Recuerdos desagradables: El asesinato de Mor Roig

Hay recuerdos que son francamente desagradables para mi, y éste es uno de ellos. Estaba haciendo la colimba ahí cerca, en La Tablada, y había estado en total desacuerdo con concurrir a la Plaza de Mayo la aciaga tarde en que, dicen, Perón echó a mis compañeros de la Jotapé y Montoneros (no a mi: a esa hora hacía guardia cerca de la calle Somellera, es decir, mirando hacia el Este, hacia la lejana plaza, y pensando  seguramente en mi amada Claudia, que me sorbía el seso). Recuerdo confusamente que días después El Jipi (hoy hecho un catalán del Ampurdá que nos pesca res de nuestras desventuras sudacas) me dijo que se lo había amasijado porque, a) se lo había descubierto casualmente cuando dos compañeros se citaron en aquel restorán y vieron que el hombre acudía cada día a almorzar en él y, b) porque Mor Roig (no pronunciábamos «roch» como hubiera sido lo correcto pero tampoco decíamos «mor ruá» como algunos ridículos de la tele que afrancesaban su apellido catalán), al igual que el almirante Quijada y el juez Quiroga, estababa condenado a causa de su protagonismo en el encubrimiento de los autores de la Masacre de Trelew… argumento que no me satisfizo para nada. 
A diferencia del asesinato de Rucci, que resulta imposible soslayar, mi mente (y sospecho que la de muchos compañeros) tiende a olvidar el de Mor Roig. Es por eso que me parece valiosa esta nota de Pottash. Porque recuerda algo que ni siquiera queremos oir, que muchos preferiríamos que jamás hubiera sucedido.

15 de julio de 1974

¿Por qué Mor Roig?

Por Robert Potash (historiador) / Perfil

En una reciente entrevista que me hizo el diario PERFIL destaqué que la memoria de los Kirchner de los años 70 es muy selectiva y se enfoca en los actos represivos de los militares y sus víctimas e ignora a las víctimas de los otros grupos organizados que utilizaron la violencia para sus fines políticos. El 15 de julio es una fecha propicia para recordar un episodio que se produjo hace 36 años, en 1974, cuando dos jóvenes montoneros se aproximaron al doctor Arturo Mor Roig, que comía en un restaurante de San Justo, lo acribillaron para privarlo del más básico de los derechos humanos, su vida, y se alejaron tranquilamente sin que nunca hayan sido detenidos por su acción. Dado que Mor Roig era en ese momento un ciudadano particular que trabajaba como abogado de una compañía con sede en San Justo, ¿por qué fue elegido por Montoneros para ser asesinado? La respuesta, tal vez, reside en que la dirigencia de Montoneros pensó que la indignación generada por un acto de este tipo podría intimidar aun más al tambaleante gobierno de Isabel Perón. Ya habían hecho algo similar en septiembre de 1973, poco después de  la elección de Perón a la Presidencia, cuando asesinaron a su mano derecha, el líder de la CGT, José Rucci. Pero el veterano líder los enfrentó y finalmente rompió con Montoneros en mayo de 1974. Tras la muerte de Perón, el 1º de julio de ese año, la llegada a la Presidencia de su poco experimentada y más maleable viuda ofreció a la guerrilla una nueva oportunidad para actuar. El asesinato de Mor Roig, apenas dos semanas después de la asunción de Isabel Perón, puede ser visto como parte de un plan para demostrar su poder y extorsionar al gobierno. Pero, ¿por qué Mor Roig? ¿Por qué importa su muerte? Como afirmé antes, era en ese momento un ciudadano particular tratando de ganarse la vida. Sospecho que Montoneros lo eligió para ser asesinado por lo que su carrera pública simbolizaba. Tanto como presidente de la Cámara de Diputados durante la presidencia de Illia (1963-1966), o como ministro del Interior en el gobierno militar de Alejandro Lanusse (1971-1973), Mor Roig creyó firmemente en el uso del compromiso para construir consenso. Fue él quien persuadió a Lanusse para adoptar el GAN, un plan político que previó un acuerdo entre varias fuerzas políticas –incluidos los peronistas– para hacer una serie de reformas políticas y constitucionales que pavimentarían el camino para celebrar elecciones y el establecimiento de un régimen democrático estable. Para vencer la resistencia de los militares, el plan exigía la elección de un candidato presidencial consensuado por un período transicional de cuatro años en un programa de gobierno que el conjunto de partidos aprobara.

Desafortunadamente para el plan, Mor Roig y Lanusse habían subestimado el soporte permanente a Perón y la lealtad de los sectores políticos y obreros del movimiento peronista; y subestimaron, además –dada la edad y los problemas de salud del general– la determinación del líder en el exilio de desbaratar sus planes. El rechazó la propuesta de desanimar las acciones cada vez más violentas que estaban tomando los grupos guerrilleros que decían ser sus seguidores. Es más: más allá del decreto del gobierno militar que hacían inelegibles tanto a él como a Lanusse para presentarse a la candidatura presidencial, el regreso sorpresivo de Perón a la Argentina ayudó a organizar una coalición de partidos y eligió a un seguidor leal, Héctor Cámpora, para ser su reemplazo como candidato a presidente para el 11 de marzo de 1973.

En enero del ’73, dados los varios indicios del triunfo seguro del Frejuli, el presidente Lanusse convocó a su ministro del Interior en la residencia de  Chapadmalal. Allí revisó la situación con Mor Roig y le preguntó si le estaban haciendo “mal al país” en seguir adelante con las elecciones. La respuesta de Mor Roig fue: “Sí, pero le haríamos algo peor si las parásemos”.

En las semanas subsiguientes, Lanusse estaba bajo presión de sectores militares que le pedían posponer las elecciones, pero eligió hacerle caso a su ministro. Mor Roig es quien merece mucho del crédito –o la culpa– por el regreso de los peronistas al poder tras 18 años, no por acción revolucionaria sino a través de las urnas.

Las elecciones de 1973 no generaron ese régimen democrático estable al que Mor Roig aspiraba. Los años que siguieron vieron al país sumergirse en la violencia con la mayor pérdida de vidas por conflictos civiles desde el siglo XIX. Muchas de estas pérdidas vinieron tras el golpe militar de 1976  por la  represión inhumana que emplearon ante los “subversivos”.

Los Kirchner y los militantes por los derechos humanos tienen derecho a erigir monumentos que rinden homenaje a esas víctimas; pero la opinión pública también tiene derecho a saber que ellos no fueron las únicas víctimas de la violencia política. Una historia fehaciente de los 70 no puede ignorar la muerte de Arturo Mor Roig o de otras víctimas inocentes de la locura política que tomó posesión de las mentes de los jóvenes y los llevó a creer que tenían derecho a matar.

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