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Lanata, candidato al martirologio

Construir actualidad con chatarra mediática 

El lumpen financiero Leo Fariña o Miriam Quiroga, actores claves de la coyuntura nacional. 

Por Ricardo Ragendorfer / Tiempo Argentino

Aún hoy es notable el carácter visionario de la película Network, dirigida por Sidney Lumet en 1976. Su protagonista, Howard Beale –interpretado por Peter Finch–, es un presentador de noticias en una cadena televisiva norteamericana que, ante su inminente despido por la baja audiencia del programa, vocifera un indignado manifiesto en contra de la crisis política y la inseguridad del país, e incita al ciudadano medio a gritar a través de sus ventanas: «¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!» En ese preciso instante, millones de televidentes le obedecen. El rating trepa hasta las nubes. Y Beale se convierte en un fenómeno extremo de la comunicación masiva. Tan extremo que, para evitar otro posible ocaso de su figura, la producción organiza su asesinato ante las cámaras.

Da la impresión de que Jorge Lanata recorre ese mismo camino.

De hecho, el «Gordo» –tal como alguna vez lo llamaban sus colegas– fue el factótum de un gran momento de la televisión argentina. «Si me sacan, hagan algo. No se los pido por mí. Les estoy pidiendo que hagan algo por ustedes», susurró, con la pantalla clavada en un primer plano de su cara. Conmovedor. De ese modo culminaría la emisión de su programa correspondiente al 12 de mayo. El tema: la supuesta intervención del Grupo Clarín, un rumor ideado y difundido por la plana mayor de su plantel periodístico. Un rumor con final feliz: «Ante las repercusiones negativas, el gobierno se echó atrás», diría el propio Lanata siete días más tarde, cuando, en realidad, semejante medida y su posterior suspensión nunca fueron ni consideradas por el Poder Ejecutivo.

De idéntica manera, resultó magistral la entronización de personajes como el lumpen financiero Leo Fariña o la secretaria Miriam Quiroga en actores claves de la coyuntura nacional. Actores sólo comparables a los testigos de identidad reservada que suele utilizar la policía en el armado de causas contra personas inocentes. Tanto es así que bien podría suponerse la presencia del mismísimo abogado Fernando Burlando entre los asesores de contenidos del programa Periodismo Para Todos. Un programa cuyas denuncias obtienen más réplicas en los ciclos faranduleros que en los tribunales, como paso ineludible de su instalación en la agenda política. En resumidas cuentas, así como el caso del jarrón de Guillermo Coppola trasladó a sus protagonistas del ámbito judicial al elenco estable de Mauro Viale, el gran mérito de Lanata consiste en el tránsito inverso: arrojar criaturas de factura televisiva hacia las primeras planas de la actualidad.

¿Acaso para ello se inspiró en Orson Wells?

En la noche del 30 de octubre de 1938, el genial realizador emitió por la CBS una adaptación radial de la novela La Guerra de los mundos, de H.G. Wells, la cual gira en torno a una invasión marciana en la Tierra. Lo cierto es que, con estructura narrativa de noticiero, el efecto era muy realista: fueron incontables los llamados telefónicos que recibieron las autoridades policiales de Nueva York y Nueva Jersey, donde presuntamente sucedían los hechos, mientras el pánico llevaba a muchos a tomar medidas desesperadas, como fugarse de sus casas con lo puesto para correr a terrenos abiertos y así evitar los gases letales de los extraterrestres, o esconderse en sótanos; algunos, incluso, optaron por el suicidio.

Claro que, si bien lo de Lanata está cifrado en una matriz similar de irrealidad, sus efectos de psicosis no son colectivos, ya que únicamente repercuten sobre almas vulnerables como las de Karina Jelinek e Ileana Calabró.

Lanata mismo parece un personaje de fantasía.

Si ello fuese así, sería para él de temer –más allá del final de Network– que sus creadores conozcan la trágica historia de Horst Wessel.

Se trataba de un joven desocupado de Berlín, que alternaba la explotación de mujeres con su militancia en las SA –las tropas de asalto del partido nazi–, en los tormentosos días de la República de Weimar. Lo cierto es que su asesinato en 1933, durante una riña con otros dos proxenetas, no fue un obstáculo para que Joseph Goebbels, el habilidoso propagandista del Führer, lo transformara en un ícono hitleriano. En esa metamorfosis contribuyó que Wessel tardara un mes en morir, tras haberse negado a recibir un tratamiento inmediato porque el médico era judío. De modo que, mientras agonizaba, el doctor Goebbels trazó con meticulosidad la puesta en escena que lo llevaría al panteón de los santos nacionalsocialistas, y sin escatimar ningún recurso; entre ellos, la versión de que el tipo había sido asesinado por comunistas. Y ornamentó su figura con mucha prensa una película biográfica, junto con monumentos. Y ceremonias, empezando por la celebración de un día conmemorativo en su figura. Un culto completo al que hasta Hitler rindió varias veces homenaje.

La frutilla del postre fue, no obstante, un himno, una marcha de neto corte kitsch, cuya letra había sido escrita por el finado y que Goebbels transformó en una versión nazi de La Marsellesa. Conocida en adelante como «La canción de Horst Wessel», fue el himno más poderoso del movimiento. Quedaba, desde luego, por resolver un detalle del asunto: el par de fiolos que le habían disparado al pobre Wessel fueron liquidados silenciosamente.

La construcción de un mártir agiliza todo tipo de ambición política.

Lanata debería cuidarse de estas cosas.

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