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El Lanata de Majul / y 7. Una parábola de final previsible

(última nota)

Le fui a hacer una entrevista chiquita para Rolling Stone. Estaba en su departamento y le pregunté: «¿A qué le tenés miedo?». Y él hizo un paneo por su departamento y me dijo: «A no poder sostener esto». Alejandro Seselovsky ( página 348)

Jorge Lanata encarna varios fenómenos a la vez. Dos parecen los principales: el del self made man que llegó a terciar en el podio de los grandes editores de diarios junto a Natalio Botana y Jacobo Timerman y el de condottiero al servicio de un grupo monopólico cuya nave insignia es un diario que se ha caracterizado por esmerilar y castrar periodistas hasta el punto de que, por carecer de algún otro que pudiera encargarse de esta tarea, lo contrató a él, un antiguo enemigo que se dio vuelta en el aire, para que hiciera de ariete en el combate contra el poder político estatal.

El enroque le hizo perder, de acuerdo a estadísticas que cita la biografía autorizada ma non troppo que redondeó Luis Majul, el aprecio de ocho de casa diez lectores de la que fue su mayor obra, Página/12, diario del que ahora abomina (pág 408). Sin embargo, los ha reemplazado ventajosamente, si no en calidad, al menos en número, por los lectores de Clarín y una teleaudiencia que en importante proporción hasta hace poco más de un año lo tenía fichado como zurdito y ahora, en casi absoluta orfandad a causa de la inopia opositora, lo considera su campeón. Hasta el punto de haberlo victoreado en Córdoba con un Se siente / se siente / Lanata presidente. 

Lo que certificó que Lanata es mucho más apreciado por quienes todavía lo consideran una novedad, como los lectores de Clarín y los espectadores de Canal 13 y TN, que por quienes conocen su trayectoria y pueden comparar, por ejemplo, sus dotes de investigador y columnista con las de otros periodistas.

El punto de inflexión se produjo hace casi tres años, cuando se hizo público que los ignotos miembros del directorio de Papel Prensa SA ganaban más de 150 mil pesos mensuales, suma que cubría los gastos fijos del rumboso tren de vida que llevaba un Lanata económicamente extrangulado, que alquilaba un amplio departamento en el Palacio Estragamou y acostumbraba desayunar, almorzar y muchas veces cenar en el Hotel Sofitel.

Durante 2012, con su programa PPT (Periodismo para Todos) Lanata agitó y soliviantó a una oposición de por si crispada, uniéndola en torno al ademán ya universal del «Fuck you» (es decir, en román paladino, un estentóreo «¡Que te den por culo!») en base a los ataques directos a la Presidenta, su «look» y modismos, y denuncias de corrupción supuesta o tangible, particularmente en el ejercicio del poder feudal en las provincias periféricas.

Lanata terminó el año antes de lo previsto, extenuado y en el pináculo de la fama, en medio de pronósticos divergentes. Hay quienes como su colega Alfredo Leuco (que pasó del ultrakirchnerismo a la oposición más intransigente como por arte de encantamiento) creen que su posición se fortaleció hasta el punto de haberse convertido en el líder de la oposición. Y quienes auguramos su inminente decadencia. Porque nos parece que así como ni Clarín ni TN van a desaparecer pero si ocuparán un lugar de mucho menor poder y capacidad desestabilizadora que el que tuvieron, Lanata, en su parábola, parece dirigirse a ocupar el espacio que ocuparon en el pasado comedores de coco de los quilates de Bernardo Neustadt.

Lanata abomina de esta comparación, calificándola de injusta y lo hace no sin dar razones de su vehemente rechazo («Fue siempre él, yo siempre laburé en equipo y formé gente (…) Yo no he vendido notas. No hice lobby. Tampoco trabajé con los militares» (pág. 430) pero lo cierto es que el rumbo que ha tomado lo lleva en esa dirección.

Claro que aún quienes estimamos que, a pesar de las apariencias Lanata ya inició una decadencia sin retorno, disentimos a la hora de estimar cuanto demorará su caída y hasta que abismos descenderá quien pasó de asociarse con Gorriarán Merlo para sacar Página/12 a la calle, a postularse como caudillo regional antichavista.

En toda esta parábola de final previsible hay algo que se mantuvo inalterable: su visceral antiperonismo. Así, dice que el de Néstor Kirchner fue «un gobierno peronista típico» y al mismo tiempo que «la matriz de la corrupción comenzó con Néstor».

Nada menos.

Claro que en esa dirección hay periodistas que le llevan mucha ventaja. Por ejemplo, Carlos Pagni, que sostiene que el nuestro «es un sistema político que, desde hace tres décadas, renunció a la competencia y, por lo tanto, al debate de problemas y soluciones». ¿Puede imaginarse una reivindicación mas completa de la dictadura, esa época dorada cuando aún, según Lanata, la matriz de la corrupción no se había inventado? 

Al lado de Pagni, Lanata no sólo es un advenedizo, también es tibio y chirle.

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