Buenos Aires indigna

Por Hugo Muleiro / Telesur

Que los habitantes de Buenos Aires son todos unos «fachos», fascistas en el lenguaje rioplatense. Que es tradición de más de medio siglo que los votantes de la capital argentina, los porteños, son profundamente antiperonistas, «gorilas» en el lenguaje de ese partido. Que son unos ignorantes, además, puesto que un empresario que consiguió notoriedad con su dinero y que es un incapaz entre los incapaces, mentiroso entre los mentirosos, antidemocrático entre los antidemocráticos, fue premiado el domingo 10 de julio con más votos que en su primer triunfo, en 2007, y conseguirá con seguridad la reelección el 31 de julio, en segunda vuelta, salvo una milagrosa obra de Dios pero, como dice el poeta, no conviene robar su tiempo, y además está lejos.

Frustración, rabia, desorientación, también algo de pánico, a qué negarlo, campean entre una manifiesta minoría de porteños que acompañan en todo o aunque sea parcialmente al gobierno nacional, de la presidenta Cristina Fernández: si hasta estamos los que pensamos mandarnos a mudar, pasarnos a la cercana provincia de Buenos Aires, donde no sobreabunda al menos a simple vista la oligarquía y sus cortes de la clase media, esos mediocres, arrastrados, frustrados para siempre porque no llegan a la opulencia y morirán anhelándola, y que a la vez desprecian a los de abajo, a los de piel más oscura, a los que no visten ropa de marca y contaminan a la europeizada ciudad, opacan su lustre, sus pretensiones de capital latinoamericana, de cultura o de alguna otra cosa.

El triunfo arrasador del empresario Mauricio Macri, derechista moderado por conveniencia de imagen pero ultraconservador por linaje y convicción, dejó una ristra de desconcertados e impotentes: es claro que en tres semanas el candidato del partido de la presidenta no podrá revertir los casi 20 puntos de ventaja que sacó Macri, señorito protegido por los medios privados de información que, en toda la campaña, mucho se esmeraron en no informar sobre las causas judiciales que pesan sobre él, en especial por ser responsable político de un sistema de espionaje de opositores e inclusive de algunos colaboradores y colaboradoras que, ante el resultado, lo abrazaron y lo aplaudieron en público, y quien sabe si en privado no llegaron a expresiones más demostrativas de su amor por el capo.

Lo cierto es que queda un gran trabajo por hacer, muchos enigmas por descifrar. Un jefe de gobierno que se esmeró en empeorar los salarios de los maestros, que deja que los edificios de las escuelas decaigan al punto de poner en riesgo la vida de los alumnos, que complicó todavía más el tránsito caótico de la urbe, que hace que los hospitales estatales se vean cada vez más limitados y hasta deja sin gas, en el crudo invierno local, a los pacientes de un centro psiquiátrico, ganó con amplitud las elecciones del domingo.

Macri no hizo campaña política, sólo gastó buen dinero para difundir consignas, bastante estúpidas para la mayoría de los mortales, como un «bienvenido» a los votantes, o «juntos vamos bien». No concurrió a un debate político al que sí asistieron otros 11 postulantes. No presentó un programa para su segundo período, y por supuesto no se prestó a que nadie le pidiera explicaciones sobre todo lo que no hizo. Y ganó de manera arrasadora.

El ecuatoriano Jaime Durán Barba, creador de su imagen, autor de su gestualidad y de su estética, lo manda ahora a bailar en los actos partidarios, y Macri obedece: se sube a un escenario y desliza unos pasos desmañados, a base de ritmos populares, la mal llamada cumbia argentina, que no le pertenece a su clase ni a su espíritu: baila pésimo, copia de mala manera los pasos y movimientos que otros sienten y disfrutan con toda autenticidad y gracia. Y aún así gana, inclusive entre los sectores populares, entre los votantes más pobres, olvidados por él, por él castigados, en barrios miserables donde no hizo casi nada de lo que prometió.

Algo mucho de indigna tiene Buenos Aires, o una parte de su población, eso no se puede negar aún con la conocida inclinación por consagrar a los pueblos como sabios: no son pocos los habitantes que como Macri desprecian a los pobres que reciben subsidios del gobierno nacional; que coinciden con Macri en que hay que expulsar de la ciudad a los inmigrantes más necesitados, si es necesario a los tiros; que lo apoyan cuando dice que hay que terminar con los «rencores» del pasado y «mirar hacia adelante», una mascarada para no declarar abiertamente que repudia que genocidas y represores sean perseguidos por la justicia; que están de acuerdo con él en que los hospitales no tienen por qué atender a los enfermos de otros distritos; que como él padecen fobia e ira ante las manifestaciones de protesta y ante cualquier ocupación del espacio público, en defensa de la sublime libertad a circular en automóvil.

Y no es menor lo que le queda por reflexionar y corregir a los sectores que quieren una ciudad progresista con un gobierno progresista: desde el oficialismo que responde a Cristina Fernández, sin capacidad para conseguir aliados y multiplicar fuerzas, sin inteligencia suficiente para diseñar su mensaje, hasta las izquierdas que ni siquiera cosecharon 1 por ciento pero que, eso sí, gastan cientos de miles de folletos y publicaciones en plena city, allí donde circulan los especuladores, gerentes, subgerentes, banqueros e idiotas útiles varios de la patria financiera, que por cierto los odian y jamás de los jamases los votarían. Y que los insultan a rabiar cuando instalan su «vanguardia revolucionaria» en las muy coquetas y capitalistas avenidas principales, donde si algo no hay es proletariado, para «denunciar» que el gobierno del señorito Macri y el nacional son lo mismo, porque impiden que el pueblo revolucionario tome el gobierno, lo cual ya está por suceder, en un abrir y cerrar de ojos.

La fiesta completa se la hace el verdadero poder, el gran poder económico que habla a través de sus medios de difusión: están saboreando la posibilidad de que Macri, con votantes a la rastra, sea la posibilidad de trabar un proyecto político que, con sus más y sus menos, mejoró desde 2003 la distribución de la riqueza, abrió la sociedad a derechos antes desconocidos, impuso el imperativo de la justicia en derechos humanos como nunca antes, abrazó la vocación regional en contra del añejo anclaje colonial. Eufóricos, felices, esperanzados en que una parte importante del electorado de la capital argentina sea su primer escalón hacia la recuperación.

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