Bichos colorados

Quizá esta nota sea una pavada («El futbol es el último refugio de la inocencia», acaba de sintetizar el joven Scacheri) pero Argentinos Juniors siempre me cayó su simpático (quizá porque en mi niñez y a causa del influjo de mi tio gorila me sentía «colorado»… como Suárez Mason ¡cruz diablo!) y  mucho más desde que supe por mi padre rojo (e hincha del Osasuna) que alguna vez se había llamado Mártires de Chicago. Me lleno de orgullo aquel equipo que empato la final de copa intercontinental con la Juventus en 1985. Para completarla, y no menos importante, mi amigo Boot, es bicho vitalicio. JS

De cómo casi fui hincha de Argentinos Juniors

 Por Mempo Giardinelli

Por estos días de agosto, cuando en el Chaco florecen los lapachos, me acordé de mi papá cuando una vez, mirando esos tonos rosa fuerte, casi rojos, me dijo que de no haber sido hinchas de Vélez (él hablaba en plural, incluyéndome) seguramente hubiésemos sido del Bicho Colorado.

¿Por qué? Por cuestiones ideológicas, que para mi viejo –hombre de poco hablar, que apenas terminó el tercer grado– eran fundamentales. La Asociación Atlética Argentinos Juniors, me explicó, era un club de estirpe popular y socialista fundado en 1904, antes que Vélez, Boca, River y muchos otros clubes.

La verdad es que no sé nada de la actual política interna de Argentinos Juniors, institución futbolera que mantiene con Vélez una durísima y tradicional rivalidad. Las hinchadas de ambos clubes no simpatizan y en diversos campeonatos han terminado a las patadas.

Tampoco quisiera que esto que escribo se malinterprete, porque soy orgulloso y fiel velezano, tablonero desde hace años y frecuentador del estadio José Amalfitani cada vez que bajo a Buenos Aires.

Pero la verdad es que en días como estos, cuando mi ciudad se tiñe de ciertos rojos –florecen también las santarritas y los tulipaneros, y pronto será el turno de los chibatos– evoco la mirada transparente de mi viejo y me da por pensar cosas raras. Como que pude ser hincha de Argentinos.

Y es que más allá de motivos familiares y de barrio (mi familia era de Ciudadela y Ramos, y teníamos una tía en Floresta) la razón de peso era la militancia socialista de mi abuelo y su larga prole.

La leyenda quiere –a mí me la contó mi viejo, imagino que bajo un lapacho enfurecidamente rosa– que entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando los marineros ingleses que llegaban al Río de la Plata popularizaron ese juego en el que once tipos se enfrentaban con otros once –corriendo todos detrás de un balón para meterlo entre dos palos con un travesaño encima– casi todos los hijos de los inmigrantes que recalaban en Buenos Aires se aficionaron enseguida.

Muchos eran, obvio, hijos de anarquistas y socialistas, y les importaba un pito si el nuevo deporte venía de la cuna y cuartel del capitalismo mundial. Alcanzaba con llamar pelota al «ball» y aplicar el vocablo «cancha», de origen quechua, a lo que los británicos llamaban «field».

En todos los barrios, como en muchas ciudades del interior, brotaban grupos de muchachos que practicaban el juego en arduos desafíos domingueros, y así nacieron clubes y sociedades de fomento. Las ligas locales pulularon y las de Buenos Aires organizaban torneos que, poco a poco, prefiguraron los campeonatos porteños que se llamaron (como tantas otras cosas de la capital argentina) «nacionales», lo cual nunca fueron.

Según mi viejo, uno de los primeros desafíos importantes apenas despuntó el siglo XX se produjo en lo que es hoy el barrio porteño de La Paternal. Allí, como en todos los vastos suburbios, surgían modestos equipos que respondían muchas veces a consignas políticas en boga. Y en ese barrio había dos equipos llamados Sol de Victoria uno, y Mártires de Chicago el otro. La rivalidad creció hasta que un famoso desafío se jugó un domingo de agosto de 1904, en un campito de Gaona y Añasco. Allí, los Mártires de Chicago les ganaron 3 a 1 a los muchachos de Sol de Victoria. Y debe haber sido un lindo partido, porque al terminar se dieron cuenta de que, además de los pelotazos en la modesta canchita y el común amor al barrio, los unía algo más trascendente: la compartida certeza de que luchar contra las injusticias sociales era tanto o más noble que correr detrás de una pelota. Y entonces decidieron, entre todos, hacer de ambos equipos uno solo, bajo la latinísima consigna que aún perdura: «mens sana in corpore sano».

Al día siguiente, oficialmente el 15 de agosto de 1904, fundaron uno de los primeros clubes de fútbol de estas pampas, con un nombre pomposo: «Asociación Atlética y Futbolística Argentinos Unidos de Villa Crespo». Claro que cuando mandaron a fabricar el escudo debieron acortar el nombre porque el Tano que iba a bordar el sello les cobraba muy caro. De esa economía surgió la Asociación Atlética Argentinos Juniors, cuyos colores rojo y blanco, decía mi viejo, tenían que ver con los ideales del Partido Socialista, que ese año colocó su primer diputado en el Congreso de la Nación: el Dr. Alfredo L. Palacios.

Habrá sido por eso que mi viejo, velezano de pura cepa, quería tanto a Argentinos, porque él también era, como repetía, «socialista y de Palacios».

La vida tiene, como el gran río que es, meandros fabulosos. Sólo ahora, de grande y ante la fascinación que producen los lapachos, me acordé del origen del club de La Paternal y me volvió a encantar.

Lo demás, las rivalidades que trajo el siglo, importan poco. Mi alma futbolera es de mi amado Vélez. Pero sé que mi papá, cuando pibe, pudo disponer otra cosa. Y en ese caso, quizá yo hubiese sido hincha de Argentinoyúnior. Quién sabe.

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