FF.AA. Y DEFENSA. César Milani, el general militante (y una entrevista a Nilda Garré)

Me parece éste un artículo de lectura ineludible aunque no comparta las perspectivas, proyecciones, conclusiones y acaso tampoco los deseos del autor. Igualmente es destacar que la revista Crisis se ocupe de temas verdaderamente importantes y les dé el espacio que corresponde. Mis mayores discrepancias (lo digo para quienes no son lectores habituales de este sitio) provienen de que soy peronista, de izquierdas pero peronista, y considero imprescindible contar (ahora, no dentro de veinte años) con fuerzas armadas nacionales y populares. Y como en Argentina no se hizo una revolución, han de construirse no a partir de cero, ni de las aniquiladas guerrillas de los años ’70 (cuyos sobrevivientes estamos más cerca del arpa que de la guitarra) sino de las FF.AA. realmente existentes. Tengo en cuenta que falta que pasen a retiro un puñado de promociones para que lleguen a la conducción de las FF.AA. oficiales que no hayan tenido ninguna participación en la criminal represión desatada por la última dictadura. Y también tengo muy presente que, como consigna el autor, «existen testimonios creíbles sobre el agravio que resultaba para un integrante promedio de las Fuerzas Armadas de aquella época el hecho de que militantes revolucionarios se infiltraran en una institución que se sentía portadora de la esencia nacional. Ninguna ofensa podía ser mayor para un militar de ley, incluso con convicciones democráticas». Tal cual.

Durante la reciente ceremonia en que se arrojaron a las aguas del río las cenizas de Rodolfo Matarollo (que fue, entre otras muchas cosas aunque no suela consignárselo, uno de los ideólogos del PRT) tuve oportunidad de conversar con un ex militante del ERP que, como Hernán Invernizzi, estuvo largos años preso en la cárcel militar de Magdalena por la sencilla razón de que cuando lo detuvieron, antes del golpe militar, estaba haciendo la colimba. Tras puntualizar que durante su cautiverio  los subtenientes y tenientes eran los que más verdugueaban a los presos por estar ideológicamente muy motivados («los oficiales de más edad del penal estaban en otra cosa, haciendo carrera, distrayendo provisiones, teniendo hijos, pensando en el futuro») ironizó:  «Si lo único que le pueden probar a Milani es que detenía y llevaba compañeros de un laldo a otro y que haciéndolos los insultaba y les decía que cantaran voy a pensar que es un santo». Comparto su apreciación. No creo que haya un solo oficial de infantería de la promoción de Milani que no haya participado de un modo u otro de la «lucha antisubversiva». Si se tienen evidencias que torturaron y/o asesinaron a personas inermes, atadas y encapuchadas, que caiga sobre ellos todo el peso de la ley. De lo contrario me gustaría que hubiera menos sobreactuaciones y rasgado de vestiduras.

Acuerdo, sí, con el autor, que Milani mintió al decir que no tuvo absolutamente nada que ver con la desaparición del infortunado soldado Alberto Agapito Ledo y sus infortunados amigos. Presumo que ha de haber intervenido en su detección como miembros de lo que el autor llama el «Frente Enemigo» armado por los militantes del ERP que hacían el servicio militar (¿realmente se llamaba así? Me cuesta mucho creerlo: parece), pero hasta ahora todo indica que no tuvo nada que ver con el hecho físico de la (tortura y) desaparición, excepto haber firmado un parte de deserción apócrifo como fue de práctica en casi todos los 129 casos recopilados por el «Capitán sin tacha», José Luis D’Andrea Mohr, en su libro «El batallón perdido».

No conocía el autor. Lo googleé y me enteré asi que es hijo de Roberto Mario Santucho, el ya mítico secretario general del PRT y comandante del ERP, y que se crió en Cuba. Más sobre él y sobre la revista Crisis, puede leerse aquí: http://www.diariocruzdelsur.com.ar/noticia/noticia/id/10054

PS: El mismo compañero que me envió la nota anterior, me envió también un reportaje que le hizo la misma revista Crisis a la ex ministra de Defensa, Nilda Garré. Aunque no sé si esta entrevista salío publicada en el mismo número que la nota que sigue, están íntimamente emparentadas. Tanto que considero imprescindible «pegarla» a continuación. De todo lo que dice Nilda desdeWashington lo que más me alarma es que hable en pasado del proyecto de fabricar drones en base a tecnología preponderantemente nacional. Habida cuenta de la elección por parte de Brasil de comprar drones israelíes, temo que ese loable proyecto se haya abandonado o esté en trance de abandonarse. Si alguién puede aportar información, se agradecerá.      


doctrina de seguridad nacional y popular / culo sucio / batallón enemigo el general militante

Por Mario Antonio Santucho / Crisis

¿Qué hacer con el Ejército argentino en un país sin hipótesis de conflicto, con estrategias diplomáticas regionales de integración y con una ley de seguridad interior taxativa? ¿Qué pasó para que el culto democratizador de la separación entre el Estado y las Fuerzas Armadas se haya desequilibrado?. Los límites que Milani amplía quedarán corridos para el futuro. Dilemas de un Gobierno atrapado por las demandas de orden, la necesidad de espionaje y el imaginario infantil de tener un ejército del pueblo

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Foto: Santiago Hafford

Una vez Néstor Kirchner le dijo a su ministra de Defensa: «no quiero un ejército politizado, porque si yo tengo un ejército kirchnerista hoy, al día siguiente voy a tener un ejército antikirchnerista». La sensatez del razonamiento torna más llamativa la evolución de las Fuerzas Armadas desde la aparición del factor Milani. El actual jefe del Estado Mayor del Ejército declaró en una entrevista con Hebe de Bonafini en diciembre de 2013 que «en los últimos diez años se ha consolidado un proceso de transformación en las Fuerzas Armadas que han empezado a ver un proyecto nacional o un modelo de país en el que las Fuerzas quieren insertarse muy profundamente».

Los notables avances y los sorprendentes retrocesos del oficialismo en esta materia tienen solo una explicación posible: los motivos de la alianza entre el Gobierno y el general Milani son inconfesables. Al cabo de una década donde la política asegura haber recuperado el protagonismo gracias al influjo del consumo reparador, la reposición de soberanía estatal y los discursos mediáticos, las fuerzas conservadoras e invariantes que pululan en los subsuelos del espionaje interior asoman en la superficie para influir en lo que viene. Hay quienes dicen que resulta inevitable meter las patas en la fuente de esta racionalidad nocturna de espías, escuchas y cazafantasmas, cuando lo que se pretende es consolidar la hegemonía de un proyecto de poder. Pero a medida que el «día siguiente» se acerca, los militares recuperan autonomía y se generan las condiciones para que vuelvan a ocupar un lugar en la escena.
 

la inteligencia sin estado 

En octubre del año 2000 Nilda Garré asumía la Secretaría Ejecutiva de la Unidad Especial de Investigación creada por el gobierno de la Alianza con el objetivo de esclarecer el atentado a la AMIA. Un año después renunció por las presiones frente a sus intentos de deshacer la madeja que el menemismo había tejido en la Justicia para manipular el esclarecimiento del hecho. La onda expansiva de la caída de las Torres Gemelas había llegado hasta Buenos Aires.

Por esa época, la por entonces senadora del Partido Justicialista Cristina Fernández de Kirchner integraba la Comisión Bicameral de seguimiento de la Investigación de los atentados a la Embajada de Israel y al Edificio de la AMIA, creada en septiembre de 1996. La suya fue una de las pocas voces disidentes al interior de aquel cuerpo legislativo especial orientado a respaldar la dudosa actuación del juez federal Juan José Galeano y de los fiscales, entre los que se encontraba Alberto Nisman. Cuando el siglo veinte agonizaba, tanto Cristina como Nilda conocieron la urdimbre del espionaje local, cuyos hilos se regenteaban desde los Estados Unidos e Israel. De aquel entonces data la amistad de ambas con Fernando Pocino, un agente de la SIDE de ascendencia radical que durante el kirchnerismo cobraría relevancia. Durante el diciembre más caliente de la historia argentina, algunos políticos volvieron a tocar la puerta de los cuarteles. La declaración del Estado de Sitio el 19 de diciembre de 2001 era concebida por el entonces ministro de Defensa Horacio Jaunarena como el primer paso de una estrategia prevista por el artículo 32 de la Ley de Seguridad Interior: «el Presidente de la Nación (…) dispondrá el empleo de elementos de combate de las Fuerzas Armadas para el restablecimiento de la normal situación de seguridad interior, previa declaración del estado de sitio». Un asesor militar halló en el escritorio de Jaunarena, entre sus papeles abandonados luego de la estampida del Gobierno De La Rúa, un decreto cuidadosamente redactado por el cual se creaban los Comandos Operacionales previstos por el inciso «b» del artículo antes citado: «Se designará un comandante operacional de las Fuerzas Armadas y se subordinarán al mismo todas las demás fuerzas de seguridad y policiales». La ventana legal hacia la militarización de la seguridad interna estaba a punto de ser abierta. Pero entonces se escuchó el quesevayantodos.
Por esos días, un ignoto César Milani era promovido a coronel del Ejército. 

ponele garra 

En apenas cuatro años de exposición pública César Milani se perfila como el protagonista del tercer acto relevante de la pálida película militar en democracia. El primer acto fue la puja ochentista entre los genocidas en retirada y la estridente aparición de los carapintadas. En el segundo, un acongojado general Balza ofrenda a la tribuna un corte autocrítico respecto al pasado y neutraliza las hipótesis de politización en la década neoliberal. Empaladas por la vergüenza de haber sido la peor usina del autoritarismo, desfinanciadas hasta la inanición, e incapacitadas de imaginar nuevos horizontes de desarrollo, las Fuerzas Armadas arribaron al siglo XXI con la lengua afuera.

La gestión de Nilda Garré al frente del ministerio entre 2005 y 2010 fue un antes y un después porque apuntó a remover las bases de sustentación institucionales, atacando al mismo tiempo el aspecto ideológico (los derechos humanos como valor supremo), la cuestión cultural (modificación de cuajo de la formación militar), y apuntalando la presencia femenina al interior de las Fuerzas. Desde el punto de vista político Garré avanzó decididamente sobre la autonomía militar en el manejo de las Fuerzas.

Para Marcelo Saín, autor del libro Los votos y las botas (2010), la etapa de Garré fue la mejor gestión de la democracia en el área de Defensa «ya que tuvo como horizonte la construcción de capacidad de mando ministerial sobre el aparato militar, apropiándose exitosamente de facultades de conducción que históricamente habían sido delegadas a los Estados Mayores de cada fuerza.» El autor considera que «después de ese proceso exitoso, muy poco valorado políticamente porque fue más bien un proyecto ministerial y no gubernamental, con la llegada de Puricelli se vuelve todo atrás». Pero su preocupación no se ubica a nivel de los políticos sino en la expansión de la influencia de Milani, a quien en su libro refería sin nombrarlo como un «asesor de inteligencia de poca monta que opera en el entorno de Nilda Garré».

Saín está convencido de «que el Gobierno, así como no era del todo consciente de lo que significaba la agenda de Nilda en Defensa, tampoco conoce bien el giro que implica Milani hacia el interior de las Fuerzas. No está dentro del Panel de Control del Gobierno Nacional y mucho menos de un gobierno en retirada, inmerso en una crisis económica». 

ascensor verde 

César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani fue ascendido a general de Brigada en el 2007. Ese mismo año consuma una operación de inteligencia exitosa. Mientras se ultimaban los preparativos para el traspaso de mando de Néstor a Cristina, los funcionarios ponían fichas y hacían sus apuestas. El todoterreno Aníbal Fernández, por entonces ministro del Interior, especulaba con saltar a Defensa. Para conseguirlo conspiraba con el titular del Ejército Roberto Bendini, y con el jefe de la Inteligencia Militar (conocida como J-2) Osvaldo Montero. Tal fue la versión que el segundo de Montero le presentó a la ministra Garré, de manera reservada. El carpetazo desencadenó el despido del jefe de los espías y el ascenso de Milani al comando de la J-2. Al año siguiente también Bendini, el general que bajó los cuadros, fue pasado a retiro, sin honores.

Todo liderazgo militar se construye en dos terrenos distintos. De un lado la carrera profesional, que no se rige por parámetros puramente meritocráticos. Para escalar la pendiente es preciso asumir determinados estilos, tejer complicidades y ser portador de una cierta representatividad corporativa. El tono conservador impregna las conductas desde el mismísimo Colegio Militar. Para aquellos que acceden a la plana mayor del generalato, la rosca pasa a ser el elemento determinante. El vínculo con los actores políticos se constituye en el factor clave.

Milani juró lealtad al proyecto de Garré y supo poner a su disposición el aparato de Inteligencia del Ejército 

Los primeros movimientos luego del 2007 fueron de seducción. El General depuró a todos los agentes involucrados con la represión dictatorial y acató con entusiasmo la modernización del servicio de espionaje.

La jerarquización de la Inteligencia militar fue uno de los principales ítems en el rediseño de las Fuerzas Armadas imaginado desde el ministerio, en función de las nuevas teorías sobre lo bélico, lo que se expresó en el crecimiento significativo del presupuesto dedicado a la materia y en la considerable expansión de su red de influencia, ubicando seccionales en casi todas las unidades que el Ejército posee en el país, por mínima que resultase.

2010 fue el año bisagra en esta historia. Los primeros días de enero una pieza clave del equipo de Nilda Garré presentó su renuncia; el por entonces viceministro Germán Montenegro, actual titular de la Policía de Seguridad Aeroportuaria, se alejó del ministerio molesto por el crecimiento de Milani dentro de las Fuerzas. En la prensa, Montenegro da cuenta de una alianza entre el General espía y otro hombre clave del espionaje nacional, el actual jefe del Departamento de Reunión Interior de la Secretaría de Inteligencia del Estado, Fernando Pocino. El alcance de esta conexión es y seguirá siendo un enigma, pero puede deducirse su importancia como base de sustentación del proyecto de Milani.

En febrero de ese mismo año la revista Veintitrés publicó «Todos los nombres del Batallón 601. Un documento histórico: la lista completa de todos los que integraron entre 1976 y 1983 el organismo de inteligencia de la dictadura militar», información desclasificada por Milani. Tres meses después el Ejército participó de manera entusiasta en los festejos del Bicentenario, impactante e inesperado momento de reunificación patria. Según el investigador Máximo Badaró, «la celebración del día del Ejército, el 29 de mayo, se transformó en la ocasión privilegiada para reescribir su pasado institucional y restaurar la sintonía entre la memoria militar y la memoria nacional. Para ello las autoridades militares construyeron un relato que omitía su protagonismo en la última dictadura y resaltaba en cambio su contribución al desarrollo económico y social del país, y sus vínculos con la sociedad en el contexto democrático actual» (Historias del ejército argentino, 2013).

A partir de la muerte de Néstor Kirchner en octubre del 2010, y especialmente luego de los enfrentamientos de diciembre en el Parque Indoamericano de la Ciudad de Buenos Aires, donde tres personas murieron como consecuencia de la represión de las fuerzas policiales, un nuevo esquema se perfiló en el área de Seguridad.

La magnitud alcanzada por un nuevo tipo de conflicto social que ha transformado los territorios provocó el desborde de las policías federales y provinciales, que fueron penetradas por la potencia económica de las redes criminales anulando la histórica regulación del delito ejercida por las fuerzas de seguridad. En este contexto se decidió profundizar la intervención de Gendarmería Nacional y Prefectura Naval en tareas policiales, trasladando miles de efectivos de las fronteras hacia las ciudades. El 10 de diciembre se creó el ministerio de Seguridad y Nilda Garré fue nombrada a cargo de la nueva estructura. Arturo Puricelli, un viejo político santacruceño, asumió como ministro de Defensa. A partir de este momento los asuntos militares se deciden directamente entre César Milani y la presidenta Cristina.

Antes de navidad Milani es ascendido a general de División y pasa a controlar la subjefatura del Ejército. Por primera vez su figura es cuestionada públicamente durante la discusión de los pliegos en el Senado, donde se le achaca una supuesta afinidad con los carapintadas. Pero en lugar de discutir su actuación en el presente, quienes exigen la dimisión del nuevo hombre fuerte del Ejército buscan argumentos únicamente en el pasado para desautorizarlo. 

fronteras de la ley 

El terrorismo fue la primera de las «nuevas amenazas» señaladas por el Comando Sur del Ejército Norteamericano que se hizo presente en el país procedente de Irán, según las investigaciones judiciales. Dos décadas más tarde el narcotráfico, proveniente de Bolivia, Paraguay y Colombia, ocupa el centro de las obsesiones de los servicios secretos.

De acuerdo a información recabada por Saín entre oficiales actualmente en actividad, el Ejército Argentino viene realizando actividades de patrullaje militar en el norte al menos desde octubre de 2011. Los efectivos asignados a tareas relacionadas con el combate al narcotráfico pertenecen a las Brigadas V con asiento en Salta, XII en Posadas y III en Resistencia. Las patrullas están conformadas por personal del Ejército que participa con restricciones de su accionar, aunque portando armas, y siempre bajo el mando formal de algún gendarme. Tales maniobras forman parte del Operativo Fortín II, la mayor movilización operativa de las Fuerzas Armadas desde la Guerra de Malvinas.

Fortín II es el dispositivo creado para incluir a las Fuerzas Armadas en el Operativo Escudo Norte, una iniciativa del ministerio de Seguridad durante la gestión Garré. Las leyes de Defensa Nacional y de Seguridad Interior promulgadas en democracia impiden expresamente a los militares intervenir en tareas policiales, sin embargo esta última prevé que «el Ministerio de Defensa dispondrá en caso de requerimiento del Comité de Crisis que las Fuerzas Armadas apoyen las operaciones de seguridad interior». Como suele suceder en toda trama normativa que incorpora la excepcionalidad como posible, la interpretación se torna un campo elástico sujeto a las relaciones de fuerzas.

La lectura de los decretos y resoluciones arrojan una tensión significativa sobre cómo irían a involucrarse las distintas Fuerzas. La Resolución Ministerial que establece el Fortín II fue firmada por el ministro de Defensa el 12 de julio de 2011 y solo indica «incrementar y fortalecer las capacidades de vigilancia y reconocimiento de materia aeroespacial». Una semana después el decreto de creación del Escudo Norte señala «que tendrá por objetivo incrementar la vigilancia y el control del espacio terrestre, fluvial y aéreo de jurisdicción nacional en las fronteras noreste y noroeste de la República Argentina».

Ambos Operativos comenzaron el 20 de julio y debían concluir el 31 de diciembre del 2011. Las Fuerzas Armadas aportarían la información recabada por el Sistema Nacional de Vigilancia y Control Aeroespacial (Sinvica), un plan de radarización que data del 2004 con el objetivo de monitorear el tráfico aéreo. El procedimiento consiste en detectar «los vuelos irregulares» y transmitir ese «dato neutro» a las fuerzas de seguridad para que procedan a su seguimiento y eventual detención. El 7 de agosto, dos semanas después de iniciadas formalmente las operaciones, un helicóptero de Gendarmería derribó una avioneta Cessna con 70 kilos de marihuana en Campo de Gallo, 200 kilómetros al norte de Santiago del Estero. El Eurcopter AS350 de Gendarmería también cayó al suelo luego de ser embestido por el avioncito narco.

Dentro de este contexto operativo el Ejército no tenía mayor protagonismo. Pero comenzó a presionar. Hasta que el 9 de septiembre de ese mismo año se firmó una Resolución Conjunta que dispone «la transferencia desde el Sistema de Defensa Nacional al Sistema de Seguridad Interior de datos neutros relativos a movimientos terrestres que fueran oportunamente registrados por las Fuerzas Armadas en el marco del ejercicio regular de sus funciones de vigilancia y control». Para tales efectos se emplearían «Radares tácticos de vigilancia terrestre (Rasit), de dotación del Ejército Argentino, en la zona delimitada por el Operativo Fortín II». Conscientes de la ambigüedad de la orden, la Resolución Interministerial anexa un Protocolo que confirma la diferencia esencial entre lo que debe considerarse un Tráfico Aéreo Irregular y lo que se denomina un movimiento terrestre «irregular». El primero es fácil de determinar, pues todo vuelo que no haya sido informado a la Administración Nacional de Aviación Civil debe ser considerado sospechoso, pero como los vehículos terrestres circulan libremente «no se puede calificar de irregular un movimiento terrestre en la pantalla de un radar táctico, hasta tanto sea debidamente interceptado e identificado por las Fuerzas de Seguridad».

Así fue como el Ejército comenzó a desplegar sus unidades en el territorio norte del país, con un agravante: a diferencia del sistema radarístico controlado por Fuerza Aérea que posee ubicaciones fijas, los Rasit deben ser empleados de manera móvil y ello supone desplazamientos fuera de los cuarteles, un patrullaje que se sitúa en el borde de la legalidad. La solución que hallaron los brigadieres de Fuerza Aérea a cargo del Operativo fue permitir los desplazamientos siempre y cuando estuvieran bajo las órdenes y la responsabilidad de efectivos de Gendarmería. El desempeño de los radares fue pésimo pero la presencia militar en los territorios permanece y se ha incrementado en los últimos meses. 

negocios de arma dura 

La estrecha afinidad del general Milani con el poder político se traduce en prerrogativas y beneficios que le permiten construir legitimidad entre sus pares. El Operativo Fortín II es un argumento de peso, no solo por su magnitud estratégica sino también por lo que implica presupuestariamente. El Decreto 1091/2011 establece que se aplique al personal militar afectado «un régimen de viáticos equivalente al homologado para el personal de la Administración Pública Nacional establecido en el artículo 45 del Anexo I del Decreto Nº 214 del 2006, con sus sucesivas modificaciones, como así sus normas particulares de liquidación». Esto permite a los soldados y oficiales casi duplicar sus menguados sueldos, ya que todos los gastos de manutención son cubiertos por el Ejército.

En el mismo sentido se advierte el crecimiento del número de integrantes de la cúpula militar. Según datos brindados por el historiador Máximo Badaró al finalizar la dictadura el Ejército contaba con 102 generales para un total de 103 mil efectivos, pero ya en 1984 esa cantidad se había reducido a 39 y durante los veinte años que van de 1990 a 2010 no pasaron de 35. Pero esa tendencia decreciente se quebró y actualmente hay al menos 54 generales para una dotación que ronda los cincuenta mil miembros, un promedio de 1 x mil, como en 1982. Esta propensión a la macrocefalia contradice el intento por constituir un mando unificado de las tres fuerzas, pero resulta bien vista al interior del Ejército en tanto amplía las posibilidades de ascensos, «ensanchando el embudo».

Cuando la Presidenta en junio de 2013 ordena el recambio de todos los jefes militares la consagración de César Milani resulta definitiva. Por primera vez en la historia del Ejército argentino un oficial del área de Inteligencia asume la jefatura de la Fuerza, a contrapelo de la tradición que ubica a la Artillería, la Infantería y la Caballería como los tres servicios principales con los que se maneja una guerra. Al mismo tiempo el general de División Luis María Carena, también procedente del área de Inteligencia y por lo tanto subordinado de Milani, fue ubicado al frente del Estado Mayor Conjunto desplazando al brigadier general Jorge Chevalier quien se desempeñaba en ese puesto desde el 2003. Otro general del Ejército, Luis Cundom, es designado comandante operacional del EMC. Milani multiplica su influencia ubicando a cuadros de la Inteligencia Militar en puestos claves.

Un hecho aparentemente sin vinculación con esta trama pero que algunos baqueanos de las redes del espionaje local señalan como muy relevante fue la firma a comienzos del 2013 del Memorándum de Entendimiento entre Argentina e Irán sobre los temas vinculados al ataque a la sede de la AMIA. Según los entendidos este giro de 180 grados en las investigaciones constituye una afrenta a los conductores de la Secretaría de Inteligencia del Estado (ex SIDE), en especial al mítico Antonio Stiusso, hasta ahora vencedor de todas las internas en el organismo, de fuertes vínculos con la CIA y el Mossad. Stiusso desde la Dirección Nacional de Contrainteligencia detenta el monopolio estatal de las escuchas, posee fuertes influencias en el Poder Judicial de la Nación y reporta al Subsecretario Fernando Larcher, el pingüino al que Néstor encomendó pactar con los espías pero que nunca contó con la confianza de Cristina. En el contexto de una transición hacia el 2015 sin certezas de ningún tipo, la alianza entre el hombre fuerte de la Inteligencia Militar y el resucitado Fernando Pocino cobraría un relieve particular para el Gobierno. Un rumor ampliamente difundido en los corrillos de la politiquería porteña (con sucursales en Puerto Madero) asegura que la ex SIDE de Larcher y Stiusso elevó un informe a Presidencia en octubre de 2013 con la noticia de que Sergio Massa no se presentaría a las elecciones legislativas, en la que a último momento decidió participar ganándole con comodidad al oficialismo.

Estas versiones no pueden ser comprobadas porque pertenecen al universo de lo que no se puede admitir. Allí donde se conforman las bases de sustentación de una política que sigue teniendo el culo sucio y no lo admite se trenzan alianzas tal vez imprescindibles para un gobierno averiado, pero imperdonables por lo que podrían significar en un porvenir con los militares otra vez activos en los asuntos internos.
Según Alberto Binder, integrante del Acuerdo de Seguridad Democrática y de la Iniciativa Ciudadana para el Control del Sistema de Inteligencia (ICCSI), «Milani es un sapo muy grande para este Gobierno. Primero, si vamos a trazar una línea sobre quiénes tuvieron participación en la dictadura hay que ser claros. Entonces Milani queda del lado de los que nunca pueden ser jefes del Ejército por más que diga que era joven. Segundo, darle poder a la inteligencia militar en el contexto actual donde hay una presión internacional muy fuerte para que los ejércitos se metan en el tema de narcotráfico, terrorismo y seguridad interior es otra vez jugar con fuego. Tercero, darle una proyecto político de desarrollo nacional al Ejército es no conocer la historia que tenemos. No necesitamos al Ejército en las villas con La Cámpora. Hace mucho daño esta restauración del Ejército como sujeto político interno que se va metiendo por un lado y por otro».

En definitiva, lo que Milani ha logrado es concertar un gran negocio con el kirchnerismo. Ha trocado lealtad por cada vez mayor autonomía, algo que muy pocos han conseguido. El argumento del general es la inteligencia. Y la mentira. 

el batallón enemigo 

Hugo (sic)  Agapito Ledo, riojano de origen, estudiante de Filosofía en la Universidad de Tucumán, formaba parte del Frente Enemigo, una estructura creada en la década del setenta por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT-ERP) para coordinar a los militantes, aspirantes y simpatizantes en edad de hacer el servicio militar. El objetivo era prepararlos para realizar tareas de inteligencia en las filas enemigas. Todas las averiguaciones resultaban útiles a los fines de un mayor conocimiento de las Fuerzas Armadas, de sus instalaciones y capacidad, de sus planes y objetivos. Quienes integraban esta red secreta también tenían como misión las tareas de recuperación de armas, municiones, equipamiento, y la realización de sabotajes en forma permanente.

En 1973, durante la tentativa de copamiento del Comando de Sanidad por parte del ERP, quien abrió las puertas de ingreso al cuartel fue el soldado conscripto Hernán Invernizzi, que como consecuencia permaneció más de diez años prisionero. En 1974 la misma organización guerrillera asaltó el Regimiento 17 de Tropas Aerotransportadas con asiento en Catamarca, contando con la colaboración de algunos soldados que revistaban en dicha unidad militar. En su libro El Escuadrón Perdido, José D’Andrea Mohr cuenta 129 soldados conscriptos desaparecidos dentro de los cuarteles durante los años setenta. Investigaciones realizadas por el Instituto Espacio de la Memoria de Santiago del Estero confirman que varios de ellos pertenecían al Frente Enemigo. Como Hugo Milcíades Concha, santiagueño, estudiante de Ingeniería en Computación, que fue emboscado por sus jefes el 17 de mayo de 1976 en la cercanía de su propio cuartel, el Batallón de Ingenieros de Combate 141. Germán Cantos, también santiagueño y miembro del Frente Enemigo, estudiante de Psicología, desapareció el 3 de septiembre del mismo año y al igual que Ledo, fue sindicado como desertor.

El entonces teniente César Milani firmó el acta de deserción del conscripto Ledo el 17 de junio de 1976. Existen testimonios creíbles sobre el agravio que resultaba para un integrante promedio de las Fuerzas Armadas de aquella época el hecho de que militantes revolucionarios se infiltraran en una institución que se sentía portadora de la esencia nacional. Ninguna ofensa podía ser mayor para un militar de ley, incluso con convicciones democráticas. Sin embargo Milani jura que se trató de un trámite burocrático y fortuito. Y que pese a la intensidad alcanzada por los enfrentamientos, él desconocía absolutamente el marco político que rodeaba al caso. Con independencia de lo que pensemos sobre lo acontecido en los años setenta es difícil acallar la certeza de que el actual jefe del Ejército miente.
 

puerta de hierro 

En el libro Civiles y Militares. Memoria secreta de la transición, publicado en 1987, Horacio Verbitsky escribió que «cada gobierno tiene un tema con el que se lo identifica y en relación al cual se le piden cuentas. Perón fue criticado por su política institucional, sin que eso significara merma de su asombrosa popularidad. Pero su gobierno entró en crisis en 1952, cuando cambió el discurso de la justicia social por el de la productividad». El mismo criterio utilizaba el periodista-investigador para juzgar al gobierno de Alfonsín cuando las promesas radicales en materia de reconstrucción de la soberanía democrática hacían agua y anticipaban un triste y explosivo final.

El kirchnerismo intentó reunir los dos principales fundamentos que instituyeron legitimidad durante el siglo pasado; redistribución del ingreso más derechos humanos. En ambos campos el Gobierno emite señales de cierto cambio de rumbo, en un repliegue ordenancista y normalizador. Como si se admitiera que comenzó la fase de declive, se pretende una transición sin sobresaltos en un escenario cuyo corrimiento a la derecha parece ineludible. Sin ánimos ni disposición para un balance crítico sincero, el horizonte de las fuerzas comprometidas con «el proyecto» puede ser de disgregación y pérdida de autoridad moral para discutir lo que viene. La resolución del affaire Milani tendrá un peso determinante en este dilema. «Yo sé que cuando se vaya Cristina voy a tener que exiliarme», le dijo el general militante a un alto mando militar en una cena entre colegas. Los hombres y las mujeres pasan, las cagadas quedan.

doctrina de seguridad nacional y popular / entrevista / garré a sus plantas rendido un león

 
por Colectivo Editorial Crisis /
Nilda Garré fue protagonista de uno de los legados que imaginó la épica de la década ganada: domesticar a las tropas. Primero en Defensa, después en Seguridad, le puso el cuerpo al intento de gestionar las capas subterráneas que modelan los núcleos armados de la gobernabilidad. Hoy, cuando ese control político parece estar desplazándose hacia un lugar nuevo, Garré trabaja en Washington. Desde allí responde sobre la cuestión Milani, la demarcación entre defensa y seguridad, y el desarrollo tecnológico al servicio de las nuevas formas de la guerra.
Durante su gestión al frente del ministerio de Defensa entre 2005 y 2010 se promovió el área de la inteligencia militar. Tal prioridad coincide con las tendencias globales y se expresa en la llegada a la jefatura del Ejército de un militar proveniente de ese sector. ¿Cuál es su impresión sobre este proceso?

Puse mucha dedicación en el área de inteligencia de las fuerzas por las siniestras tareas que realizaron durante la dictadura y porque intuía que aun con la llegada de la democracia, si bien ya no torturaban ni desaparecían, podía haber una continuidad en la inteligencia interna con los procedimientos tradicionales y sobre sectores sociales que imaginaba. La denuncia del suboficial Alegre de la Marina en 2006, sobre las actividades que se desarrollaban en la unidad de inteligencia de la que él formaba parte en Trelew, corroboró esa intuición.

Aplicamos un modelo integral de modernización, dentro del cual la transformación del subsistema de inteligencia militar fue uno de los ejes. En esta dimensión específica, comenzamos por consolidar el gobierno político de un ámbito que había sido tradicionalmente oscuro y al que ningún civil había logrado acceder. Nos dispusimos a poner en práctica lo que ya establecía la ley de Inteligencia Nacional de 2002. Llevamos adelante una revisión exhaustiva de toda la doctrina (manuales y reglamentos) con la que las fuerzas armadas todavía se formaban y operaban. Modificamos textos que atrasaban décadas y estaban formateados en un mundo bipolar y de doctrina de seguridad nacional. Sin exagerar, había que refundar un área que había sido desvirtuada por las cúpulas militares del siglo XX para hacer espionaje político interno.

¿Qué méritos hizo César Milani para que se lo sostenga al frente del Ejército a pesar de las denuncias sobre su participación en la represión durante la dictadura? ¿Cuál es el proyecto de Milani y en qué sentido coincide con los objetivos del Gobierno?

*       El general Milani fue muy útil durante mi gestión en el ministerio de Defensa para llevar adelante las transformaciones en el área de Inteligencia de Ejército. Cuando me hice cargo de la función, él acababa de ser nombrado subdirector de Inteligencia por el jefe del Ejército, el general Bendini, a pesar de ser un oficial del arma de Ingenieros que acababa de dejar la Jefatura del Batallón de Ingenieros de Neuquén. Si bien había hecho en 1983 la especialidad de inteligencia y tuvo con posterioridad a esa fecha tres o cuatro años de destino en esa especialidad, su carrera había transcurrido en Ingenieros.
El general Montero, por entonces jefe de Inteligencia, tenía una actividad contraria a la gestión del Ministerio. Estábamos empeñados en lograr el control político de las Fuerzas Armadas. Por eso lo relevé y designé a Milani como director. Desde ese lugar, colaboró activamente con nosotros en el cambio de doctrina, la revisión de manuales, la compra de equipamiento para la realización de inteligencia de combate y la capacitación, colaboración que no pude obtener nunca por parte de la Marina. Además, jubiló a todo el personal civil de inteligencia que había estado durante la dictadura a los efectos de depurar el sector. También nos brindó colaboración en la desclasificación del personal civil de inteligencia que actuó en la dictadura. Milani siempre defendió la política que implementaba el poder ejecutivo respecto al control político de las Fuerzas Armadas, la sostuvo internamente frente a los sectores que la rechazaban. Fue leal con las políticas que implementábamos, quizás influido por cierta afinidad política familiar. Esta lealtad con las políticas del Gobierno era muy conocida internamente y le había granjeado algunos enemigos. Entiendo que estos sectores buscaron voceros políticos y mediáticos que quisieran atacarlo con diversos temas: que había sido carapintada primero y después lo relacionaron con la desaparición del soldado conscripto Ledo, en Tucumán. Sin embargo, fue el oficial al que sus superiores encomendaron las actuaciones administrativas por posible deserción, consistentes en completar formularios preimpresos.
Personalmente no creo las imputaciones que se le hacen. Vale recordar que era un oficial de apenas 22 años, recién salido del Colegio Militar y del arma de Ingenieros. Por consiguiente, no es fácil pensar que pudieran haberle dado un rol importante en la represión. No obstante el tema lo está investigando la Justicia y espero llegue a la verdad cualquiera sea esta. Si el general Milani fuera culpable de algunos de los cargos que le imputan los senadores Morales y Cano, o el periodista Santoro de Clarín, entre otros, seré la primera en condenarlo. Por ahora no está ni siquiera procesado en ninguna de las causas. No me gusta condenar a nadie sin tener la tranquilidad de que ha sido juzgado debidamente y con posibilidad de defenderse. Si no hiciéramos las cosas de esa manera, seríamos como ellos.
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Uno de los mayores logros de su gestión al frente del Ministerio de Defensa fue el fortalecimiento del mando civil sobre las Fuerzas Armadas. En este sentido fue importante la articulación de un Estado Mayor Conjunto (EMCO) con capacidad de conducción estratégica. La expansión de la influencia del general Milani en los últimos años y la reciente designación al frente del EMCO de uno de sus colaboradores en el Ejército, ¿sugiere la reposición de cierta autonomía castrense en base a la proyección de un sector determinado del Ejército?
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El gobierno político de las fuerzas armadas fue el objetivo principal de mi gestión, especialmente recomendado por el presidente Kirchner porque era una tarea pendiente a pesar de los muchos años transcurridos desde la recuperación de la democracia. Se trataba, nada más y nada menos, que de cumplir con la ley de Defensa. Además, nos empeñamos en un proceso de modernización del sistema de defensa y de su instrumento militar, las fuerzas armadas. Al asumir, Kirchner designó como jefe del EMCO al brigadier general Chevallier, veterano de la Guerra de Malvinas con prestigio profesional. Ese cargo rota tradicionalmente entre las distintas armas. Atento la prolongada jefatura de un oficial de la Fuerza Aérea Argentina, resulta totalmente lógico que la nueva designación cayera en un oficial del Ejército y entiendo que no corresponde asignarle a este hecho otras interpretaciones y mucho menos entenderlo como un retroceso en el proceso de conducción política de las FFAA.
un kafka en la frontera
¿Cuál ha sido el desempeño del Operativo Escudo Norte y su derivado el Operativo Fortín II?

La ley de Defensa y la ley de Seguridad Interior son muy claras en la delimitación de los ámbitos jurisdiccionales entre fuerzas armadas y fuerzas policiales y de seguridad. Las primeras tienen vedado participar en operaciones internas. Sin embargo, ello no significa que tengan excluido cooperar con las fuerzas de seguridad, por ejemplo, compartiendo información de intrusiones al espacio nacional detectadas por sus sensores. El lanzamiento articulado de los Operativos Escudo Norte y Fortín II fue la decisión de obtener el máximo de sinergia de los Sistemas de Defensa y Seguridad, respetando sus especificidades y competencias. La división del trabajo quedó clara en el Decreto y en los protocolos complementarios. El Ministerio de Defensa, con el Fortín II y a través de sus Fuerzas Armadas, incrementaba su vigilancia y control de los espacios nacionales, usando para ello radares de Fuerza Aérea y Ejército. Las Fuerzas Armadas solo comunicaban al ministerio de Seguridad las irregularidades que detectaban sus radares y las Fuerzas de Seguridad averiguaban de qué se trataba. No había otro objetivo que no fueran vuelos supuestamente irregulares o tránsito de camiones por zonas inhabituales. El ministerio de Seguridad, con el Operativo Escudo Norte y empleando a Gendarmería y Prefectura, reforzaba su capacidad de interdicción terrestre y fluvial, con mayores recursos y mejor información táctica. El primer año de Escudo Norte aumentamos un 850 por ciento el patrullaje de la zona delimitada (de 400 a 3800 patrullas). Como resultado, se incrementó sensiblemente la incautación de drogas y mercaderías de contrabando y se duplicaron las detenciones de personas implicadas en narcotráfico.

Los sucesivos decretos y resoluciones relacionados con el Operativo Escudo Norte muestran cierto desplazamiento en el objetivo que se persigue: de la búsqueda de información sobre las “incursiones aéreas ilegales” a los “movimientos terrestres irregulares”. Y nos llegó la información de que en la actualidad existen unidades del Ejército patrullando territorios del norte del país en conjunto con efectivos de Gendarmería. ¿No podría considerarse esta evolución como un paso hacia la policialización de las Fuerzas Armadas?

Déjeme aclararle la impresión. No ha habido ningún “desplazamiento” de objetivos. La presidenta de la Nación ha prorrogado cada año el sostenimiento del Operativo Escudo Norte, tal cual como fue originalmente concebido: como una articulación más inteligente del Estado. Donde las distintas áreas generan información y la entregan a la Fuerza a la que le corresponde intervenir para maximizar la eficacia general. Plantear que se están “policializando” las fuerzas armadas por el hecho de que el Comando Operacional Conjunto avise en tiempo real a Gendarmería y Prefectura las intrusiones que detectan sus sensores, es un poco kafkiano.

Sin embargo, tal vez sea legítima la preocupación de distintos sectores sociales y políticos ante la utilización de las Fuerzas Armadas en situaciones o conflictos como pueden ser el narcotráfico. El debate se remonta muchos años atrás, cuando el Comando Sur de los Estados Unidos incluyó estas actividades entre las llamadas “nuevas amenazas”. Ante un posible cambio de gobierno, ¿no teme que iniciativas como el Operativo Fortín II puedan ser el punto de partida para un involucramiento más decidido de los militares en los asuntos de Seguridad Interior?

La preocupación de distintos sectores sociales y políticos ante la utilización de las fuerzas armadas en situaciones de lucha contra el narcotráfico y otros delitos está totalmente justificada porque, a pesar de la claridad de las normas de la ley de Defensa ratificadas después en la ley de Seguridad Interior, permanentemente hay grupos y personalidades que impulsan esta posibilidad. Llevan muchos años fracasando en ese intento y lamentablemente para ellos las experiencias de Colombia y más recientemente de México no los ayudan. Los procesos de esos dos países que militarizaron su lucha contra las drogas no solo no lograron un resultado exitoso, sino que provocaron una terrible escalada en la espiral de violencia, ocasionaron miles de víctimas y por si fuera poco corrompieron a sus FFAA. Por supuesto que atrás de los sectores internos que alientan esta posibilidad está la presión de los Estados Unidos que ha impulsado una variante de la doctrina de seguridad nacional en la que “el enemigo marxista” ha sido reemplazado por las “nuevas amenazas”, palabras que incluyen distintas hipótesis desde las migraciones campesinas hasta el narcotráfico y la trata de personas, situaciones que Estados Unidos, entiende, pueden afectar su seguridad. El Operativo Fortín que hoy se desarrolla en nuestro país está encuadrado en la normativa vigente y no debe preocuparnos. La legislación argentina es muy clara. Pero hay que estar muy atento a los enemigos de siempre si quisieran modificar la normativa vigente para lograr sus objetivos.
los drones no tienen sentimientos
En septiembre de 2011 el ministerio de Se guridad y el ministerio de Defensa firmaron un acuerdo que incluyó un programa para desarrollar aviones no tripulados. ¿Qué objetivos tenía ese programa?

La pregunta se refiere al proyecto SARA (Sistema Aéreo Robótico Argentino). Su origen se remonta a 2006 cuando decidimos evaluar y consolidar los proyectos de investigación y desarrollo de vehículos aéreos no tripulados (UAV) que desde mediados de los noventa venía ejecutando por separado cada fuerza armada. La consolidación de los tres proyectos de UAV procuraba potenciar la interoperabilidad del Instrumento Militar, fomentando una mayor sinergia operacional entre las fuerzas.
Dada la complejidad tecnológica de estos sistemas, contactamos a la empresa INVAP y a fines de 2010 suscribimos un convenio de asistencia. Al poco tiempo, asumo como ministra de Seguridad y compruebo que las fuerzas de seguridad también requerían de este equipamiento para el control de espacios jurisdiccionales. La presidenta nos indicó al ministro de Defensa y a mí trabajar en la posibilidad de normalizar UAV entre Fuerzas de Seguridad y Fuerzas Armadas, la escala iba a hacer más viable el desarrollo del proyecto a nivel nacional. En octubre de 2011 firmamos un convenio tripartito con INVAP para consolidar los requerimientos operativos y elaborar un informe de factibilidad del proyecto SARA. A mediados de 2012, INVAP presenta su primera propuesta que implicaba un desarrollo de ocho años con una inversión de 220 millones de dólares. En ese período INVAP entregaría cuatro aeronaves Clase II y tres aeronaves Clase III, dos estaciones de control, cuatro estaciones de operador adelantado, once cargas útiles (un radar de apertura sintética, siete plataformas de cámaras giroestabilizadas –FLIR- y tres retransmisores de comunicaciones) y capacitación técnica.
Los cálculos expertos indicaron que alcanzar las mismas capacidades operacionales a través de tecnología extranjera madura hubiese consumido una tercera parte de esa inversión total pero hubiese significado resignarse a la dependencia tecnológica en un área estratégica. Los países de la Unasur que para ese entonces habían adquirido UAV Clase II y III (Brasil, Chile y Ecuador) se habían inclinado por productos israelíes dadas sus prestaciones y el hecho de ser equipos probados en combate. Por el contrario, para el proyecto SARA era prioritario dominar todas las tecnologías críticas e importar solo los componentes que no fuera sustentable producir en el país. Además, contemplaba un plan de desarrollo de la industria que estaba destinado a fomentar proveedores, certificar estándares de producto y procesos de fabricación bajo normas internacionales y capacitación de personal. La implementación de este proyecto iba a dar lugar a un fuerte impulso a ciencias y disciplinas complejas como la aerodinámica y la robótica, entre muchas otras. El proyecto SARA sería un esfuerzo del Estado Nacional en hacer un uso estratégico de sus recursos, al articular áreas avanzadas de ciencia, tecnología y sector productivo nacional para alcanzar hitos de desarrollo de vanguardia, como ya sucedió con la producción de satélites, radares y reactores nucleares.

¿Qué tipo de aportes pueden realizar en materia de inteligencia interna y en custodia de fronteras este tipo de UAV?

Los UAV son plataformas teledirigidas con sensores embebidos. Incrementan básicamente la conciencia situacional sobre el área de intervención. En las Fuerzas Armadas esa capacidad de “ver” el teatro de operaciones es conocida internacionalmente como C4ISR (donde la I corresponde a inteligencia). Los UAV son una herramienta muy conveniente tanto para la inteligencia militar como para la inteligencia criminal. Si puedo multiplicar una hoy insuficiente capacidad de patrullaje de las aéreas de responsabilidad en tierra y mar tan solo recurriendo a sistemas más automatizados, la pregunta es: ¿por qué no habría de hacerlo?

¿Incluye este programa el desarrollo de prototipos de drones armados?

No. Los drones armados son incompatibles con el diseño del instrumento militar que la República Argentina necesita y ha definido para sí y son innecesarios para el sistema de seguridad. Hay otras formas más efectivas y confiables desde el esfuerzo nacional de policía para garantizar el derecho a la seguridad sin poner en el más mínimo riesgo el respeto a los derechos humanos.

Debe recordarse que la filosofía operacional de base para una policía o fuerza de seguridad es aplicar la menor cantidad de fuerza posible para garantizar el cese de una conducta delictual. Eso requiere de grados importantes de inteligencia social solicitados a un efectivo que muchas veces se desdeña. Ante conflictos en relaciones intrafamiliares o intracomunitarias, el policía debe ser un facilitador. Debe inhibir la escalada de violencia y poner a resguardo a la potencial víctima. Es demasiado pedirle eso, al menos por las futuras décadas, a un UAV.
http://www.revistacrisis.com.ar/a-sus-plantas-rendido-un-leon.html

 

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