“LA CORPO” CONTRA MILANI: Apoteosis de mala fe y servidumbre lacayuna al imperialismo usurpador de las Malvinas

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Según La Nación, Milani desgorilizó la cúpula de Ejército y tiene aliados en la Armada y la Fuerza Aérea

Cada vez me da más asco leer Clarín. Así que no lo hago todos los días, y muchas veces lo hago recién al día siguiente, cumpliendo un oscuro, ingrato deber ingrato. Es lo que me pasó esta mañana, cuando comencé a pispear el diario de ayer en los semáforos. En la tapa vi el anuncio, “Tucumán, 1976. Milani debía investigar sobre el conscripto desaparecido. Lo reveló ante la justicia el capitán que se lo ordenó siendo su jefe directo…” aclarando que se refere al “caso del soldado (Alberto Agapito) Ledo” pero protegiendo. sin mencionar a la fuente de la “información”, el capitán de marras, hoy coronel retirado y en prisión preventiva domiciliaria porque es, como jefe de la compañía de infantes en la que revistaba el soldado Ledo, el responsable directo de su desaparición. Y lo es no sólo porque el jefe de una compañía es el reponsable de todo lo que le ocurra a los soldados que tiene a su cargo, sino también porque los compañeros de colimba le dijeron a su madre que “no se encontraba en la base desde el día 17 de junio (de 1976), que salió con el capitán Sanguinetti y no regresó más”, lo que el diario de la corneta consigna bien lejos de los títulos, copete y destacados, difuminando el hecho central, crucial, de que Sanguinetti es el sospechoso “clavado” de haber asesinado a Ledo. Por mano propia o (lo más probable, y luego de torturarlo) ordenándole a un suboficial que lo ejecute.

Con todo, algo se ha avanzado. Porque al eclosionar el affaire Ledo-Milani, “la Corpo” e incluso algunos de sus aliados vergozantes, ni siquiera mencionaban a Sanguinetti. Como si nunca hubiera existido.

El título de la nota principal  del Clarín de ayer (páginas 6 y 7) reafirma una vez más (y van…) la mala fe de Clarín, sus socios, epígonos y corifeos: “Milani debió investigar en 1976 la desaparición de un conscripto. Su ex jefe (es decir Sanguinetti, al que no sólo no se escracha como debiera, sino que ni siquiera se lo nombra) declaró ante la justicia que le ordenó ‘investigar profundamente’ la ausencia de ese soldado. Sin embargo, el actual tiular del Ejército firmó un acta que habla de una falsa desercion”, dice, con pésima sintaxis, ya que Milani no rubricó un acta “que habla de una falsa deserción”, sino que certificó una deserción que iba a revelarse que nunca existió.

Ese es el pecado de Milani: haber confeccionado un acta de deserción falsa para encubrir lo que no podía dejar -como poco- de sospechar, que Ledo había sido muerto por sus jefes. Algo que fue una regla (tanto desaparecer colimbas como confeccionar sumarios internos truchos por su supuesta deserción) como demostró el capitán José Luis D’Andrea Mohr en su imprescindible El escuadrón perdido,  del mismo modo que lo fue para los jueces de entonces rechazar habeas corpus por los desaparecidos. Algo horrendo, si, pero que vuelve pueriles y ridículos los dichos de Sanguinetti acerca de que le ordenó a Milani “investigar profundamente” la desaparición de Ledo.

La nota firmada por el veterano corresponsal de Clarín en La Rioja, Julio Aiub Morales, consigna, sí, que cuando Sanguinetti se llevó a Ledo a una tercera ronda por los alrededores del campamento, en Monteros, Ledo no regresó, y  Milani se encontraba entonces en Famaillá. No es algo que beneficie especialmente a Milani (es de esperar que no diha que no pisó la Escuela de esa localidad que el general Adel Vilas primero y Antonio Domingo Bussi tenían como base, ni haber ignorado que alli funcionaba un centro clandestino de detención o “lugar de reunión de prisioneros) pero si deja claro que lo más probable es que no haya estado involucrado en la supresión física del infortunado Ledo.

Ergo: para ir contra Milani, primero hay que condenar a Sanguinetti. Que puesto en la picota y como muchos acusados de asesinato, procura descargar responsabilidades en su entorno. Pero Clarín quiere saltarse aquel paso ineludible, y arremeter contra Milani sin más trámites.*

¿Por qué? En un recuadro lo revela Daniel Santoro, uno de los periodistas más allegados a la Embajada de los Estados Unidos. Postula Santoro que “el ahora más poderoso servicio de inteligencia del Ejército que controla Milani” está enfrentado con la vieja guardia de la SIDE  (es decir, con el ingeniero Antonio Horacio “Jaime” Stiusso y demás socios subalternos de los servicios secretos de Israel y Estados Unidos) por el memorando de entendimiento con Irán y por qué no le advirtieron que Massa se presentaría a elecciones por fuera del justicialismo, y todo indica que trabajan para Massa  (es bueno recordar que el jefe de campaña de Massa es Juanjo Álvarez, quien entró a la SIDE a comiezos de la dictadura de la mano del general Albano Hardindeguy).

Santoro sostiene que en los últimos tiempos Milani estrechó relaciones con el influyente secretario legal y técnico de la Presidencia, Carlos Zaninni, y que “los datos de la presencia militar británica en Malvinas que denunció Cristina tiene (sic) el inconfundible sello de Milani”.

Este es el punto. Con mis compañeros de trabajo conjeturábamos, medio en serio, medio en broma, que la detallada y precisa información sobre la poderosa base militar de la OTAN existente en las islas que dio Cristina debía habérsela proporcionado el propio Putin, con quien la Presidenta, a despecho de las escuchas de la NSA, había hablado largamente por teléfono poco antes.

Que Santoro y otros portavoces de La Embajada le atribuyan el mérito a Milani no puede si no iluminar su figura. Porque resulta evidente que más allá de lo que haya o no hecho en Tucumán cuando era subteniente, Milani se ha transformado en la bestia negra del Pentágono, la OTAN, La Embajada, Clarín y las furibundas editoriales de La Nación, muchas de los cuales, dicen, son escritas desde la cárcel por James “Jimmy” Smart, ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y el primer civil condenado por delitos de lesa humanidad.

* Lo que me recuerda lo que sucedió con los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, de los que se quiere culpar a Irán sin establer ni quienes ni cómo pusieron las bombas.


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