San Bartolomé, el desollado decontracté

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24 de agosto

Bartolomé 

Apóstol

Se llamaba Natanael y, si bien el fresco de la capilla Sixtina no le hace justicia por ser el autorretrato del artista, Bartolomé agradó a Jesús por su natural alegre y dicharachero.
 
Desde que San Juan contó sobre ese primer encuentro con el Maestro, no se sabe nada más de él, fuera de algunos rumores que lo hacen partir  hacia Armenia, Persia e India y traducir al hindú el Evangelio según Mateo.

Se dice que por destruir un ídolo fue desollado vivo, lo que lo hizo patrono de curtidores, carniceros, guanteros, sastres y encuadernadores. Tras el martirio, fue decapitado, lo que, curiosamente, no lo volvió patrono de los sombrereros ni de los fabricantes de peines y peinetas.

Al ver que los creyentes veneraban su cadáver, los paganos lo metieron en un ataúd de plomo que arrojaron al mar, pero el féretro no sólo no se hundió sino que navegó airosamente miles de kilómetros hasta la isla de Lípari, donde fue honrosamente sepultado.

Por razones que se desconocen, en el 831 piratas sarracenos que asolaban la isla abrieron el sepulcro y esparcieron sus huesos en el campo. Apenas se hubieron retirado, el fantasma de Bartolomé ordenó a un monje que los juntara. No le costó mucho, pues a diferencia de otras osamentas, los huesos del santo brillaban en la oscuridad de la noche, lo que tampoco lo ha hecho patrono de la radioactividad.

Útil para mitigar los efectos de las enfermedades nerviosas, se lo invoca contra las contracciones involuntarias.


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