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BARRIOS & PRÓCERES. De Montserrat a Barracas y de Vieytes a Troxler

El 20 de septiembre se cumplieron 50 años del asesinato de Julio Tomás Troxler. En junio de 1956, durante la rebelión encabezada por el general Juan José Valle, Troxler había logrado escapar al pelotón de fusilamiento en los basurales de José León Suárez.  18 años después, los sicarios de la Triple A culminaron la tarea que habían dejado inconclusa los dictadores Aramburu y Rojas y el coronel Desiderio Fernández Suárez. Como en una novela policial, hubo un testigo mudo del crimen. Y ello dio pie para que Rodolfo Walsh escribiera Operación Masacre y que Jorge El Tigre Cedrón filmara años después la película homónina, en la que Troxler se interpretó a si mismo:

POR LUCAS YAÑEZ

Hace unas semanas atrás, el 8 de septiembre para ser más preciso, lxs compañerxs y amigxs de la UB “Mono” Escalante de Montserrat me invitaron a compartir una caminata por el barrio deteniéndonos en algunos lugares de interés que hacen a la identidad territorial.

Acostumbrado a caminar por Barracas, les propuse un juego: ¿qué puntos en común entre los dos barrios encontraríamos durante el recorrido?

Hay uno que es fácil de señalar. El monumento que recuerda a Juan Hipólito Vieytes, actualmente emplazado en la intersección de las avenidas Suárez y Vieytes, Barracas, estuvo originalmente en lo que ahora es Bernardo de Irigoyen, entre México y Venezuela, donde supo estar la Jabonería cuya propiedad se le atribuye a don Hipólito, pero que pertenecía en realidad a Nicolás Rodríguez Peña. La Jabonería era sin duda una pantalla para llevar adelante reuniones secretas entre los partidarios de la causa de lo que después se conocería, con el diario del lunes, con el nombre del mes en que estalló todo: “Mayo”. El viejo edificio cayó bajo la piqueta del “progreso” cuando se decidió la ampliación de la avenida 9 de Julio. Algún funcionario municipal de entonces tuvo el buen tino de trasladar la efigie de Vieytes hacia Barracas, hacia donde comienza la avenida que lleva su nombre.

Monumento a Juan Hipólito Vieytes en su emplazamiento original en Montserrat.

Imágenes para una Nación

Pero si hay alguien a quien podemos recordar por contar con una estatua que homenajea a Hipólito Vieytes es a un vecino que habitó el viejo caserón de la familia Lezama y que fue el impulsor de la creación del Museo Histórico Nacional (MHN), su primer director y quien insistió para que el MHN tuviera su sede en ese lugar: Adolfo Pedro Carranza.

En una suerte de declaración de principios, Carranza escribe:

(…) es uno de los mayores deberes del patriotismo la enseñanza de nuestra historia nacional. Creo que el pueblo argentino nació del movimiento de mayo de 1810 y pienso que, para bien de sus hijos y de los que necesiten imitarles, conviene recordar sin descanso las puras glorias de su revolución por la independencia.

(…) Sóbrame aliento para sembrar estas ideas y para inculcar a mis conciudadanos los himnos de respeto, de amor y de entusiasmo con que debe saludarse siempre a los próceres, evocando los hechos luminosos que marcaron su acción en todo el continente”.

Como profesor de historia suelo preguntar a mis estudiantes, como disparador para el debate, cuándo les parece que comienza la historia argentina. En esas líneas Carranza da su parecer y reafirma el carácter revolucionario de ese comienzo. Y, no contento con eso, asume un papel de divulgador de nuestra historia nacional que, en el contexto de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, era una preocupación para los sectores letrados de la élite local para modelar, construir y afianzar una identidad nacional.

Ahora bien, ¿quiénes son esos próceres que merecen el respeto de la ciudadanía? Y, ¿cuáles son los hechos luminosos que deben evocarse? Desde el Museo Histórico Nacional Adolfo Pedro Carranza se dará a la tarea de señalar a unos y a otros. Y encontrará en el arte -sobre todo en las artes plásticas como la pintura y la escultura-, un aliado para ese trabajo.

Carranza lleva adelante una campaña de solicitud de donaciones de retratos de quienes para él habían tenido una actuación relevante desde comienzos del siglo XIX. Cuando no los obtenga, o para completar baches en la colección o, incluso, para poner a esos “grandes hombres” –porque en la concepción del director y de la época, la historia fue hecha por grandes hombres– en las situaciones en las que les tocó actuar, Carranza encomendará a grandes artistas plásticos de la época, nacionales y extranjeros, la realización de obras que sean funcionales a la construcción del relato del pasado argentino y que contribuyan a forjar una identidad nacional acorde a la visión del sector social a la que el director pertenece.

No vayas a la escuela porque San Martín te espera”, cantaba Luca Prodan casi cien años después de la creación del MHN. La profusión de láminas en el ámbito escolar puede deberse a la acción de Carranza; luego de cinco años al frente del MHN y con una colección digna de ser exhibida, sugiere al Ministerio del Interior que fomenten las visitas de las escuelas con el argumento de que los alumnos de primaria están,

(…) en la edad en que las impresiones se graban tan profundamente en la imaginación”.

Y para el caso de las escuelas más distantes o para un público que no había podido concurrir a los ámbitos escolares, los avances en las técnicas de impresión colaboran con la misión del director del MHN de manera tal que, como señala Ernesto Quesada, historiador contemporáneo a Carranza,

(…) el Museo (…) en los días patrios ha distribuido profusamente al pueblo láminas conteniendo los retratos de varios próceres, y reproduciendo el ejemplar original y autógrafo de nuestro himno nacional: de esa manera permitía a las clases inferiores de la población familiarizarse con el recuerdo de los grandes argentinos, y adornar con esas láminas hasta las habitaciones más humildes”.

Con todo, hay momentos en los cuales, para el director, no alcanza con un retrato o un cuadro en la pared de una sala del MHN. Se acerca el Centenario de la Revolución de Mayo y Carranza se suma a la Comisión por los festejos. Esta última da cuenta a las autoridades de que el único protagonista de aquellas jornadas que ha sido honrado con un monumento es Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Propone la realización de una serie de esculturas que eternicen en el bronce a los miembros de la Primera Junta de Gobierno. Entre idas y vueltas con las reuniones, la fecha se acerca y no hay tiempo para formalidades como llamado a concurso y licitaciones. Se asigna un monto de dinero; se convoca a escultores; se distribuyen los protagonistas y se acuerda un plazo de entrega. Además de los integrantes de la Primera Junta de Gobierno original, la Comisión acuerda incorporar en el homenaje a Hipólito Vieytes y Nicolás Rodríguez Peña por ser quienes reemplazaron a Mariano Moreno y Manuel Alberti.

Una de las salas del MHN en 1925.

Imágenes paganas

El encargado de realizar la escultura de Vieytes fue el artista madrileño José San Bartolomé Llaneces, de renombrada fama por su participación en el Salón de París, en la Exposición Universal y por sus trabajos para la corte española. En 1909 concurre a Buenos Aires a acompañar la segunda exposición sobre su obra que se realiza en la galería Witcomb y seguramente habrá sido en esa oportunidad que se le encargó la tarea.

El conjunto escultórico que recuerda a Juan Hipólito Vieytes es de singular belleza. Y tiene ciertos mensajes alegóricos que nos permiten jugar a descubrirlos. Sin embargo hay quienes dicen que la obra es muy parecida a la que el artista moldeó para homenajear a Francisco José de Goya y Lucientes ubicada frente a la ermita de San Antonio de la Florida, Madrid, donde descansan los restos del pintor aragonés.

Hay un detalle, empero, que suele pasar desapercibido si no estamos atentxs. Mientras que la estatua de Goya representa al artista con sus herramientas de trabajo en actitud de contemplar la obra que está realizando, Vieytes está inclinado hacia adelante y hay un gesto de preocupación en su rostro.

Monumento a Francisco de Goya, por José Llaneces, en su emplazamiento en el Museo del Prado (1913).

Vidas paralelas

Entre todas las actividades que desarrolló Juan Hipólito Vieytes a favor de la revolución rioplatense hay una poco conocida: siendo representante de la Asamblea General Constituyente, más conocida como Asamblea del Año XIII, a fines de noviembre de 1813 aceptará el cargo de Intendente General de Policía de Buenos Aires. Un año antes, junto con Juan Larrea había redactado un reglamento de treinta y cinco artículos para la institución policial acorde al momento político. De la actuación de Vieytes al frente de la policía dirá Gervasio Antonio de Posadas, primer Director Supremo, en sus Memorias,

la puso en un punto (…) que le hizo mucho honor y que no se ha vuelto a ver (…)”.

El mismo Posadas describe a Vieytes como,

Espartano, rígido, candoroso y consecuente amigo, poseía conocimientos; despuntaba por la economía política (…)”.

Similares características personales y similar descripción al frente de la institución policial podrían aplicarse a otro revolucionario nacido 111 años después que Vieytes,

Julio Troxler (…) es un hombre alto, atlético, que en todas las alternativas de esa noche revelará una extraordinaria serenidad.

Rígido, severo, no transige sin embargo con los ‘métodos’ que le toca presenciar (…).

Troxler es peronista, pero habla poco de política. Cuantos lo trataron lo describen como un hombre sumamente parco, reflexivo, enemigo de discusiones. Una cosa es indudable: conoce a la policía y sabe cómo tratar con ella”.

La caracterización de Julio Tomás Troxler corresponde a Rodolfo Jorge Walsh en su libro “Operación Masacre”. (N. del E.: vinculado al Peronismo de Base y acusado de izquierdista por la derecha, Troxler había sido oficial de la Bonaerense durante su juventud, lo que aprovechó el presidente Cámpora para nombrarlo subjefe de la repartición).

Además de personalidades parecidas, de abrazar la revolución y de haber formado parte de la policía buscando dotar a la institución de reglas y procedimientos respetuosos de los derechos humanos y la integridad de las personas, es posible trazar otras líneas paralelas entre las vidas de Vieytes y Troxler. Vieytes publica el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio; uno de los últimos trabajos de Troxler será en el diario Noticias. A poco de producido el movimiento revolucionario de Mayo, Vieytes integra la Sociedad Patriótica, buscando desde allí incidir en las políticas que radicalicen la revolución; Troxler integró el Consejo Coordinador del Peronismo, los Comandos Insurreccionales, el Movimiento Revolucionario Peronista y hasta la Logia Anael, entre otras estructuras clandestinas, en un contexto en el que el Peronismo estaba proscripto por el poder, y que proponían la vía insurreccional para recuperar la democracia, levantar la proscripción de los sectores populares y lograr el regreso de Juan Domingo Perón al país. Vieytes sufrirá el destierro cuando la corriente revolucionaria a la que adhiere sea derrotada; Troxler pedirá asilo político en la embajada de Bolivia y se exiliará en dicho país luego de que el levantamiento del general Juan José Valle fracase y muchos de sus partícipes sean fusilados –el mismo Julio Troxler estuvo a punto de ser uno de los fusilados en los basurales de José León Suárez y logró escapar aprovechando un descuido de sus captores–.

Troxler en funciones como subjefe de policía de la provincia de Buenos Aires.

Leyendas urbanas

Todo este largo rodeo es para poder contar lo que viene a continuación. Comenzamos con una caminata, cerremos entonces con otra caminata. Cuando recorremos Barracas solemos pedir a las y los caminantes que agreguen historias y aporten datos a nuestro relato. Así construimos o reconstruimos la historia barrial a partir de la Memoria colectiva. En una oportunidad en que estábamos frente al monumento a Vieytes, pidió la palabra un hombre de edad indefinida, mediana estatura, flaco, con pelo entrecano peinado hacia adelante para disimular evidentes entradas y vestido con un curioso traje ceñido al cuerpo. Contó que cuando trasladaron la escultura a Barracas, el cuerpo de don Hipólito estaba apoyado contra el respaldo y sus brazos sostenían un par de libros de un volumen considerable. La mirada, por otro lado, se perdía, plácida, en la puerta de la Escuela Normal Nº 5, quizás deleitándose con la entrada y la salida de lxs estudiantes.

Según el relato de este vecino la posición de Juan Hipólito Vieytes en la obra de Llaneces se trastoca el 20 de septiembre de 1974. Encaramado en su basamento de piedra don Hipólito tiene una visión privilegiada para algo que nunca hubiera querido ver. Ese día, cerca del mediodía, un automóvil Peugeot modelo 504 de color negro ingresa lentamente por la calle Arcamendia. Recorre lentamente los 200 metros de la calle y dobla en ese curioso vértice de la intersección con la calle Coronel Rico. Entonces se detendrá, al costado del paredón de ladrillos que contiene el terraplén del FFCC Gral. Roca, apenas el tiempo necesario para que descienda uno de los pasajeros. Lo hace con dificultad. Su estatura lo había obligado a comprimirse en el vehículo. No puede ayudarse con las manos. Las tiene atadas a la espalda. De una de las ventanillas del auto asoma el cañón de un arma larga. Le hace señas para que camine hacia la Avenida Suárez. Lentamente, Julio Tomás Troxler, peronista, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez, militante de la resistencia, ex subjefe de policía, subdirector del Instituto de Estudios Criminalísticos de la facultad de Derecho de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires da sus últimos pasos. A diferencia de junio de 1956, esta vez no tiene donde correr. Su vista recorre el largo callejón y quizás, cuando mire al cielo que tiene delante, se encuentre con la mirada de Juan Hipólito Vieytes arrellanado en su silla de bronce y elevado en su pedestal. Una formación del tren Roca rompe el silencio espeso que flota en el aire. El traqueteo amortigua el sonido de la ráfaga que impacta en el cuerpo. Su compañera, Leonor Von Wernich, dirá horas después,

Casi no tenía un lugar que no hubiesen alcanzado las balas”.

Todo está escondido en la memoria

Desde la altura Juan Hipólito Vieytes no puede creer lo que ve. Un par de libros se le caen al costado y quedará inclinado hacia adelante con una sombra que le nubla la expresión del rostro.

En los años siguientes al asesinato de Julio Tomás Troxler, la estatua de Vieytes será testigo del horror planificado que parece haber encontrado un lugar donde habitar en ese rincón perdido de Barracas. Pablo Dubcovsky, Juan Carlos Marín y Hugo Osvaldo Toso, estudiantes del CNBA, militantes de la Juventud Guevarista, serán detenidos sobre el terraplén del FFCC mientras pintan “Abajo la dictadura”. El cuerpo de Héctor Sartal, peronista, será arrojado sin vida en la intersección de Arcamendia y Cnel. Rico. María Pabla Cáceres, estudiante de la escuela República del Líbano, militante de la UES y su esposo, Fernando Simonetti, son secuestrados de su domicilio en la Av. Suárez 2035; María Pabla estaba embarazada. Guillermo Moralli, Juan Miguel Thanhauser y Martín Vázquez, trabajadores y militantes de Vanguardia Comunista son llevados por las fuerzas represivas que allanan el departamento 8 de la Avenida Vieytes 826.

De una u otra manera todxs ellxs comparten con Juan Hipólito Vieytes la pasión revolucionaria por construir una sociedad más justa e igualitaria.

John William Cooke decía que,

Cuando culmine el proceso revolucionario argentino se iluminará el aporte de cada episodio y ningún esfuerzo será en vano, ningún sacrificio estéril, y el éxito final redimirá todas las frustraciones”.

Quizás quien sea director del Museo Histórico Nacional de entonces, tenga la idea de emplazar estatuas y monumentos de otrxs revolucionarixs en el espacio público para que quienes transitamos la ciudad conozcamos un poco más de quienes abrazaron ese “sueño eterno”.

Mientras tanto el Pueblo, a través de sus organizaciones, las y los recuerda con pintadas, murales y baldosas para no olvidarlxs, para que marchen con nosotrxs y para recordarnos que aún en los momentos más difíciles de nuestra historia hubieron hombres y mujeres de coraje dispuestxs a sostener en alto las banderas.

N. del E.: Viví hasta los 18 años en Bernardo de Irigoyen (antes, Buen Orden) entre México y Venezuela y tengo para mi que la Jabonería de Vieytes estaba sobre esta última calle y entre Buen Orden y Lima, es decir en medio de lo que sería en los años ’60 del siglo pasado la prolongación de la avenida 9 de Julio hasta Constitución (antes llegaba solo hasta Belgrano) arrasando con esa casa colonial si es que antes no había sido destruida por la piqueta, que no lo sé. Porque en esta ciudad, y sobre todo cuando la gobierna la derecha, hay muy poca consideración por sus edificios históricos y mucha angurria por construir pajareras para lavar dinero negro.

Troxler fue un militante muy querido por la resistencia peronista; durante su exilio en Bolivia compraba a los compañeros mineros detonadores para los «caños» con que expresaba su protesta por la proscripción de su líder, partidarios y símbolos, y a su regreso se vinculó con el grupo insurgente llamado Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). El Peugeot 504 negro con una gran antena en el que se desplazaban sus asesinos era el habitualmente utilizado por el jefe de la custodia del superministro José López Rega, el comisario Juan Ramón «El Chango» Morales y su entonces yerno, el subomisario Rodolfo Eduardo Almirón, quienes solían salir a matar en compañía del suboficial mayor Miguel Ángel Rovira, quien manejaba una metralleta Halcón. Es casi seguro que fueron ellos tres, acaso en compañía de algún otro miembro de la «Alianza Anticomunista Argentina» quienes asesinaron a Troxler.

El pasaje Coronel Rico se llama así por Manuel Leoncio, un militar «neto federal» que se pasó al bando unitario y murió en la batalla de San Cala o Sancala, en enero de 1841 en Traslasierra, en el noreste de Córdoba. Curiosamente, además del Ñato Aldo, hubo otro coronel (general post mortem) de apellido Rico, asesinado, como Troxler, por la Triple A, Martín Rico. Aquí su historia.

 

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