GUERRA PSICOLÓGICA. «Quieren que se pudra todo»
Artepolítica |
|
|
Posted: 15 Jan 2014 04:50 PM PST
La Bersuit Cuando salimos del bar se me vino a la cara la frase con la que Dilma Roussef cerró 2013: hay una «guerra psicológica» para generar desconfianza en la economía del país. Me acordé de que en un hotel que queda a una cuadra de Plaza de Mayo, en noviembre, escuché a una dirigente del PT decir: «los empresarios en Brasil están en una huelga de inversiones». Caí en la cuenta de que «guerra» es una palabra que la presidenta más poderosa de América Latina no dice porque sí en el mensaje de fin de año a sus compatriotas, por más que en 2014 compita por la reelección. Pensé que un empresario haciendo una «huelga de inversiones» es alguien que pone en juego su razón de ser, que coloca sobre la mesa un último recurso. Y luego vinieron las noticias desde Washington. El día de Reyes, el diario del establishment financiero The Wall Street Journal nos instruyó, con mapa y todo sobre la «historia económica de dos latinoaméricas«, la del Atlántico y la del Pacífico. (Porque, al final del día, hay dos latinoaméricas, no 14 o ninguna, como parece querer hacernos creer cierto ‘poskirchnerismo’). Sin demasiada sutileza se dice allí: «los economistas señalan que los países del Pacífico están mejor preparados para prosperar…». El 9, los bonos de la deuda argentina se vinieron a pique. El 11, Fareed Zakaria (CNN in partnership with Time) le dedicó un informe de 4 y medio de sus valiosos minutos a la Argentina para dar a entender que es una dictadura que arruina el país. Y el 12, la editorialista del WSJ que escribe como para un taller literario de la CIA, Mary Anastasia O’Grady, le dedicó otra nota más a la Argentina para hablar del «derrumbe» de su economía. Entonces acá estoy yo, un 14 de enero, con todo esto que se me viene encima después de charlar con un minorista del sector de la construcción del Gran Buenos Aires que se tomó la combi para venir hasta el centro. Juan trae uno de esos bolsos que se abren desde arriba y se cierran con una soga. Y lleva una pila de facturas y de papeles escritos en lápiz para contarme «lo que está pasando». Arrancó con el negocio antes de la crisis, sin saber nada del sector. Cansado de que no entrara más nadie a su kiosko más que para robarlo. Luego de comprar un galpón, primero se llevó a laburar con él a un pariente y a gente que quería abundaba para hacer changas por dos mangos en plena malaria. Después tuvo un empleado. Y después otro y otro más. Recién en el 2006 se pudo ir de vacaciones. Le molesta, le entristece que critiquen al Gobierno. Me habla de ese familiar que se la pasa despotricando pero que se está haciendo «una casa en un country». «La gente cree que cuando le va bien es por su propio esfuerzo y cuando le va mal es culpa del Gobierno». Como en un cuento me describe el proceso de concentración, extranjerización e integración vertical del sector. Había cuatro empresas. Ahora hay dos. Una era nacional pero ahora ambas son extranjeras. Una prometió empezar a producir acá, pero siguió importando. Las dos empezaron a moverse para cubrir toda la cadena. Desde la producción hasta la comercialización. Una compró a uno de los monstruos mayoristas con varias de sedes en el Gran Buenos Aires. «Siempre se cubren con los precios», me dice.
Me cuenta cómo estas compañías permitían pagar a plazos. Pero desde hace cinco años, primero hay que depositarles para luego hacerles el pedido. «Te entregan cuando quieren. Si te entregan después de que cambió el precio, lo que vos les depositaste no te lo respetan, te entregan menos o pagás más». Las múltiples bonificaciones de otrora se van reduciendo. Con lo cual es imposible para un neófito saber cuánto vale un producto mirando el precio de lista. Me muestra listados de precios que en esta década han aumentado 14, 17, 20, 24 veces. Me cuenta que a partir de este mes, la lista de precios se publica en dólares. Me muestra un producto que una de estas empresas -que antes era nacional, que antes no tenía el volumen que tiene ahora, que antes sólo producía y no comercializaba- le aumentó un producto 28 por ciento en siete meses. «Para mí quieren que reviente todo», me dice Juan, mientras en la mesa de al lado un viejo descree que aquel análisis de Cristina haya sido un «falso positivo» y recita completos sus hechos de los apóstoles. Juan me mira como si yo pudiera hacer algo. Y me dice «entendeme, yo no te cuento esto por mí, a mí me va bien». Insiste en pagar él, nos damos un abrazo y nos despedimos. Y se me viene a la cara la frase de Dilma. |

