«Un frente es lo más urgente», explica Horacio González
Por Horacio González / Página 12
Se discute ahora si surgió de un intersticio ocasional de la historia o todo se venía madurando en las entretelas del movimiento colectivo. Creo, dándoles la razón a los ocasionalistas, que percibió que la política vive mejor de las raras ocasiones en que se abren las puertas de hierro que parecían bien claveteadas en la conciencia nacional. Pero concediendo siquiera una migaja a los historicistas –llamémoslos así–, llegaba desde una escuela política consabida, que había dado macizas memorias y jefaturas. A diferencia de Perón, Kirchner encaró el liderazgo como un ocasionalista, haciendo valer su fragilidad y desprotección. Perón fue amante de lo orgánico, no de las fisuras, aunque su exilio le dio una aureola de superior despojamiento. No obstante, no consideró ese tema en sus reflexiones íntimas, y dejó que todo pareciera obra de un pensamiento articulado y de cálculos estructurados sobre el tiempo: la resistencia, la conducción, de la periferia al centro, la organización vence al tiempo.
Kirchner (y no quiero hacer innecesarias comparaciones) era un hombre de flecos varios (un desflecado, tomando prestada una expresión de la antropología literaria de David Viñas) y lanzaba signos por doquier, sobreimpresos sobre la memoria social anterior (desaparecidos, antiimperialismo, tercermundismo, latinoamericanismo, distribución equitativa de la renta, etc.), sabiendo que era necesario fundar un nuevo trato entre las instituciones y la vida general. Desviar el país de sus cercamamientos ritualizados, recrear el armazón de derechos sociales, públicos, comunitarios y de la vida privada –es decir, una modernidad nacional emancipada– fueron así sus propósitos. Los encaró con los flecos de la política real –el peronismo con condición y obstáculo– y con los signos que lanzaba como un náufrago robinsoniano, destinado a recrearlo todo otra vez, aunque sin el puritanismo propietarista de aquel célebre personaje.
Sólo es posible proseguir en estos empeños dándole un curso frentista a la política argentina. Estarán los antiguos partidos, nombres y situaciones que conocemos, y sin duda habrá alianzas y nuevas perspectivas de mancomunión entre fuerzas sociales y políticas. Pero con la palabra frentismo nos referimos a otra cosa. A la posibilidad y promesa de colocar al país bajo otros cauces colectivos, más democráticos y justicieros, donde impere una noción de emancipación social y se renueve drásticamente los carcomidos aparatos institucionales de donde salen los disparos que se llevaron la vida de Mariano Ferreyra (en un suburbio de megalópolis) y de los luchadores de los pueblos preexistentes en el país (en las márgenes de una ruta provincial). Un Kirchner rememorado en un futuro real e inmediato de la política y la cultura argentina conduce a la tarea colectiva –ahora, puesto que es urgente– de enjuiciar estos hechos y a sus responsables desmontando políticamente las situaciones que los provocan.
