Clemente, pasando por La Pequeña Lulú, Anteojito y Antifaz o Patoruzito–, quizá sea necesario contar algo del personaje.

El Eternauta fue una creación de Héctor Oesterheld a fines de la década del cincuenta. Se trataba de una especie de héroe mítico que intentaba salvar a la humanidad luego de un ataque químico producido por extraterrestres. Oesterheld y gran parte de su familia desaparecieron durante la dictadura militar –su viuda realizó hace poco una narración estremecedora de la historia familiar a Magdalena Ruiz Guiñazú– y la historieta logró una merecida reverencia por parte del mundo de la cultura no sólo por su calidad narrativa sino porque, además, en sus últimas versiones ya había referencias muy claras a la resistencia contra la dictadura militar. El Eternauta recorría una ciudad asediada y temerosa, vestido con un traje especial que le daba un aire de entre buzo y astronauta y que lo protegía de las radiaciones difundidas por los enemigos.

Es muy difícil de entender por qué Néstor Kirchner fue retratado como una versión moderna del personaje de Oesterheld: un héroe herido que camina vestido de astronauta por un paisaje angustioso, desolado y oscuro. La verdad es que ni una cosa ni la otra.

Ni se trata de un héroe, ni la Argentina es el país de la dictadura, si tal cosa se quiere decir.
Despojado de todos esos significados simbólicos, de esos deslices metafóricos, lo que queda de ese afiche es, apenas, Néstor Kirchner disfrazado de buzo, lo que es aún más difícil de entender.
No fue la única referencia curiosa a los años setenta que se produjo el martes en el Luna Park.

Las distintas crónicas reflejan el momento en que desde las tribunas se coreó la consigna “Montoneros, carajo”. El detalle debe haber sido disfrutado enormemente por los sectores más derechistas que intentan desde el 2003 calificar al gobierno democrático de Néstor y Cristina Kirchner como un triunfo de los Montoneros. Pero además, la Presidenta en su discurso hizo referencias a una supuesta juventud maravillosa de los años setenta y sostuvo que, a diferencia de aquellos tiempos, es una suerte que la juventud peronista hoy se una en el mismo proyecto con la juventud sindical. Todo era demasiado confuso, porque en los años setenta unos cantaban “Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo que le pasó a Vandor”, y ambos se enfrentaban a balazos mientras de un lado se cantaba por la patria socialista y del otro por la patria peronista.

Es decir que estamos como en los setenta, pero no. Algunos de los enemigos de entonces son los amigos de ahora, y algunos amigos se transformaron en enemigos. Y, por si fuera poco, la clase media es volátil y racista, y ya no queremos el socialismo sino desarrollo industrial con inclusión, y el neovandorismo es un aliado clave y de algunos temas del pasado, del que tanto se habla, es obvio que no se habla.

Pero hay muchos jóvenes que escuchan y aplauden y se emocionan.
Quizás una de las dificultades del Gobierno en estos tiempos se pueda encontrar en actos como el del martes. La versión que la Presidenta –y el Gobierno– difunden sobre la década del setenta quizá no sea exactamente la que ha quedado grabada en la sociedad. Es decir: el repudio generalizado a la dictadura militar no necesariamente embellece todo lo que existió antes, ni transforma a nadie en maravilloso. Es posible, además, que la centralidad que el Gobierno otorga a lo ocurrido en esos años tan tumultuosos no tenga tanta prioridad en la vida cotidiana de los argentinos. Y que, además, Néstor y Cristina Kirchner no sean percibidos como héroes sino, simplemente, como dos presidentes, dos políticos con luces y sombras, con negros, grises y blancos.

El intento forzado de vestir a Néstor Kirchner con traje de buzo, astronauta, Eternauta, corre el riesgo de convertirlo no en un héroe sino en alguien extraño, que camina vestido de una manera llamativa en una sociedad que no es la misma en la que explotó una bomba química, aquella que retrató magistralmente Oesterheld. Alguien que no comprende el tiempo que vive, y es incomprendido por sus contemporáneos, así vestido como anda.

La verdad es que le quedan mejor el traje cruzado y los mocasines, porque representan mucho más lo que siempre fue: un político perseverante, que llegó al nivel más alto al que se puede aspirar en su profesión, que ya dejó una marca en la historia argentina, y que tiene momentos brillantes y otros oscuros, y que –como suele ocurrir en su profesión– recorrió una trayectoria sumamente zigzagueante.
Eso es Kirchner.

Pero, por alguna razón, él, Cristina, mucha gente que los rodea, insisten en extrapolar tiempos ya irreversiblemente lejanos a los actuales, transformarse de políticos hábiles en héroes míticos y generar una épica confusa, articulada alrededor de la imagen de enemigos un tanto difusos pero horripilantes.

Algunas personas creen que esto es el renacimiento de la política. Y que no hay política sin mística prefabricada.

El problema sería que hubiera gente joven, ávida de imágenes contundentes, dispuesta a creer que personas normales, políticos, son héroes, sólo ellos, capaces de salvarnos de un ataque masivo de enemigos poderosísimos.

Que ese hombre de traje cruzado y mocasines, en cualquier momento, se mete en una cabina telefónica y se transforma en El Eternauta, en Superman, en Maradona o en El Chapulín Colorado.

Algo me dice que difícilmente eso ocurra.

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