Volver a casa

Gracias, tocayo.
Por  Juan Forn
Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida: «¿Te acordás cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre, para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos cuando llegara?» (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin, campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta dónde llega su influencia subterránea en mí (¿por haberle oído decir eso alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).

Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila. Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente. Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con cierta vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad de leer. Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números sino por la ubicación de las agujas; puede «leer» un durazno pero no por su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó ceguera a la palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros, pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir a dictar.

«Esa historia es más para vos que para mí», se limita a decir mi madre. Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos. Hull dice que de a poco empezó a «oír» los objetos silenciosos, como los faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De pronto toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades no lingüísticas, sobre todo la capacidad para «leer» las intenciones de los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.

El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de «leer» al escribir). El profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero es la visión periférica, «rodeando» nuestra visión central, lo que nos proporciona un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el de-sarrollo pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión). Miro a mi madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto. Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza hacia mí y dice: «¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No quiero que pierdas el ómnibus por mí».

Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál era su viaje favorito: «El de vuelta a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown». Yo vuelvo a casa cada vez que salgo de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles arboladas hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda, baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente, a codazos.

Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz año, les deseo que puedan volver a casa.

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