El presidente que si fue

Gracias al Blog del Ingeniero Néstor Sbariggi, un suertudo que tuvo entradas para la avant premiere de La película de Néstor en el Luna, llegué a esta crónica de Nicolás Tereschuk, el Escriba, en Artepolítica. Que les aproveche

El presidente que sí fue

Por Nicolás Tereschuk (Escriba)
Blog:Mide / No Mide | Email:[email protected]   

Cómo hemos aprendido en los años del kirchnerismo, eh. Cuánto. Y de qué forma. Todos. Aprendimos, no me digan que no.

Me invitaron a ver el preestreno de Néstor Kirchner, la película, en el Luna Park. Y seguí aprendiendo. Porque el Néstor Kirchner de Paula De Luque también nos dice cosas. Yo escuché algunas, al menos, no sé.

El Néstor Kirchner de la película me dijo que, en política (¿o en la vida?) para transgredir el «sentido común» o «lo establecido» hay que tener con qué. Porque eso es lo que hace el Néstor que transgrede el mandato paterno y le compra unos zapatos de taco alto a su hermana mayor en su adolescencia. Por lo pronto, ahorró y con su dinero hace «lo que quiere». Porque puede. Y ahí ¿quién termina siendo más «transgresor» en términos del poder familiar? ¿La que se pone los tacos o el que va y se los compra?

Me hizo acordar a lo que me decían algunos profesores de tenis -eran profesoras, en realidad-, cuando era chico, o de guitarra, de más grande. Para pegar un drive corriendo hay que pegar con los dos piecitos en tierra un rato largo. Un largo rato. Una y otra vez. Para meter una «nota loca» hay que darle que darle a la escalita para arriba y para abajo otro tanto. Muchas tardes de calor. A Jimmy Hendrix un día se le ocurrió quemar la guitarrita y quedó fantástico. Pero comprarse el kerosene antes de saber tocar no sería adecuado.

Ahí está el Néstor Kirchner de Santa Cruz. En el «Ateneo, Ateneo…», perdiendo la interna en 1983 y rearmándose para ganar la Intendencia en 1987 ¿Sabés el laburo político que lleva ganar una capital de provincia? Y lo recuerda Máximo Kirchner unos años después, ya electo: manejando por las calles de Río Gallegos, anotando en un cuaderno espiralado. Un bache en una esquina. Un farol roto en la otra. Y llamando correspondiente a los responsables para que arreglen lo que hubiera que arreglar. «Ahí aprendí que la política está vinculada con la vida cotidiana de la gente», dice el hijo del ex presidente. Una definición importante.

Y también está el Néstor Kirchner que asume como gobernador en pleno 1991. Se lo ve un «gobernador del PJ». Tiene el pelo corto, está bien peinado, tiene la corbata bien puesta, la mano sobre estos santos evangelios. Podría jurar que usaba un traje recto y zapatos abotinados. No lo veo a ese gobernador viajando mucho a Buenos Aires ¿Para qué? Si llegar a la Gobernación era, nos cuenta Cristina en el video previo a la película, el objetivo político máximo en la vida de esos dos militantes. (¿Ni siquiera ir a Buenos Aires para el estreno de una película?).

Se lo ve más tarde a Néstor Kirchner en la gran nevada de 1995, bajándose de una camioneta para empujar un Renault 12 de un vecino junto con Carlos Zannini y dos personas más que no conocemos. No hay medios. No hay intelectuales. No hay glamour. No lo piensa mucho. La cámara va en un auto detrás pero no la espera. Se baja, nos muestra la nuca de la capucha apenas. Y empuja.

Y entonces ahí está el presidente que asume en 2003. Consciente de los desafios. Un hombre con coraje que se sobrepone al temor de pisar el Congreso para proponerle al país un sueño. Un tipo sin los mil cuadros propios que se necesita para gobernar la Argentina y con un plazo de una semana.

No se parece a un transgresor alocado. Sino más bien un tipo que fue dando, en cada caso, las batallas que tuvo espaldas para dar. Sin eludirlas. Propias de su agenda. Pero cada una en su momento. Con las cúpulas militares primero, con los represores de otro tiempo luego, con la Corte Suprema más tarde y recién al tiempo con el FMI, con unos Estados Unidos algo desorientados y con los acreedores. Cada uno a su tiempo. No en cualquier momento. Cada uno cuando pudo.

El Néstor Kirchner de la película va cimentando sus batallas «macro» -esas que le da el cuero para dar y que todos podemos recitar- con la mirada y la palabra puesta también y al mismo tiempo sobre personas «micro». Esos a los que se arroja a los brazos desde los escenarios. Esas personas de a pie a las que llama por teléfono para darles un laburito en el Estado. ¿Como hacía Yrigoyen, quizás? Otra vez sin prensa, otra vez sin intelectuales, otra vez sin glamour.

Y después está el Néstor Kirchner ya «con poder». El Néstor Kirchner del mandato de Cristina. El que decide dar una batalla como la de la 125, que en una derrota le servirá a su vez para otras cosas.

Pero claro. Si el kirchnerismo «nace» en 2008, la película de Paula De Luque nos recuerda que Néstor Kirchner, el presidente, el líder político, el que tuvo el coraje de venir a proponer el sueño de «forjar un país en serio, un país normal con esperanza y con optimismo» no nació ese año. Ni trató de trasladar en forma directa «los 70″ a los «dos mil». ¿O vino acaso a proponer el sueño de «la patria socialista»? Fue, en cambio, acumulando y empujando, acumulando y empujando en una dinámica que iba comprendiendo también cómo era la sociedad en cada momento.

Sin esquivarle al bulto. Sin dejar de transgredir. Sin dejar de ver la política como un lugar donde los adversarios están, eh. Están. Los enemigos están. No son ficticios ni inventados. Todos los conocemos. A lo sumo se les elige el orden. Pero están.

«Los quebramos culturalmente», dice Néstor Kirchner en la intimidad la noche de 2010 en que Fito Páez tocó frente a tres o cuatro 8Ns. Mientras todos estábamos con el biri-biri de Fuerza Bruta el tipo dice «los quebramos culturalmente», ja. Y (¿pero?) hay que tener con qué para pensar nada menos que en quebrarlos culturalmente. Hay que tener con qué.

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