AMIA – TELLELDIN. La asombrosa persistencia de la camioneta-bomba que no fue

… y el esfuerzo de los abogados por reconstruirlo con la imaginación para presentarlo como prueba en un juicio

 

Arriba lo real. Abajo, lo escenificado.

 

POR GABRIEL FERNÁNDEZ / LA SEÑAL MEDIOS

Una semana atrás los abogados de la AMIA – DAIA pidieron 20 años de prisión para Carlos Alberto Telleldín por el atentado a la AMIA: “Proveyó el arma homicida”, afirmaron en sus alegatos en el juicio oral. Con enjundia digna de mejores causas, reclamaron su “inmediata detención” si es condenado. Telleldín, se sabe, está acusado de entregar la camioneta que habría sido usada como coche bomba. El único problema es que en ese atentado, ocurrido el 18 de julio de 1994, no hubo coche bomba.

Según uno de los mejores investigadores del tema, el periodista Juan Salinas, “parece claro que Telleldín está siendo juzgado nuevamente a fin de lanzar una nueva cortina de humo sobre los atentados (a la embajada de Israel y la AMIA) que le costaron la vida a 107 personas, de las que solo cuatro fueron de nacionalidad israelí, ataques en los que no hay una sola prueba de que hayan intervenido Hezbolá ni Irán y en dónde en cambio parece claro que intervinieron agentes de inteligencia de Israel”.

La cuestión se espesa cuando nuestro compañero asegura, tras años de indagatorias: “No hay ninguna prueba de que haya intervenido en la voladura de la AMIA (dos explosiones) ningún vehículo-bomba. Como en el caso de la Embajada de Israel, nadie vio ninguna camioneta-bomba y, por cierto, los vehículos que sirven como vectores de explosivos no se evaporan en el aire”.

La realizadora francesa María Poumier entrevistó a Salinas y a quien esto redacta, entre otros, para abordar la cuestión. Pero también al mismo Telleldin. El hoy re-imputado afirmó que el ex titular de AMIA Rubén Beraja era en los hechos el jefe del juez Juan José Galeano; que las tapas de Clarín se armaban en el despacho del juez prevaricador; que tiene entendido que el motivo del atentado fueron “los negocios del Banco Mayo con narcos” y que el Mossad sabía de antemano que se produciría.

Según el Pájaro Rojo, el blog de Juan, agentes de inteligencia israelí “sabotearon los planes del primer ministro Isaac Rabin de devolverle la meseta del Golán a Siria a cambio de un acuerdo de paz suscripto con la garantía del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”. Salinas coincide al igual que otro gran conocedor de la causa, el doctor Juan Gabriel Labaké (autor de “AMIA Embajada ¿Verdad o Fraude?”, a quien entrevistamos en varias ocasiones) en la inexistencia de la famosa Trafic-bomba.

Como dato curioso es pertinente indicar que en este mismo juicio los abogados de AMIA–DAIA, al presentar la acusación, señalaron que “el boleto de compra-venta de la camioneta es falso, con una firma apócrifa y con un documento de identidad que no existía”;  que el tal Ramón Martínez sólo puede calificarse como “supuesto comprador” del vehículo y que Telleldín estaba muy nervioso y trató de hacer creer “que la venta de la camioneta había existido”.

Lo que se dice una secuencia de pruebas contundentes.

Los letrados que presentaron esta acusación son Miguel Bronfman y Gabriel Camiser. Algún lugar les reservará la historia.

Salinas reiteró su visión una y mil veces con lujo de detalles: “El mito -más bien el timo preparado por los asesinos- de la camioneta bomba piloteada por un kamikaze libanés teledirigido por malvados ayatolás iraníes” carece de sustento pues “de haber existido se habría volatilizado, hasta el punto de que el Departamento de Explosivos de la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal sólo pudo exhibir restos que en total apenas eran un 13% de un vehículo de ese modelo, con el agravante de que pertenecían como mínimo a dos vehículos distintos y la bomba de nafta que se mostró, determinaron los peritos, era nueva, sin uso, virgen”.

La macana arribó a un nivel extraordinario cuando en 2017 se inauguró una muestra en el Espacio de Arte Amia, con una Trafic deformada cuidadosamente por los creativos para representar la que nunca llegó ni explotó. Juan explica que “la supuesta intervención artística solo pretende fijar en el inconsciente del público la imagen de un supuesto vector de los explosivos que sencillamente no existió jamás”.

Hace pocos días, en una charla personal, el investigador expresó a quien escribe que “es deprimente. Si algo bueno he hecho en mi vida son los libros sobre lo que pasó en la AMIA. Y ahora vuelven en el juicio a imputar a Telleldín y a poner la camioneta en el medio, como si hubiera existido. Y muchos creen eso. Uno queda con esa sensación de que todo es al cuete, un sentimiento bastante jodido”.

 

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