El asesinato de Pablo Guelman, ex gerente del casino de Puerto Madero

El extenso Guelman quería 


tener una familia a toda costa. 

Testigo en peligro

El ADN de los pelos de un perro que quedaron en el auto del muerto pueden ser la clave para identificar al asesino y  probar premeditación y alevosía
Por Juan Salinas / Noticias Urbanas 04.07.10

Se llama Pedro y es posible que esté en peligro de muerte. O quizá que lo hayan matado hace rato sin que nadie lo echara de menos. Pedro no es humano, sino un perro. Y por añadidura, mestizo y sin señas notables. Claro que para Fátima, la viuda de esta historia, ocupa, u ocupaba, el lugar del hijo que no tiene.

Fátima del Valle Arias, una morocha salteña de treinta y pocos, era la esposa del contador Pablo Gabriel Guelman, de 45 años, ex presidente de la empresa que regentea los barcos-casinos de la Dársena Sur, junto a Puerto Madero. Guelman fue asesinado el pasado 19 de abril a una cuadra de la embajada de los Estados Unidos, una de las zonas más vigiladas de la Ciudad de Buenos Aires.

Tenía 45 años y era muy alto, casi una montaña con sus 220 kilos de peso. Fue asesinado de un balazo del calibre 3.57 Magnum aquel lunes poco antes de las 23 en la calle John F. Kennedy y Demaría, frente a la plaza Martín de Álzaga.

Acababa de cenar con un amigo mayor, Juan Carlos Bisio, quien a su pedido había bajado para acompañarlo porque en su anterior visita, hacía exactamente una semana, en el momento de arrancar su Passat, un hombre se había abalanzado sobre su puerta. Guelman se lo había quitado de encima acelerando, y vio por el espejo que el tipo que se alejaba llevaba un perro de una correa. Recordaba aquella escena con temor, le comentó a Bisio al pedirle que lo acompañara hasta el coche.

Un tiro en la noche

Apenas se había puesto trabajosamente al volante, como en una pesadilla, los temidos hombre y perro emergieron de la oscuridad: el hombre esgrimía un gran revólver mientras con la otra mano sostenía la correa del can. Le ordenó a Guelman que bajara y le diera las llaves del auto, y a ambos que le entregaran todo su dinero. Bisio le dio mil pesos y Guelman las llaves y ochocientos que el hombre agarró con la misma mano con que sostenía la correa. Lo cierto es que el dinero cayó al piso. El hombre le ordenó a Guelman que lo recogiera. Corpulento como un lobo marino, Guelman se inclinó lentamente. Y Cuando estiró el brazo para alcanzar los billetes, el asaltante le disparó. La bala le perforó el brazo y le entró al tórax por la axila.

Desechando el dinero, muy apurado, el asesino recogió la llave y se metió en el Passat después de hacer pasar a su perro. Intentó arrancarlo pero no supo hacerlo, acaso porque era un modelo de caja automática. Lo cierto es que bajó y sin separarse de su perro, dando grandes zancadas, se perdió en la oscuridad.

La reconstrucción de ese momento se hizo a partir de lo narrado por separado por dos amigos íntimos del finado que se pusieron al servicio de los investigadores policiales, uno vecino de esta Ciudad, E. S., y otro residente en Europa, O. L. Ambos escucharon de boca del comisario Víctor Aurelio Pellegrini, titular de la Comisaría 23, y del oficial Morano versiones coincidentes de que no fueron los únicos en dar fe del título publicado por el sitio de internet Momento 24: “Investigan al círculo familiar de Pablo Guelman por la muerte del empresario que fue presidente del Casino flotante”.

Ambos amigos de Guelman también recordaron ante el cronista que a fines del año pasado éste fue víctima de un secuestro express que culminó con el robo de su auto (que poco después apareció cerca de una comisaría); que Guelman la pasó pésimo en manos de los delincuentes y que a partir de entonces se radicó en Barcelona, la ciudad en la que había vivido sus años más felices y donde conoció a Manuel Lao, el principal accionista de Cirsa, la empresa que montó el barco-casino de Puerto Madero y que lo puso al frente del Casino de Buenos Aires.

Privado

Pablo y Fátima se casaron hace cuatro años, cuando Pablo estaba en el cénit de su vida, antes de conducir el proceso que llevó a Cirsa a asociarse con Cristóbal López y dejarle a éste el gerenciamiento de los barcos-casino, para seguidamente retirarse.

A causa de su peso, Pablo sufría una extrema timidez a la hora de relacionarse con mujeres. Ansioso por formar una familia y tener descendencia, no vaciló en casarse con Fátima, criada en una familia pobre y numerosa. Coinciden sus amigos en que fue ese berretín el que le costó la vida. No dicen “parece”. Para ellos no existe la menor duda.

Cuentan que ella rara vez abrió la boca para intervenir en las conversaciones sociales de su marido porque “es muy bruta”. Y que Pablo siempre eludió con evasivas contar dónde la había conocido, diciendo urbe et orbi que ella era fotógrafa, aunque a los más íntimos les relató que había sido su empleada doméstica. Y que sólo admitió la verdad y con reticencias ante ellos después de su secuestro, que se produjo mientras esperaba a que su esposa terminara sus clases de gimnasia en el Rosedal de Palermo. Muy compungido, Pablo –coincidieron en narrar– reconoció entonces haberla conocido en “un departamento privado” que no era el que ella tenía cerca de Once.

Los amigos de Pablo también dijeron que el matrimonio fue producto de una larga negociación con especial atención a los aspectos económicos. No terminan de digerir que Pablo se hubiera casado con una mujer que no parecía compartir nada con él, vástago de un matrimonio de profesionales liberales de izquierda cuyo divorcio lo marcó de una manera indeleble al sumir a su madre bióloga en una inesperada insolvencia, y a él, en la incertidumbre.

Pensión canina

Otro de los nudos de la ardua negociación, añadieron, fue Pedro, el perro de ella. Pablo aborrecía las mascotas y ella consideraba al can “un hijo”. Tras mucha discusión, Pablo y Fátima acordaron alojar a Pedro en un pensionado canino. Lo primero que la policía descubrió, agregaron, es que el supuesto pensionado canino no existía y que ella solía abandonar el hogar conyugal so pretexto de visitar al can, cuyo cuidado le había encomendado a Jorge Vidal, su amante desde hace muchos años, al que los policías calificaron de “840”.

Pablo y Fátima estaban separados de hecho. Ella no le había dado el hijo esperado, lo rehuía y tampoco quiso seguir acompañándolo en la nueva etapa de su vida abierta meses atrás, cuando, luego de su sugestivo secuestro, se fue a vivir a Barcelona.

Al principio, ella lo acompañó, pero diciendo que extrañaba la Argentina regresó y se instaló en el antiguo piso conyugal de Barrancas de Belgrano. Tiempo atrás él la había nombrado apoderada de su cuenta en La Caixa de Barcelona i Balears, donde atesoró más de 900 mil euros. Si la hubiera nombrado titular, Fátima hubiera podido sacar ese dinero, que por ahora ha sido bloqueado.

Pablo había regresado a Buenos Aires a negociar los términos de su separación con Fátima, en contra del consejo que le había dado O. L., quien se lamentó de haber sido desoído.

La vaga descripción que inicialmente dio Bisio del asesino y su perro coincidía con las de Vidal y Pedro, por lo que el caso parecía virtualmente resuelto. Pero el testigo –que es septuagenario y que al momento del crimen estaba sin anteojos– a la hora de las efectividades conducentes dijo no estar en condiciones de reconocerlos.

El pelo, la clave

Esta falta de identificación podría haber sido suplida, porque, de acuerdo a lo narrado por E. S., el amigo de Pablo que colaboró desde un primer momento con la investigación, la policía científica encontró en el asiento del acompañante del Passat dos pelos de perro, cuyo ADN –parece una obviedad– había que cotejar con los de Pedro, ya que si el resultado fuera positivo, el caso estaría resuelto.

Sin embargo, por alguna razón hasta ahora inexplicable, la investigación se ralentizó, los investigadores policiales comenzaron a mostrarse abúlicos y argumentaron en su defensa que las pericias debían ser ordenadas por el fiscal, Adrián Guillermo Pérès.

A fines de abril el cronista se apersonó en la fiscalía, pero allí lo instaron a ponerse en contacto con la oficina de Prensa de la Procuración General de la Nación. La intermediación de ésta es un recurso habitual de los fiscales para intercambiar información y obtener algunas seguridades respecto a cómo habrá de emplearse, de modo que la difusión no perjudique las pesquisas, pero en el caso que nos ocupa, el fiscal Pérès siguió permaneciendo mudo como una esfinge.

Fue entonces al Juzgado de Instrucción Nº 31, cuya titular es Susana Castañeda, donde el secretario Marcelo Acosta informó que, si bien la causa había pasado fugazmente por allí remitida por el fiscal para que la magistrada ordenase algunas diligencias, le había sido devuelta de inmediato a Pérès.

Acosta se negó a detallar cuáles fueron esas diligencias, pero parecía muy sorprendido cuando se le habló de la obviedad de cotejar los pelos caninos encontrados en el asiento del acompañante del Passat con los de Pedro. Parece claro que, al menos hasta comienzos del mes en curso, dicha diligencia no se había realizado.

La historia oficial

Por fin, ante la insistencia del cronista, hace una semana el servicio de Prensa de la Procuración informó que el fiscal Pérès había condescendido a informar que la causa continuaba caratulada “Homicidio en ocasión de tentativa de robo”. Vale decir que no considera siquiera la hipótesis de que se haya tratado de un asesinato premeditado.

Como el fiscal no permitió el acceso al expediente, buscando acceder al mismo y en la creencia de que pudiera estar representando a familiares del occiso interesados en averiguar las circunstancias en que éste fue muerto, Noticias Urbanas se reunió con Santiago Blanco Bermúdez, el letrado de Cirsa que representó a Guelman en la causa abierta a partir de su secuestro.

Blanco Bermúdez informó que no es parte en la nueva causa, y que por lo que sabe, hasta ahora no hay parientes de Guelman que hayan pedido ser parte. Eso sí, agregó, él se había interesado en las circunstancias del asesinato, para lo cual había hablado con el comisario Pellegrini. El abogado quedó muy sorprendido cuando el cronista le narró el pedido de dinero a Guelman y Bisio por parte del asesino. “A mí ni siquiera me lo mencionó. Me dijo que tan pronto Guelman se bajó del auto, le pegó un tiro”, explicó.

En este contexto, sería milagroso que Pedro siguiera vivo. Sin embargo, aún así, el cotejo con los pelos hallados en el Passat es técnicamente posible. Cualquiera que tenga perros sabe cuán difícil –sino francamente imposible– es librar de pelos caninos cualquier habitación. Claro que siempre es posible “embarrar la cancha” sembrando pelos de otro animal. Como quedó claro hace pocas horas en otro resonante caso con dos personas que le entregaron a la justicia ropa usada por otros.

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