«MI MENSAJE»: El testamento silenciado de Evita

En el frío invierno del año 2000, siendo director del diario El Ciudadano de Rosario, decidí publicar un suplemento de homenaje a Evita con el título de El Descamisado. El mismo consistió en una apretada síntesis de la segunda edición de Mi Mensaje (1994), el testamento político de Eva Perón, desaparecido durante 32 años y prácticamente desconocido por el público. Puse primero un extracto de mi prólogo a esa edición; luego el prólogo de Fermín Chávez a la primera edición, y por fin los fragmentos del dictado de Evita desde su lecho de muerte que me parecieron más significativos. Y lo acompañé con fotos muy poco conocidas de Evita. Como ésta, a mi juicio muy bonita, en la que aparece con la camiseta de Boca. Que los bosteros no se agranden demasiado: también hay una foto de Eva con la camiseta del club de mis amores, San Lorenzo. JS


 
Eva Perón, ÚLTIMAS PALABRAS
Su testamento político silenciado
Eva Perón comenzó a dictar un libro en su lecho de muerte. Ese texto, que llamó sin afectaciones Mi Mensaje estuvo desaparecido durante 32 años hasta que fue subastado en 1987 por una firma dedicada al remate de antigüedades. Desde entonces, aunque fue publicado en pequeñas ediciones sin fines comerciales (Ediciones del Mundo, Futuro, 1994) y en el extranjero por Grijalbo, permanece casi absolutamente desconocido para su destinatario natural: el pueblo argentino.
Muy crítico de las cúpulas de la Iglesia, el Ejército; de los dirigentes sindicales traidores y de los caudillejos provinciales, estas 79 páginas apasionadas explican por sí mismas por qué veinte años después de la muerte de Evita, centenares de miles de jóvenes la convirtieron en bandera de lucha.
Ofrecemos en este suplemento de homenaje a “la abandera de los humildes” fragmentos del texto junto a notas introductorios del director de El Ciudadano y del historiador Fermín Chávez, quién convocado por la firma que remató el texto, certificó su autenticidad. Como bien dice el prestigioso historiador en el prólogo a la primera edición de Mi Mensaje: aquí está, en estas páginas escritas bajo la fiebre que la consumía, se encuentra entera el alma grande de Eva Perón.



El evangelio según Evita
Juan Salinas

Eva Perón dictó Mi mensaje, su descarnado testamento político, a varios de sus más estrechos colaboradores, desde el lecho en el que agonizaba. Todo lo que dijo mientras su cuerpo se consumía no puede chocarle a quienes saben que ya antes había proclamado que el peronismo sería revolucionario o no sería, y que la Patria dejaría de ser colonia o la bandera flamearía sobre sus ruinas. 

El contenido de Mi mensaje es absolutamente coherente con estas apreciaciones.

Evita era una cristiana militante que sostenía que no siempre hay que poner la otra mejilla porque Cristo no predicó la resignación, sino que echó a latigazos a los mercaderes del templo. Creía en el Cristo que confraternizó con Magdalena y pensaba pestes de los caudillejos provinciales que habían pasado sin escalas del partido conservador al peronista, de los dirigentes sindicales corruptos y de todos los que habían traicionado el mandato de construir una Argentina más libre, más justa y soberana. A todos ellos, repetía, era preciso identificarlos, marcarlos a fuego y destruirlos, pulverizar su poder.
En cuanto a la importancia de este texto, vale la pena citar a Tomás Eloy Martínez, autor de Santa Evita: “El lenguaje escrito de Eva aparece allí por primera vez sin ningún encubrimiento. Hasta el modo de ver a Perón es otro en este libro. Perón aparece como un cóndor que vuela en soledad, tal como sucedía en La razón de mi vida, pero esta vez Evita, ‘a pesar de mi pequeñez’, decide acompañarlo. ‘Yo tenía que volar con él’, escribe. Eva se sitúa por fin en un plano superior: ella es la que cuida de Perón y del pueblo, ella es la que desenmascara a los enemigos, y por primera vez reivindica su fanatismo (…) Hay una declaración incesante de rebeldía de sublevación contra la injusticia (…) En Mi Mensaje no hay lugar para la representación, para la confusión de papeles. Eva es ella misma, sin mediadores”.
Más vale tarde que nunca. Los trabajadores argentinos podrán comprobar a través de estos pocos fragmentos de Mi mensaje, casi medio siglo después de lo que Evita deseó, que el peronismo, tal como ella lo concebía, era “hacer lo que quiera el pueblo”.
Más aún: podrán comprobar que la doctrina original del peronismo, por extraño que hoy parezca, partía de diferenciar entre naciones explotadoras y explotadas, y de discernir que en ambas categorías hay explotadores y explotados. Aquella doctrina sostenía que los aliados naturales de Argentina eran las restantes naciones explotadas y que el enemigo del pueblo, es decir de la Patria, es el imperialismo capitalista.
Pero también que Evita proclamaba que aun más abominables que los imperialismos eran, son, los oligarcas. Y que todavía peores eran, son, los dirigentes obreros que han traicionado a los suyos, a la única clase que el peronismo podía reconocer: la de quienes trabajan.
El pensamiento subversivo de Evita postula que la materia y esencia misma de la oligarquía es el egoísmo y que es imprescindible combatirlo allí donde aparezca.
Desprecia a los farfulladores del sempiterno “no se puede” y sostiene que siempre, siempre es posible luchar: de frente o por la espalda, a la luz del día o a las sombras de la noche, llorando o cantando, según las circunstancias.
En fin que éste, su testamento, proclama que es imprescindible destruir a la oligarquía. De manera de obligar a los zánganos a trabajar en favor del bien común hasta que haya una sola clase de hombres, los que trabajan, y todos podamos así “ser más buenos y más hermanos”. Una posición indigerible para muchos que utilizan la iconografía peronista para la consecución de sus fines particulares.
En este sentido, es una enorme paradoja que tantos autodenominados justicialistas gasten miles de afiches para legitimarse a través de los rostros de Evita y de Perón y no hayan podido gastarse unos pesitos para que su voz, contenida en Mi Testimonio haya podido escucharse.
Estos textos, amigo lector/a, son obra de quien una vez muerta fuera secuestrada y desaparecida durante 27 años. Son parte del texto que fue dado por desaparecido durante más de tres décadas y que luego ha permanecido ninguneado hasta el punto de que la inmensa mayoría de los argentinos desconoce su mera existencia.
El cuerpo de Evita fue secuestrado por los militares que habían bombardeado en Plaza de Mayo a sus descamisados, ya huérfanos de ella, en junio de 1955. Los mismos a los que ella fustigó sin piedad en Mi Mensaje, padres y hermanos mayores de quienes perpetrarían una matanza inédita con decenas de miles de sus mejores discípulos y discípulas.
El texto, en cambio, no cayó, tal como se creía, en manos de la reacción gorila. Pero una vez recuperado, fue silenciado por el justicialismo oficial, en insólita sintonía con aquella. Puede afirmarse entonces que es un pensamiento al que se quiso borrar de la faz de la tierra.
Pero “los muertos que vos mataís, gozan de buena salud” y éste es el caso de este postrero mensaje de Evita que usted, amigo lector, amiga lectora, tiene al fin, aunque sea fragmentariamente, en sus manos: una apuesta a favor de la memoria, a favor de la dignidad del pueblo argentino.
 
El alma de una muchacha campesina
Fermín Chávez

Fue de una manera providencial que una copia facsimilar de un documento tan extraordinario como éste llegó a mis manos. El escribano mayor de aquél y de tantos gobiernos, Jorge Garrido, quién también fuera ministro de Defensa del gobierno de Isabel Perñon, al hacer en 1955 el inventario de las pertenenencias del derrocado Juan Perón no incluyó 79 hojas inicialadas por Eva Perón, que se llevó a su casa, convencido de que la “revolución libertadora” las habría destruído. Al morir Garrido, su familia decidió vender el documento, y la prestigiosa casa de remates que la subastó, me consultó, en 1987, como perito.

Aun con sus tachaduras y correcciones, algunas de las cuáles parecen efectuadas por el propio Perón, el texto del mensaje póstumo de Evita tiene un valor extraordinario, entre otras cosas porque los historiadores lo dábamos por irremisiblemente perdido, destruído o extraviado durante las circunstancias que envolvieron el golpe militar gorila de septiembre de 1955.
La primera noticia de su existencia data del 29 de julio de 1952, tres días después de la muerte de “la abanderada de los humildes”, cuando los diarios porteños se refirieron a los “postreros coloquios” de Evita de manera coincidente. Uno de ellos decía que “desde los tiempos de su operación (Evita) trabajaba a veces en un nuevo libro, que pensaba titular Mi Mensaje y cuyos primeros capítulos solía leer a las personas que la visitaban”.
El 17 de octubre de aquel mismo año, Perón dio a conocer el documento “Mi voluntad suprema”. Poco después, el primero de noviembre, la revista Mundo Peronista (órgano oficial de la Escuela Superior Peronista) consignaba que el documento era uno de los capítulos de aquel libro: “En los últimos tiempos de su vida, Eva Perón solía escribir algunas reflexiones sobre los problemas de su tiempo. Ella misma leyó a numerosas personas algunos capítulos de su libro, que llamaba Mi Mensaje. Y mientras los leía, venciendo muchas veces las fatigas de su extrema debilidad, los comentaba con ejemplos y recuerdos. Acaso dominada por el presentimiento de su muerte, escribió el capítulo que, con toda propiedad, tituló Mi voluntad suprema”.
Añadía Mundo Peronista: “Escritas con el temblor de su debilidad extrema, las páginas de Mi voluntad suprema despiertan en los ojos de los peronistas el calor de las lágrimas. Ella, Evita, las escribió menos de un mes antes de morir: el 24 de junio”. Desde ya que la fecha es errónea (seguramente un error tipográfico) porque Mi voluntad suprema está fechada el 29 de junio, pero este detalle carece de importancia. Lo del temblor, si es pertinente.
 
Un ataque feroz
A fines de 1979, una joven investigadora de la Universidad de San Diego, California, Julie M. Taylor, publicño un trabajo, Eva Perón. The Myths of a Woman en el que soste´nía: “Aun confinada en su lecho, Eva trataba de estar activa escribiendo un libro, Mi Mensaje, nunca completado”. Dos años después, quizá la mayor especialista en la vida de Eva Perón, Marysa Navarro, expresaba en su Evita: “Cuando el testamento fue dado a publicidad, la Subsecretaría de Informaciones anunció que era un anticipo de Mi último mensaje, un libro que Evita escribía a mediados de 1952. Inexplicablemente, el libro nunca fue publicado y el manuescrito desapareció”. Al pie de página, Navarro agregaba: “El manuescrito no fue publicado porque era un ataque violento a los militares, así, por lo menos, lo han asegurado algunos colaboradores de Evita”.
En una nueva obra que la misma investigadora publicó al año siguiente en coautoría con Nicholas Fraser, se formula el siguiente juicio: “Cuando estaba consciente, en sus últimas semanas, inició la redacción de otro libro, Mi Mensaje, que no llegó a publicarse. Se trataba casi con toda seguridad, al igual que sus últimos discursos, de una disertación sobre la grandeza de Perón y de un feroz ataque contra sus enemigos, especialmente el ejército que, según Evita, había pasado a ocupar el lugar de la oligarquía y representaba la mayor amenaza contra Perón”.
Por fin, en mayo y junio de aquel año, Antonio Cafiero mantuvo conversaciones con Evita en la residencia de Agüero y Libertador (el solar en el que hoy se encuentra la Biblioteca Nacional. N. del E.). El actual senador las recuerda así: “Me trató con una gran deferencia personal. En nuestras largas entrevistas me leyó parte de un libro que estaba escribiendo y que nunca se publicó (…) Ella tenía dos obsesiones en ese momento: una era la actitud de la Iglesia, de las jerarquías eclesiásticas, ya que consideraba que ahí se estaba incubando algo contra Perón. Y también hacia los militares, sobre todo después del fallido golpe de septiembre de 1951. Me parece que ella todo esto lo volcó en un libro, o en un proyecto de libro que nunca pudo terminar”.
Claro que sí: en Mi Mensaje Eva Perón se ocupa expresamente de las jerarquías militares y eclesiásticas. Los recuerdos de Jorge Antonio coinciden, por lo demás, con lo que el texto revela.
 
Un conductor revolucionario
La simple lectura de Mi Mensaje da una idea de las razones que motivaron a Perón a embargarlo hasta mejor oportunidad en 1952, cuando aun no había pasado un año del intento golpista del general Luciano Benjamín Menéndez. Evita se confesaba ante sus descamisados, ante quienes reafirmaba su relación con el Perón conductor. Con un conductor no conservador, sino revolucionario.
El lenguaje de Evita es en Mi mensaje el mismo de su discurso del Cabildo Abierto del 22 de agosto de 1951, cuando declinó su candidatura a la vicepresidencia bajo la presión de los militares, y de los discursos que pronunció luego de la crisis de septiembre de aquel año, cuando alertaba sobre las conspiraciones que tejía la oligarquía “desde sus guaridas asquerosas”. Hay coincidencias casi literales entre Mi Mensaje y algunos mensajes pronunciados por Eva durante aquel año agónico de 1952. Por ejemplo cuando el 28 de mayo se dirigió a los gobernadores y legisladores diciéndoles: “Les pido que sean fanáticos peronistas. Únicamente los movimientos de fanáticos del bien perduran. Tenemos que olvidarnos un poco de los que nos hablan de prudencia y ser fanáticos. Los que proclaman la dulzura y el amor se olvidan de que Cristo dijo: he venido a traer fuego a la tierra porque quiero que arda más”.

No importa si las citas bíblicas de Eva no son exactas. Mi Mensaje fue dictado entre marzo y junio de 1952, cuando llegó a pesar apenas 38 kilos.

 
Evita entera
Sin embargo, Eva Perón, a la que tuve la fortuna de conocer en sus días de plenitud, está entera aquí. Está entero el proyecto de vida que supo elegir luego de conocer a su coronel. Alma grande, magnánima, de una muchacha campesina empujada por la crisis del 30 a la ciudad, meca posible para una solución y un destino apetecido. Migrante desde la llanura empobrecida que había visto desaparecer hasta los centavos: los reales, los medios para la harina y la sal.
Está aquí la mujer fuerte que un día resolvió que “no estaba enferma” para poder dedicarse sin horario a la causa del pueblo, de los pueblos, en el lapso de vida que le estaba destinado. Y que cumplió con los suyos como ninguna otra mujer lo había hecho en Argentina.
Por eso, repito, resulta providencial la aparición de este mensaje, cuyo espíritu vivifica en medio de las no-creencias, de la frivolidad y de una Razón que sigue engendrando monstruos, y monstruitos.
Mi Mensaje
(fragmentos, todos los subtítulos pertenecen al texto original)
 
Ya no quie­ro explicarles nada de mi vida ni de mis obras. No quiero recibir ya ningún elogio. Me tienen sin cui­dado los odios y las alabanzas de los hombres que pertenecen a la raza de los explotadores (…) Quiero decirles la verdad que nunca fue dicha por nadie, porque nadie fue capaz de seguir la far­sa como yo, para saber toda la verdad (…) Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder y pude ver sus miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas.
Ahora conozco todas las verdades y todas las mentiras del mundo. Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. Y tengo que decirlas a todos los pueblos engañados de la humanidad. A los trabajadores, a las mujeres, a los humildes descamisados de mi Patria y a todos los descamisa­dos de la tierra ¡a la infinita raza de los pueblos! como un mensaje de mi corazón.
 
Los enemigos del pueblo
Los enemigos del pueblo fueron y siguen siendo los enemigos de Perón. Yo los he visto llegar hasta él con todas las for­mas de la maldad y de la mentira. Quiero denun­ciarlos definitivamente. Porque serán enemigos eternos de Perón y del pueblo aquí y en cualquier parte del mundo donde se levante la bandera de la justicia y la libertad.
Nosotros los hemos vencido, pero ellos pertene­cen a una raza que nunca morirá definitivamente. Todos llevamos en la sangre la semilla del egoís­mo que nos puede hacer enemigos del pueblo y de su causa. Es necesario aplastarla donde quiera que brote si queremos que alguna vez el mundo alcan­ce el mediodía brillante de los pueblos, si no que­remos que vuelva a caer la noche sobre su victoria.
 
Los fanáticos
Solamente los fanáticos ‑que son idealistas y son sectarios‑ no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran. (…)
El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuer­za de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo to­do lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen cora­zón. Nosotros sí.
Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón. No pueden ser fa­náticos porque las sombras no pueden mirarse en el espejo del sol.
Frente a frente, ellos y nosotros, ellos con todas las fuerzas del mundo y nosotros con nuestro fana­tismo, siempre venceremos nosotros.
Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo. Quemarnos para poder quemar, sin escuchar la si­rena de los mediocres y de los imbéciles que nos hablan de prudencia.
Ellos, que hablan de la dulzura y del amor, se ol­vidan que Cristo dijo: «¡Fuego he venido a traer so­bre la tierra y que más quiero sino que arda!”
 
Ni fieles ni rebeldes
“…no me duele tanto el odio de los enemigos de Perón como la frialdad y la indiferencia de los que debieron ser amigos de su causa ma­ravillosa. Comprendo más y casi diría que perdono más el odio de la oligarquía que la frialdad de algún hijo bastardo del pueblo que no siente ni comprende a Perón. Si alguna cosa tengo que reprocharle a las altas jerarquías militares y clericales es precisamente su frialdad y su indiferencia frente al drama de mi pueblo. Sí, no exagero: lo que sucede en nuestro pueblo es drama, auténtico y extraordinario drama por la posesión de la vida, de la felicidad, del sim­ple y sencillo bienestar que mi pueblo venía soñan­do desde el principio de su historia. (…) Los tibios, los indiferentes, las reservas mentales, los peronistas a medias, me dan asco. Me repugnan porque no tienen olor ni sabor. Frente al avance permanente e inexorable de¡ día maravilloso de los pueblos también los hombres se dividen en los tres campos eternos del odio, de la indiferencia y del amor. Hay fanáticos del pueblo. Hay enemigos del pueblo. Y hay indiferentes.
Estos pertenecen a la clase de hombre que Dan­te señaló ya en las puertas del infierno. Nunca se juegan por nada. Son como “los ángeles que no fueron ni fieles ni rebeldes».
 
Los imperialismos
Existen en el mundo naciones explotadoras y na­ciones explotadas. Yo no diría nada si se tratase so­lamente de naciones, pero es que detrás de cada nación que someten los imperialismos hay un pue­blo de esclavos, de hombres y mujeres explotados. Y aún las mismas naciones imperialistas esconden siempre detrás de sus grandezas y de sus oropeles la realidad amarga y dura de un pueblo sometido.
Los imperialismos han sido y son la causa de las más grandes desgracias de una humanidad que se encarna en los pueblos. Esta es la hora de los pue­blos, que es como decir la hora de la humanidad. Todos los enemigos de la humanidad tienen las horas contadas. ¡También los imperialismos!
(…) A Perón y a nuestro pueblo les ha tocado la desgracia del imperialismo capitalista. Yo lo he visto de cerca en sus miserias y en sus crímenes. Se dice defensor de la justicia mientras extiende las garras de su rapiña sobre los bienes de todos los pueblos sometidos a su omnipotencia. Se proclama defensor de la liber­tad mientras va encadenando a todos los pueblos que de buena o de mala fe tienen que aceptar sus inapelables exigencias.
 
Los que se entregan
Pero más abominable aun que los imperialistas son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos. Yo los he conocido también de cerca. Frente a los imperialismos no sentí otra cosa que la indigna­ción del odio, pero frente a los entregadores de sus pueblos, a ella sumé la infinita indignación de mi desprecio.
Muchas veces los he oído disculparse ante mí agresividad irónica y mordaz. «No podemos hacer nada», decían. Los he oído muchas veces; en todos los tonos de la mentira. ¡Mentira! ¡Sí! ¡Mil veces mentira…!
Hay una sola cosa invencible en la tierra: la vo­luntad de los pueblos. No hay ningún pueblo de la tierra que no pueda ser justo, libre y soberano.
«No podemos hacer nada» es lo que dicen todos los gobiernos cobardes de las naciones sometidas. No lo dicen por convencimiento sino por conve­niencias.
 
El odio y el amor
Declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la «ignominiosa raza de los pueblos». De mí no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, ma­reada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tie­rra, por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian.
Nadie niega en mi Patria que, para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. Por eso, porque sigo pensando y sintiendo como pueblo, no he podido vencer todavía nuestro “resentimiento» con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo! Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pe­ro sincera como la luz que no sabe cuando alumbra y cuando quema. Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la deso­lación en su camino. No entiendo los términos me­dios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor.
Nunca sé cuando odio ni cuando estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra ‑y frente a to­das las oligarquías del mundo‑ no he podido en­contrar el equilibrio que me reconcilie con las fuer­zas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores.
 
Los altos círculos
Yo sé que la religión es el alma de los pueblos y que a los pueblos les gusta ver en sus ejércitos la fuerza pujante de sus muchachos como garantía de su libertad y expresión de la grandeza de su Pa­tria. Pero sé también que a los pueblos les repugna la prepotencia militar que se atribuye el monopolio de la Patria, y que no se concilian la humildad y la pobreza de Cristo con la fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos que se atribuyen el mono­polio absoluto de la religión.
La Patria es del pueblo, lo mismo que la Reli­gión. (…)
 
La grandeza o la felicidad
Los ejércitos deben ser del pueblo y servirlo. De­ben servir a la causa de la justicia y de la libertad. Es necesario convencerlos de que la Patria no es una geografía de fronteras más o menos dilatadas, sino que es el pueblo. La Patria sufre o es feliz en el pueblo que la for­ma. En la hora de nuestra raza, en la hora de los pueblos, la Patria alcanzará su más alta verdad.
Es necesario que los ejércitos del mundo defien­dan a sus pueblos sirviendo la causa de la justicia y de la libertad. Solamente así se salvarán los pue­blos de caer en el odio contra «eso» que antes se llamaba Patria, y que era una mentira más ¡una be­lla mentira que inventó la oligarquía cuando em­pezó a vender la dignidad del pueblo, es decir la dignidad augusta y maravillosa de la Patria!
La patria no es pa­trimonio de ninguna fuerza. La patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que co­rran peligro la libertad y la justicia.
 
Vivir con el pueblo
Es lindo vivir con el pue­blo. Sentirlo de cerca, sufrir con sus dolores y gozar con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si previamente no se ha decidido definitivamente encarnarse en el pueblo, hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra.
Eso es lo que yo hice, poco a poco en mi vida. Por eso el pueblo me alegra y me duele. Me alegra cuando lo veo feliz y cuando yo puedo añadir un poco de mi vida a su felicidad. Me duele cuando sufre. Cuando los hombres del pueblo o quienes tienen obligación de servirlo en vez de buscar la fe­licidad del pueblo lo traicionan.
También tengo para ellos una palabra dura y amarga en este mensaje de mis verdades. Yo los he visto marearse por las alturas. Dirigen­tes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por unas mo­nedas. Los denuncio como traidores entre la in­mensa masa de trabajadores de mi pueblo y de to­dos los pueblos. Hay que cuidarse de ellos: son los peores enemi­gos del pueblo porque han renegado de nuestra raza.
 
La religión
El clero de los nuevos tiempos, si quiere salvar al mundo de la destrucción espiritual, tiene que con­vertirse al cristianismo. Empieza por descender al pueblo. Como Cristo, vivir con el pueblo, sufrir con el pueblo, sentir con el pueblo.
Porque no viven ni sufren ni sienten ni piensan con el pueblo, estos años de Perón están pesando sobre sus corazones sin despertar una sola reso­nancia. Tienen el corazón cerrado y frío. ¡Ah! ¡Si supieran qué lindo es el pueblo, se lanzarían a con­quistarlo para Cristo que hoy, como hace dos mil años, tiene misericordia de las turbas!
(…) Cristo les pidió que evangelizasen a los pobres y ellos no debieron jamás abandonar al pueblo donde está la inmensa masa oprimida de los pobres. (…) Yo no creo, como Lenín, que la religión sea el opio de los pueblos. La religiòn debe ser, en cambio, la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad. Si no hubiese Dios (…) el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad. Pero Dios existe y por Él somos dignos, y por Él somos todos iguales, y ante Él nadie tiene privilegios sobre nadie. ¡Todos somos iguales! (…) Yo me rebelo frente a  las “religiones” que hacen agachar la frente de los hombres y el alma de los pueblos. Eso no puede ser religión. La religión debe levantar la cabeza de los hombres. Yo admiro a la religión que puede hacerle decir a un humilde descamisado frente a un emperador: «¡Yo soy lo mismo que Usted, hijo de Dios!”. La religión volverá a tener su prestigio entre los pueblos si sus predicadores la enseñan así: como fuerza de rebeldía y de igualdad, no como instru­mento de opresión.
(…) Mi mensaje está destinado a despertar el alma de los pueblos de su modorra frente a las infinitas formas de la opresión, y una de esas formas es la que utiliza el profundo senti­do religioso de los pueblos como instrumento de esclavitud.
 
Los ambiciosos
Enemigos del pueblo son tam­bién los ambiciosos. Muchas veces los he visto llegar hasta Perón, primero como amigos mansos y lea­les, y yo misma me engañé con ellos, que proclama­ban una lealtad que después tuve que desmentir. Los ambiciosos son fríos como culebras pero sa­ben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus in­tereses personales. Yo los he perseguido en el mo­vimiento peronista y los seguiré persiguiendo im­placablemente en defensa del pueblo.
Son los caudillos. Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos. No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal. La doctrina y el ideal son ellos. La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos.
(…) Los pueblos deben cuidar a los hombres que eli­ge para regir sus destinos. Y deben rechazarlos y destruirlos cuando los vean sedientos de riqueza, de poder o de honores. La sed de riquezas es fácil de ver. Es lo primero que aparece a la vista de todos.
Sobre todo a los dirigentes sindicales hay que cuidarlos mucho. Se marean también ellos y no hay que olvidar que cuando un político se deja dominar por la am­bición es nada más que un ambicioso; pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor.
El poder y los honores seducen también intensa­mente a los hombres y los hacen ambiciosos. Em­piezan a trabajar para ellos y se olvidan del pue­blo.Esta es la única manera de identificarlos. El pue­blo tiene que conocerlos y destruirlos. Solamente así, los pueblos serán libres. Porque todo ambicioso es un prepotente capaz de conver­tirse en un tirano. ¡Hay que cuidarse de ellos como del diablo!
No quisiera morirme, por Perón y por mis des­camisados. No por mí, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Perón y los pobres me necesitan.
(…) Yo tenía todas las posibilidades de tomar, cuan­do me casé con Perón, el camino equivocado que conduce al mareo de las altas cumbres. En cambio Dios me llevó por los caminos de mi pueblo y por haberio seguido he llegado a recibir como nadie el cariño de los hombres, de las muje­res, de los niños y de los ancianos.
 
El gran delito
El Coronel, ya Presidente, siguió fiel a sus desca­misados. Ya no podía ser que fuese demagogo, co­mo decían. Era cierto entonces aquello de que Pe­rón, un jefe militar, concedía importancia funda­mental a los trabajadores de su pueblo. Y a medi­da que los trabajadores se organizaban constitu­yendo la más poderosa fuerza del país, la oligar­quía infiltrada también en las fuerzas armadas pre­paraba la reacción.
Yo he presenciado la dura batalla de Perón con el privilegio de la fuerza, tan dura como las luchas contra el privilegio del dinero o de la sangre. Yo sé lo que ha sufrido, aunque he tenido el raro y ma­ravilloso privilegio de ser algo así como el escudo donde se estrellaron siempre los ataques de sus enemigos.
Ellos, cobardes como todos los traidores, nunca lo atacaron de frente, lo atacaron por mí… ¡Yo fuí el gran pretexto! Cumplí mi tarea gozosa y feliz, parando los golpes que iban dirigidos a Perón. Sin embargo los que no me querían a mí, siempre ter­minaron por alejarse de Perón. De alguna manera se fueron… ¡Y muchos lo traicionaron! La verdad, la auténtica y pura verdad, es que ha gran mayoría de los que no quisieron a Perón por mí, tampoco lo quieren sin mí.(…)
Aquel día, el 28 de setiembre (cuando un golpe militar intentó derrocar a Perón. N. del E.)  yo me alegré pro­fundamente de haber renunciado a la vicepresi­dencia de la República el 22 y el 31 de agosto. Si no, yo hubiese sido otra vez el gran pretexto. En cambio, la revolución vino a probar que la reacción militar era contra Perón, contra el infame delito cometido por Perón al «entregarse» a la voluntad del pueblo, luchando y trabajando por la felicidad de los humildes y en contra de la prepotencia y de la confabulación de todos los privilegios con todas las fuerzas de la antipatria. ¡Este es el gran delito de Perón!
 
Mi voluntad suprema
El dinero de La Razón de mi Vida y de Mi Men­saje, lo mismo que la venta o el producido de mis pro­piedades, deberá ser destinado a mis descamisados.
Quisiera que se constituya con todos esos bienes un fondo permanente de ayuda social para los ca­sos de desgracias colectivas que afecten a los po­bres y quisiera que ellos lo aceptasen como una prueba más de mi cariño.
Deseo que en estos casos, por ejemplo, se entre­gue a cada familia un subsidio equivalente a los sueldos y salarios de un año, por lo menos.
También deseo que, con ese fondo permanente de Evita, se instituyan becas para que estudien los hijos de los trabajadores y sean así los defensores de la doctrina de Perón, por cuya causa gustosa daría mi vida. (…)
Que así como el oro respalda la moneda de al­gunos países, mis joyas sean el respaldo de un cré­dito permanente que abrirán los bancos del país en beneficio del pueblo, a fin de que se construyan vi­viendas para los trabajadores de mi Patria (…).
Por fin, quiero que todos sepan que si he come­tido errores los he cometido por amor y espero que Dios, que ha visto siempre mi corazón, me juzgue no por mis errores ni mis defectos, ni mis culpas, que fueron muchas, sino por el amor que consume mi vida.
Mis últimas palabras son las mismas del princi­pio: quiero vivir eternamente con Perón y con mi Pueblo. Dios me perdonará que yo prefiera quedarme con ellos, porque él también está con los humildes y yo siempre he visto en cada descamisado un poco de Dios que me pedía un poco de amor que nunca le negué.
 
Una sola clase
Yo no hago cuestión de clases. Yo no auspicio la lucha de clases, pero el dilema nuestro es muy cla­ro: la oligarquía que nos explotó miles de años en el mundo tratará siempre de vencernos. Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darle jamás: nuestra libertad.
Para que no haya luchas de clases, yo no creo, como los comunistas, que sea necesario matar a to­dos los oligarcas del mundo. No, porque sería cosa de no acabar jamás, ya que una vez desaparecidos los de ahora tendríamos que empezar con nuestros hombres convertidos en oligarcas, en virtud de la ambición, de los honores, del dinero del poder. El camino es convertir a todos los oligarcas del mundo: hacerlos pueblo, de nuestra clase y de nuestra raza. ¿Cómo? Haciéndolos trabajar para que integren la única clase que reconoce Perón: la de los hom­bres que trabajan.
El trabajo es la gran tarea de los hombres, pero es la gran virtud. Cuando todos sean trabajadores, cuando todos vivan del propio trabajo y no del trabajo ajeno, se­remos todos más buenos, más hermanos, y la oli­garquía será un recuerdo amargo y doloroso para la humanidad.

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