Oyarbide, enterrador de la causa Triple A

Oyarbide es un juez orgánico de la Policía Federal, y fue la Policía Federal la columna vertebral de la Triple A. Aunque su cerebro haya sido la inteligencia del Ejército y haya motivos para sospechar que policias y militares argentinos bailaban al son que les marcaba la CIA, el eje es la PFA ¿capisce? JS

Por Juan Gasparini / Prólogo a la reedición de «La fuga del brujo»(Norma).

«Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta.»
Alberto Méndez, Los girasoles ciegos, Anagrama, Barcelona, 2004.

Con premeditación y alevosía, la “inexplicable pasividad” del juez Norberto Oyarbide, viene caracterizando su voluntad de archivar el sumario de la Triple A. Su actitud cercena las posibilidades de conocer toda la verdad para dictar sentencia definitiva en una causa penal por crímenes de lesa humanidad que contiene “681 casos de secuestro, homicidio, desaparición forzada y amenazas de muerte”, según identifica la Cámara Federal de Buenos Aires.

Durante los últimos seis años, desde la primera edición de este libro, Oyarbide hace una errónea interpretación histórica del fenómeno de las Tres A. Anclado en la “teoría de los dos demonios”, da por cierta una versión ficticia de lo sucedido. Descarga en la guerrilla peronista, nacida en la lucha contra la dictadura 1966-1973 pero dispuesta a abandonar las armas por la organización y movilización popular cuando el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973, la responsabilidad del surgimiento de las Tres A.

Sin embargo, cabe recordar que el signo agorero de su irrupción fue la masacre de Ezeiza del 20 de junio de 1973. Allí no hubo enfrentamiento entre dos sectores, sino agresión de uno contra otro: de los que coparon militarmente el palco desde el que Juan Domingo Perón hablaría a la multitud que lo esperaba, contra los que condujeron prácticamente desarmados a esa multitud, que acudió casi con ingenuidad a recibir a su líder para festejar con él su retorno irreversible al suelo patrio, clausurando 18 años de exilio.

Oyarbide parece ignorar que fueron los dirigentes y militantes reaccionarios del justicialismo -en complicidad, inducidos o manipulados por las Fuerzas Armadas, dominantes en el aparato de seguridad del Estado- los que desataron en forma autónoma la violencia de la que hicieron gala las Tres A. No hay duda que para impedir la transformación pacífica de la guerrilla y frenar la transición a la democracia, el sindicalismo y la burocracia justicialistas fomentaron en ciertas provincias (Buenos Aires, Cordoba, Mendoza, Salta, Catamarca, San Luis y Santa Cruz) el acoso y derribo de gobernadores tenidos por cercanos a la llamada tendencia revolucionaria del peronismo, que en virtud de su capacidad movilizadora reivindicaba un legítimo espacio político en la recuperación democrática de la República.

En esa coyuntura de golpe de Estado permanente, desempeñándose con nombres diversos o refugiados en el anonimato, e integradas por miembros de las Fuerzas Armadas, matones gremiales y políticos, fachos universitarios, policías y delincuentes comunes, hizo eclosión la TripleA. Fue una nominación genérica carente de una jefatura unificada, un movimiento clandestino que englobó la represión ilegal entre 1973 y 1976 al punto de instaurar “la antecámara del colapso total de las instituciones que tuvo lugar con la dictadura militar”, precisa la Cámara Federal de Buenos Aires.

Como el objeto del procedimiento manejado por Oyarbide no es el falso “demonio” de la guerrilla, sino el auténtico y único “demonio” de la asociación “cívico militar” para socavar el gobierno constitucional y propiciar su derrocamiento el 24 de marzo de 1976, el juez escuda su inoperancia en la iniciativa de Julio Strassera, uno de los fiscales de la causa, quien en 1981 provocó su sobreseimiento provisional. Ambas conductas son denostadas por la Cámara Federal de Buenos Aires.

Para eludir la verdad y descartar los elementos constituyentes provistos por las Fuerzas Armadas, los sindicatos y las bandas extremistas universitarias y políticas, el juez Oyarbide simplifica, esconde y esquematiza. Divide el sumario en tres etapas. La primera, desde su inicio con la denuncia del abogado católico e independiente Miguel Radrizzani Goñi el 11 de julio de 1975, ocho días antes de la fuga del Brujo al extranjero, hasta el 7 de mayo de 1981, fecha del sobreseimiento provisional a petición del fiscal Strassera. La segunda va desde la reapertura en abril de 1983 mediante la restauración democratica hasta un segundo cierre ocasionado por el fallecimiento de López Rega en 1989. La tercera se inaugura con la reactivación de 2006, en torno a las capturas de algunos cabecillas de una de las filiales de las Tres A, ninguno apresado a raíz de la pesquisa judicial: dos fueron destapados por la prensa (Almirón y Morales) y otros dos se entregaron, ancianos, quizás cansados de huir, enfermos (Rovira y Romeo).

Circunscribiendo las Tres A a un artífice o cerebro muerto, a unos pocos parapoliciales subordinados detenidos al borde de la tumba y a un accionar de menos de veinte meses-entre el atentado contra Hipólito Solari Yrigoyen el 21 de noviembre de 1973 y la evasión de López Rega el 19 de julio de 1975-, al juez no le quedó otro camino que el de procesar y pedir a España la extradición de la ex Presidenta, María Estela Martínez de Perón, quien protegió a Lopecito y su séquito que, dicho sea de paso, le oficiaba de guardia pretoriana.

Tal solicitud fue rechazada en abril de 2008, un revés para la justicia argentina del que no es ajeno la incapacidad de Oyarbide para redactar un exhorto internacional. Antepuso la enunciación de infracciones ordinarias prescriptas, insertando apenas indicios de sospechas de que Isabelita conoció lo ocurrido y no lo impidió, sin reprocharle participación directa o indirecta en las Tres A. El juez relegó a la mera enunciación el principio de los crímenes de lesa humanidad que hacen imprescriptible cualquier delito. Desechó poner en relieve que el gobierno constitucional 1973-1976 cometió esos crímenes, desde antes de la entronización de la viuda de Perón en julio de 1974, e incluyendo el tramo posterior al desbande de López Rega y un puñado de sus esbirros en julio de 1975, modelo exterminador que no fue preferencia única de la dictadura que lo suplantó.

Oyarbide se mantiene en su plan de no indagar a militares, sindicalistas y políticos que figuran en autos. Ha investigado de manera somera el “grupo originario” de las Tres A, compuesto por López Rega, Almirón, Morales y Rovira. Y restringió las imputaciones, principalmente, al “marco temporal” de noviembre del 73 a julio del 75.

Más aún, Oyarbide redefine el “núcleo común de una investigación penal bastante heterogénea”, que tuvo “las más amplias proyecciones que se logran entrever, en especial, a partir de la última reapertura del sumario”, con una docena de libros periodísticos citados por la Cámara Federal de Buenos Aires, entre los que figura la primera edición de éste. El juez no los ha estudiado. Declinó averiguar si aportan pistas concretas para remediar la crisis terminal de una instrucción en coma vegetativo, que pareciera diagnosticar una estafa judicial.

Con la actualización informativa para la reedición de esta investigación periodística, queda claro que Oyarbide permitió que la causa se apagara en los tres años de prisión preventiva de cuatro inculpados. Es probable que especulara con la extinción de la acción penal por muerte natural de aquellos, privados de condena. En sustancia, dejó correr el tiempo entre fines del 2006 y agosto de 2010 para que Morales, Almirón, Rovira y Romeo sucumbieran al devenir biológicó por el efecto ineluctable de la vejez o por el deterioro irremediable de la salud, cerrando el ciclo judicial en la impunidad, un fraude de Estado.

Impermeable al desarrollo de 1985 a hoy de la reconstrucción de la historia 1973-1983, gracias a la literatura política, a dictámenes judiciales firmes de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y a las espectativas despertadas por los correctivos que impartiera la Cámara Federal de Buenos Aires, Oyarbide continúa indiferente. Sigue escribiendo su propia lápida, presto a recibir sepultura bajo el mármol de las presunciones de prevaricación, encubrimiento, abuso de confianza y denegación de justicia.

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