Los 200 años de la Biblioteca Nacional por su director

La biblioteca bicentenaria

Por Horacio González/ MIradas al sur
Creada por decreto de la Primera Junta el 13 de septiembre de 1810, la Biblioteca Nacional sufrió las mismas complicaciones que la República. Traslados, fundaciones, gestiones dinámicas y administraciones oprobiosas. En los siguientes fragmentos, su actual director, Horacio González, repasa algunos momentos claves de esa historia de 200 años. 

 
Una nota en la revista Ahora del 22 de noviembre de 1955 propone con titulado enérgico: La Residencia Presidencial debe ser destruida. Se trataba de la antigua mansión Unzué, donde habitaban el presidente Perón y su esposa, donde ahora se levanta la Biblioteca Nacional. El palacete, construido a fines del siglo XIX, fue incorporado al Estado por el presidente Uriburu y destinado a residencia presidencial. Quedó unido a la memoria política argentina en el momento de ocuparlo Perón y Eva Perón. En 1955 había sido considerado objetivo militar. Algunas bombas cayeron en sus inmediaciones. Luego del derrocamiento de Perón, se organizó en sus dependencias la exposición de las pertenencias del matrimonio.

(…) Largas colas se formaron por la calle Austria. Las clases medias de la ciudad paseaban con estupor frente a collares de perlas, tapados de visón y coches de gran boato. Fue un acontecimiento del moralismo enceguecido, el modo en que se hacía política en Argentina.

(…) El castigo que debían recibir los objetos imantados por el gran ludibrio debía ser ejemplar. La referida nota de Ahora decía que la propia revista se lanzaba a encabezar la campaña por la demolición del edificio, debido a que había sido una “cueva de ladrones” por espacio de diez años.

(…) La idea de que los finales de un régimen social deben significar también el fin de sus símbolos se halla implantada en la imaginación política. No se considera que acaba un ancien régime si sus emblemas urbanos no son pisoteados. La Residencia Unzué fue bombardeada en el año 1955 por aviones que se dirigían a descargar sus bombas sobre Plaza de Mayo en ese mes de junio. Los explosivos cayeron sobre Pueyrredón y Las Heras, a una cuadra de la casona. La demolición, un tiempo después, no hacía más que prolongar y corregir los efectos de ese bombardeo. Decía la revista Ahora: “Ningún presidente constitucional y democrático debe mancharse utilizando esta mansión de lujo y de oprobio, porque ahí se respira aún el ambiente hediondo y contagioso que sentó las ruindades del ‘rey de las pochonetas’”.

(…) El que esto escribe, siendo niño, fue llevado por su abuelo, en el mes de octubre o noviembre de 1955, a fin de hacer la larga y serpenteante cola por la calle Austria para entrar a la Residencia. Allí contemplaríamos las joyas y vestidos de la esposa del presidente, entre el asombro de las matronas venidas de los barrios marginales de la ciudad a solazarse con el gobierno popular caído, que concebía las reivindicaciones sociales como un ars politica que también incluía un lado onírico de indumentarias de gala, algo principescas, pero inventadas por el sutil vestuarista Paco Jamandreu, que, como Eva Perón, provenía del cine argentino de la década del ’40, destinado precisamente a aquellas señoras indignadas que ahora hacían la interminable fila para entrar a la maldecida Residencia Presidencial (futura Biblioteca Nacional). La nueva Biblioteca Nacional, tal como la concebían los hombres que daban cumplimiento al vengativo diktat de la revista Ahora, surgía para lavar una infamia.

Construir. En 1960 se llamó a licitación para la construcción del nuevo edificio, largamente anunciado. Borges será el encargado de hacerlo público, pero no se mostrará satisfecho con las decisiones arquitectónicas que sobrevendrían: “Mucho me temo que han de elegir como modelo para la Biblioteca el edificio de la Fundación Guggenheim, el más feo de Nueva York, que no parece de Nueva York (…) Uno de los arquitectos del jurado para el concurso manifestó sorpresa cuando le dije que era horrible. ‘No –contestó el técnico–, es un edificio polémico’.

¿Por qué un edificio va a ser polémico?”.

Otra queja de Borges, de la misma fuente, proviene ya del año 1971, en el cual se coloca la piedra fundamental de la construcción que va a hacerse en Libertador y Agüero: “Paz Leston habla del nuevo edificio de la Biblioteca Nacional, cuya construcción se ha iniciado. Borges: ‘Parece que tardará tres años en levantarse. Para entonces, espero estar muerto. Es un edificio horrible: se lo llama funcional, y en lugar de subir tres escalones para entrar, hay que meterse en ascensores, que no funcionarán. El arquitecto no ha pensado en eso. Este edificio funcional pierde un piso entero, porque está apoyado en cuatro patas, por donde suben los ascensores, y la planta baja no existe. Creo que ese arquitecto contó con la ayuda de otro que tiene el nombre increíble de Florindo Testa’. ‘Clorindo Testa’, corrige Paz Leston, pero Borges no hace caso’”.

Demoró mucho el proyecto en concretarse, más de los tres años calculados por Borges. Habrían de pasar treinta hasta la inauguración. Su observación sobre los ascensores fue profética (bien lo sé). Pero el aspecto injuriante que tienen estas opiniones borgeanas son fruto de un examen prejuicioso sobre la realidad y posibilidades del edificio. Es cierto que Borges tenía decisivos motivos para preferir el edificio de la calle México, perteneciente al tejido histórico del barrio sur y que sostenía en su imaginería un sustrato mítico, frente a la audacia modernista que implicaba el proyecto ganador de la licitación, firmado por Clorindo Testa y Francisco Bullrich. Juzgado como ajeno a las tradiciones arquitecturales criollistas (sobre esto coincidieron Borges y Jauretche), sin embargo mantiene un telurismo exquisito y volúmenes aéreos inesperados que quiebran los espacios tradicionales de la zona, de clásico corte francés de comienzos del siglo XX.

(…) La lenta construcción de tres décadas de diversas vicisitudes permitió la inauguración en 1992. Durante el gobierno de Onganía no se avanza mucho y, contrariamente, el arquitecto Bullrich se quejaba en una revista profesional de que habían fracasado –por negativa del gobierno– unos créditos de la Fundación Ford para estudiar la adaptación del proyecto del edificio a las nuevas realidades informáticas. Se trataba de hacer una experiencia piloto con la Biblioteca Nacional de Argentina para aplicar las conclusiones obtenidas a la informatización de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Durante el gobierno de la Junta Militar de 1976, tampoco se avanzó mucho, y los problemas presupuestarios llevaron al recorte del proyecto original, que incluía parasoles que balanceaban la vida térmica del edificio.

(…) Ahora, al envejecer, conserva su fuerza extraña, tornándose un raro ejemplar arcaico modernista. Borges puso en 1971 su piedra fundamental como acto que implicaba una íntima resignación. En 2007, una historieta dibujada por Solano López y guionada por Juan Sasturain, titulada El atajo (o La batalla de la Biblioteca Nacional), posibilitó imaginar que el edificio ya estaba como ensoñación en la época en que ocurría la aventura de El Eternauta, del cual es una derivación o desvío. Verlo así hubiera permitido quizás otra valoración, incluso del propio Borges.

(Tomado de “Historia de la Biblioteca Nacional. Estado de una polémica”).

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