De cómo los britànicos deportaron a «los kelpers» de Diego García

Una nota muy interesante que destruye los argumentos británicos para permanecer en Malvinas. Lástima que el autor confunde Mauritania con la isla de Mauricio, una república de la Commonwealth. Mauritania es una pequeña república sahariana de mayoría negra que fue colonia francesa y da al Atlántico, no al Índico.

LAS CONTRADICCIONES DE INGLATERRA

Geopolítica, recursos naturales y genocidio: la trama oculta de la isla Diego García

Publicado el 29 de Enero de 2012

Por Federico Bernal / Miradas al Sur

Este relato histórico evidencia la hipocresía británica, que en 1965 compró el archipiélago de Chagos y desplazó a sus habitantes originarios al sólo efecto de crear un énclave estratégico en el Índico. Argumentos para la Argentina en Malvinas.

En 1965 y a cambio de su independencia, Gran Bretaña compró a su colonia Mauritania las islas del Archipiélago de Chagos, ubicadas en el corazón del Océano Índico. El precio de la «independencia»: 3 millones de libras, franca violación a las resoluciones de las Naciones Unidas 1514 (la independencia de una colonia es un hecho inalienable y no puede estar sujeta a ninguna condición o negociado) y 2066 XX, resolución que invitaba a Gran Bretaña «a no tomar ninguna acción que tienda al desmembramiento del territorio de Mauritania y viole su integridad territorial». Nada pudo hacer la ONU. La paradisíaca isla Diego García iba a convertirse en una poderosa base militar anglosajona. Concretada la compra, el archipiélago pasó a denominarse Territorio Británico del Océano Índico (TBOI). Un año después, en 1966, el gobierno de Harold Wilson firmó un acuerdo militar con los Estados Unidos por el arrendamiento del TBOI. La adquisición –por 50 años con un adicional de 20 más– obedeció a la presunción estadounidense de una fulminante avanzada soviética sobre la región. Sin embargo, un grave inconveniente asomaría en el horizonte, y no precisamente de naturaleza comunista. La adquisición de Chagos por parte de la corona convirtió a los 2000 nativos del archipiélago en súbditos de la reina de Inglaterra. Y como EE UU impuso la condición de recibir el archipiélago absolutamente despoblado, los nativos devinieron en estorbo. Su expulsión masiva se hizo necesaria. Los «deseos» de los chaguenses cotizaron por debajo de las célebres tortugas gigantes de la vecina isla de Aldabra, previamente descartada por los EE UU como base militar por la presencia de los apáticos quelonios. A continuación, los orígenes de la base militar más importante del imperialismo en la región Asia-Pacífico, las razones para su emplazamiento, el genocidio de la población local y la hipocresía británica en relación a Malvinas.

CUANDO LAS TORTUGAS IMPORTAN MÁS QUE LOS SERES HUMANOS.
La población nativa del archipiélago Chagos –originaria y no trasplantada como en el caso de los kelpers– habitaba las islas desde hacía más de 200 años al momento de la operación de 1965. Como se dijo, los casi 2000 descendientes de esclavos africanos y agricultores indios, con identidad y cultura propias, debían ser desterrados sutil y elegantemente. A tales efectos, el Foreign Office abrió una Oficina Colonial (OC) en la isla Diego García.  Sir Paul Gore-Booth, al frente de la OC, justificaba con estas palabras la macabra operación en ciernes, en 1966: «El objetivo de este procedimiento es hacernos de un par de rocas que habrán de permanecer nuestras; no quedará población indígena a excepción de las gaviotas, gaviotas que aún carecen de comité propio (el estatus provisto por el Comité de la Mujer no cubre los derechos de los pájaros).» Pero la barbarie del británico admirador del Facundo debía cubrirse con una patina de civilización, de legitimidad.

Así fue que nació el mito de que los chaguenses (originarios del archipiélago) no eran nativos, sino trabajadores migrantes contratados a estados vecinos sin ningún tipo de ligazón cultural ni histórica con las islas. A propósito, existen infinidad de documentos que demuestran la diabólica estrategia, todos emitidos por el mismísimo Foreign Office (FO) durante los años de la expulsión (1965-1973). El más conocido, el de 1970, escrito por el asesor legal del FO y titulado «Manteniendo la Ficción»: «Resulta importante mantener la ficción de que los habitantes de Chagos no son una población permanente ni semipermanente.» La «ficción» fue complementada con una planificada política de asfixia económica a los nativos. Conforme señala Mark Curtis en su genial libro Web Of Deceit: Britain’s Real Foreign Policy (la portada lleva una profusa recomendación de Noam Chomsky), el FO declaró en 1972 que «al momento de crearse el TBOI se decidió dejar de invertir en las plantaciones del archipiélago, hasta abandonarlas».

En fin y al concluir 1971, los chaguenses habían sido literalmente removidos de Diego García, traicionados en las promesas de una vida mejor así como en la compensación económica que habrían de recibir por su traslado. El brutal genocidio fue ocultado al mundo, que recién comenzó a saber de lo ocurrido en septiembre de 1975. Los «deseos» de las tortugas gigantes –descendientes de los reptiles– fueron priorizados por sobre los «deseos» de los nativos –descendientes de esclavos y agricultores indios–.

DIEGO GARCÍA Y MALVINAS: LA CONTRADICCIÓN VISTA POR UN BRITÁNICO. En agosto de 1982 se conoció el informe del periodista e investigador británico John Madeley cuyo título fue «Diego García: a Contrast to the Falklands». Su lectura no puede ser más oportuna y recomendable. Luego de una detallada introducción histórica a la tragedia humanitaria en Chagos, Madeley señala: «El tratamiento dado a los chaguenses por parte de los británicos contrasta elocuentemente con el brindado a los pobladores de las Islas Falklands en la primavera de 1982. La invasión (sic) de las Falklands fue furiosamente resistida por las fuerzas británicas que viajaron 8000 millas,…a un costo de 1000 millones de libras y de muchas vidas argentinas y británicas perdidas. Muy lejos de ser defendida, Diego García fue entregada sin habitantes, siquiera consultados antes de haber sido removidos. Mientras que los deseos de menos de 2000 isleños de las Falklands fueron tan importantes para los británicos –al punto que virtualmente modelaron su política exterior en América del Sur–, los deseos de los habitantes de Chagos jamás contarían para nada. (…) Entre 1965 y 1971, sus propios ciudadanos (súbditos de la Corona) fueron convertidos en refugiados.» 

MALVINAS, GEOPOLÍTICA Y RECURSOS.
El mismo Departamento de Defensa que hoy reconoce al gobierno de facto británico en una parte del territorio insular de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, manifestó al propio congreso en 1972: «Las islas (Chagos) están virtualmente deshabitadas y la construcción de la base no causará ningún problema político doméstico» (Curtis, Ob. Cit.). Según señala un artículo de la revista Asian Security publicado en 2010 (Diego García and the United States Emerging Indian Ocean Strategy), la región litoral bañada por el Índico contiene 1/3 de la población mundial (unas 30 naciones), 62% de las reservas mundiales probadas de petróleo, 35% de las de gas natural, 40% de las de oro, 60% de las de uranio y 80% de las de diamantes. El Índico es asimismo clave por contener al Golfo Pérsico y los estrechos de Ormuz y Malacca. Más del 20% del suministro mundial de crudo y cerca del 93% del petróleo proveniente del Golfo atraviesan sus aguas. Y el listado continúa. Diego García ha sido pieza fundamental en todas las intervenciones militares anglo-estadounidenses en Medio Oriente durante las últimas tres décadas. Repensar Malvinas desde Diego García es dar un salto cualitativo de vital trascendencia para la defensa de la seguridad nacional argentina y de la Unasur. Implica contraatacar desde el plano de la historia, la política, la geopolítica y la defensa de los recursos naturales, tal como la presidenta señaló en su discurso del pasado miércoles. Implica, de igual forma, desenmascarar la hipocresía y el cinismo de la posición británica hacia la población kelper. «El objetivo de este procedimiento es hacernos de un par de rocas que habrán de permanecer nuestras», memorando del Foreign Office, 1966. Treinta años antes, en otro memo y en relación a Malvinas, expresó: «No es fácil explicar nuestra posición sin ponernos nosotros mismos en bandidos internacionales.»

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