La función de la policía a lo largo de la Historia

Por Alejandro Horowicz / Tiempo Argentino

Una cosa queda clara: la construcción de una fuerza policial profesionalizada y de calidad depende de la hipótesis de seguridad que se ponga en juego.
 
En diciembre del año 1880, tras la federalización de Buenos Aires, se creó la Policía de la Capital; la nueva institución pasó a depender del Ministerio del Interior, y por ese entonces no se diferenciaba mayormente de la policía provincial. Policías y ladrones conformaban un universo cerrado, donde todos se conocían. Y todo se reducía a ubicar, en la lista de posibles ladrones, al responsable de cada hecho delictivo. El boom inmigratorio cambiaría definitivamente las cosas. 

Más de 4 millones de personas llegaron desde Europa entre 1881 y 1914. En 1895, el 25,5% de la población de la República era extranjera, mientras que en los Estados Unidos ese valor sólo ascendía al 14,7%; la cifra no dejó de empinarse: 1914, el 30% de la población, y si esa contabilidad se reducía a la Ciudad de Buenos Aires, el número pegaba otro salto: más del 50%. Y si el conteo sólo incluyera trabajadores, quedaba en claro que la compacta mayoría estaba compuesta por extranjeros. A tal punto que Leopoldo Lugones (en sus célebres conferencias del Teatro Odeón, 1913, reelaboradas en El Payador), los denomina no sin racismo implícito “plebe ultramarina”.

La fisonomía de la ciudad había cambiado, de peatonal y provincian, pasó a una metrópolis de 190 kilómetros cuadrados recorrida por tranways en todas las direcciones, y sólo superada en extensión por Londres; del Preámbulo de la Constitución, que invitaba a “todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino”, a la Ley de Residencia que permitía expulsar a un extranjero en 72 horas, sin que mediara intervención judicial alguna, se constata una completa vuelta de campana. El habitual poder discrecional de la Policía se parecía bastante, al menos en tan delicado territorio, desde 1902, a un poder omnímodo. 


Vale la pena observar cómo se pasa de una valoración positiva de los migrantes extranjeros, a una tan antojadizamente peyorativa. Sobre todo, en la transformación que sufre en ese lapso la Policía de la Capital.

En los inicios, era difícil distinguir a policías de inmigrantes, ya que los desocupados optaban –cuando no conseguían nada mejor–  por el magro salario de vigilante. Al menos, así surge del trabajo de Mercedes García Ferrari Ladrones conocidos, sospechosos reservados. Para Ferrari, el inquilinato, el café y la calle eran espacios de sociabilidad del inmigrante; por tanto, esos también eran los observables reticulados por la mirada policial. Claro que esa Policía no gozaba del “respeto” de los porteños. Y no eran pocas las veces en que ni siquiera el comisario lograba arrestar a un ratero, ya que la multitud se lo arrebataba sin mayores miramientos.

Diez años más tarde, la cosa ya no es así. Entre la crisis del ’90 y la organización sindical,  la policía tuvo que abandonar la calle. Ahora el peligro lo constituyen los obreros socialistas y anarquistas. 

La protesta social se transforma en el principal observable, y la profesionalización de la policía –mejores salarios y mayores exigencias culturales– avanza a paso de carga, el reglamento de 1868 ya era una perfecta antigualla.

De modo que la crisis cumple su papel, pero también la situación política. Repasemos los datos. La revolución del ’90 contra el gobierno de Juárez Celman inicia un ciclo de conspiraciones y luchas por democratizar la sociedad argentina. De ese ciclo emerge la Unión Cívica Radical y el doctor Hipólito Yrigoyen. Con un añadido: al mismo tiempo, pero en otro espacio, los trabajadores libran enormes batallas por la consecución de la jornada laboral de 8 horas. No se trata tan sólo de una reivindicación obrera en la Argentina, sino (para decirlo en una fórmula de este tiempo) de una lucha global. Un contrato mundial entre el capital y el trabajo se estaba ajustando, y los gobernantes conservadores y fraudulentos temieron que los nacientes sindicatos y la dinámica de la UCR empalmaran peligrosamente. Debemos admitir que, tanto el Partido Socialista –con sus marcadas preferencias por la lucha electoral– y la UCR –con su temor al discurso  anarquista– facilitaron las cosas.

Es decir, en lugar de una lucha común por la democracia política, enfrentamientos descoordinados que facilitaron la recomposición oligárquica.

Vale la pena retomar el hilo policial. Un importante debate se libra al interior de las fuerzas del orden. Juan Vucetich inicia, en 1891, en la provincia de Buenos Airers, un novísimo sistema de identificación de personas: la dactiloscopia. El sistema se proponía mucho más que identificar delincuentes, por primera vez la policía dispuso de un instrumento que permitía saber todo de todos, ya que al juego de fichas dactilares se sumaba el archivo bajo la forma de prontuario y la fotografía. 

En cambio, bajo la influencia de Lombroso, la Policía de la Capital –controlada por médicos higienistas– prosigue su camino antropométrico. Es decir, identifican a las personas según un complejo sistema de mediciones de difícil materialización y  resultados poco satisfactorios.

En rigor de verdad se trataba de dos miradas antagónicas. En un caso buscaban los motivos biológicos de la delincuencia; por tanto, el peligro pasaba por los “delincuentes natos”. En el otro, el peligro era el movimiento social; de modo que se trataba de identificar cabecillas y seguidores. 

Todos los seguidores, incluso los potenciales. Entonces,  la fotografía y las huellas dactilares, de todos los habitantes, constituyeron el nuevo método para la defensa del “orden social”.

Desde el momento en que la Ley de Residencia (1902) se constituye en la respuesta del Estado frente al conflicto social, el debate queda definitivamente zanjado. En 1905, la Oficina de Identificación Antropométrica se cierra y el método de Vucetich gana a la Policía de la Capital.
 

Una cosa queda clara: la construcción de una fuerza policial profesionalizada y de calidad depende de la hipótesis de seguridad que se ponga en juego. Si la hipótesis es un delirio, la fuerza difícilmente resultará eficaz. 

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