LAPIDAR LA MEMORIA. Como ocultar el crimen más horrendo bajo toneladas de palabras
Me desayuné con esta contratapa de Página 12, solo para suscriptores. Me llegó al corazón entre otros motivos porque fui corredactor junto a Ricardo Ragendorfer del libro que expone la investigación del Archivo Nacional de la Memoria sobre el bombardeo del 16 de junio de 1955. E incluso estuve identificando una por una las polvorientas actas de defunción de los asesinados. Recomiendo a los interesados que bajen aquí el PDF del libro, por las dudas de que el actual gobierno dictatorial (se propone gobernar por decreto) se le ocurra disolver la Secretaría de Derechos Humanos y su apéndice, el ANM, y luego borrar sus vestigios en internet. Está a la vista que son capaces de disolver a todo el estado, excepto el aparato represivo y más vale prevenir que curar. El libro se encuentra aquí.
Los dejo con la nota de Gustavo Veiga, después haré algunos comentarios.
Catorce toneladas que caben en dos historias

POR GUSTAVO VEIGA / PÁGINA 12 (gveiga@pagina12.com.ar)
La coincidencia es notoria. En la cifra que define a los hechos y en la unidad de medida de lo que se arrojó sobre Buenos Aires con 62 años de diferencia. En lo que no hay concordancia posible es en la dimensión de dos episodios históricos que revelan situaciones y actores opuestos. No son lo mismo catorce toneladas de bombas que catorce toneladas de piedras aunque pesen igual. Las bombas se tiraron el 16 de junio de 1955 sobre una población civil indefensa. Un jueves, un día laborable. Pilotos golpistas en vuelos rasantes de la aviación naval y los Gloster Meteor de la Aeronáutica ejecutaron la faena sangrienta. Transcurrían los últimos meses de Perón en su segunda presidencia. El gobierno caería a mediados de septiembre.
La tragedia de las catorce toneladas de explosivos que cayeron desde el cielo está documentada en una investigación colectiva impulsada desde el Estado. Su objetivo, aunque tardío, fue recordar y hacer memoria por las víctimas. Se publicó una primera versión en 2010 y el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos revisó y amplió el trabajo en 2015. En ambos casos resultó clave la decisión política de Néstor y Cristina Kirchner. Había que reparar mediante la ley 26.564 a los familiares de los 309 asesinados y más de mil heridos que pudieran haber sobrevivido.

Dice el prólogo: “El bombardeo de una ciudad abierta por parte de fuerzas armadas del propio país es un acto de terrorismo que registra pocos antecedentes en la historia mundial, ocurridos en el fragor de guerras civiles muy cruentas que asolaron a esas naciones”.
Guernica es el primer ejemplo que surge comparable. El 26 de abril de 1937 aviones de la Legión Cóndor alemana pulverizaron la pequeña ciudad vasca. Pero en ese caso fueron pilotos del III Reich sin identificación con la colaboración de colegas italianos del régimen fascista de Mussolini.
Franco atribuyó hasta su muerte ese crimen al gobierno de la República. Aprendió a mentir tan bien como Goebbels. La diferencia de ese ataque con el perpetrado en Buenos Aires es que la aviación no era de la misma nación de las víctimas que recibieron sus bombas. Tampoco lo es hoy en Gaza y El Líbano, donde los F-35 y F-15 provistos por EE.UU a Israel llevan asesinados a casi 42 mil palestinos en Gaza y 2.350 ciudadanos en El Líbano sin contar, en ambos casos, a los heridos y desaparecidos.
El libro Bombardeo del 16 de junio de 1955 documenta con textos y fotografías la masacre cometida por aviones que llevaban escrito en su fuselaje el símbolo de Cristo vence. La cifra de catorce toneladas de explosivos sale de sus 245 páginas, igual que el cálculo de más de cien bombas caídas sobre el centro porteño en un radio que comprendía “entre las avenidas Leandro N. Alem y Madero, desde el Ministerio de Ejército (Edificio Libertador) y la Casa Rosada, en el sureste, hasta la Secretaría de Comunicaciones (Correo Central) y el Ministerio de Marina, en el noroeste”.
La derecha argentina, hoy mimetizada en la extrema derecha que lidera Milei, siempre busca significantes donde guarecerse o para contar su propia versión de la historia. La palabra libertad es su signo lingüístico preferido. La libertad vacua que se desvirtúa en boca de un gobierno libertario que oprime sobre todo a jubilados y estudiantes.
“Libertadora” fue el nombre que eligieron los militares y comandos civiles del ’55 para definir su identidad política de licuadora. Fusiladora la llamó Rodolfo Walsh después de las ejecuciones clandestinas en los basurales de José León Suárez. “Bombardeadora” la definió Carlos Gogo Morete – uno de los investigadores del libro publicado en 2015 – durante una entrevista reciente que le hicieron alumnos de la carrera de Comunicación de la UBA.
Hay una línea de continuidad política entre aquel golpe de Estado cruento contra Perón, la dictadura genocida del ’76 y el gobierno neofascista de La Libertad Avanza que también bastardea la palabra con que se autodefinieron Aramburu y Rojas. El documento histórico citado lo demuestra. Señala que el almirante Aníbal Olivieri, rendido a las tropas leales pidió clemencia acobardado ante la posibilidad de que una multitud de trabajadores invadiera el ministerio de Marina. Sus tres ayudantes serían veintiún años después, golpistas con altos cargos en el autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional. Los capitanes de fragata Emilio Eduardo Massera, Oscar Montes y Horacio Mayorga. El primero integrante de la Junta liderada por Videla, el segundo canciller y el último uno de los involucrados en la masacre de Trelew.
El plano secuencia de la historia llega hasta hoy. Guillermo Francos, el actual ministro del Interior, es hijo de Raúl Francos, el marino que bombardeó desde el crucero 9 de julio los tanques de combustible en el puerto de Mar del Plata el 19 de septiembre de 1955. Un día después Perón empezaba su exilio en una cañonera paraguaya.
Las catorce toneladas de bombas lanzadas sobre una población indefensa con la excusa de matar al líder del justicialismo, nunca existieron en la cosmovisión de los golpistas. El hecho se tornó invisible en los institutos educativos en las décadas siguientes. Como el franquismo en su versión negacionista cuando se refiere a la destrucción de Guernica, en un volante de la Marina de Guerra en operaciones, los sublevados de Rojas y Aramburu titularon: “Responsabilidad de Perón y la CGT en la matanza de Plaza de Mayo”.
Pasados 62 años de aquel ataque al corazón de la república, el 18 de diciembre de 2017 las catorce toneladas de bombas se transformaron en piedras. El número apareció resignificado en la dialéctica confrontadora de la derecha, cuando aquel día el Congreso buscaba aprobar la ley de Movilidad Jubilatoria ideada por el gobierno de Mauricio Macri. La información oficial dio cuenta de que se habían tirado “catorce toneladas de piedras” contra las fuerzas de seguridad. Repetida con frecuencia se aceptó como una verdad revelada.
El 19 de mayo de 2020, Patricia Bullrich repitió en un posteo la cifra convalidada por el gobierno que había integrado como ministra de Seguridad. Hoy sigue en el cargo, pero sincerada en una fuerza de ultraderecha. Igual que Franco en su larga dictadura, igual que la Bombardeadora del ’55, y como no resiste un archivo, se aferró a la coartada de los 14 mil kilos de cascotes que volaron en Plaza Congreso.
“Cuando éramos Gobierno nos tiraron 14 toneladas de piedras para frenar una reforma previsional que hoy le daría un mayor poder adquisitivo a nuestros adultos mayores”, declaró la funcionaria. Un diputado nacional de La Libertad Avanza, Damián Arabia, volvió sobre el mismo número después de una de tantas represiones contra jubilados que protestan los miércoles contra la pauperización de sus ingresos. “A este Congreso no lo apedrean más, a este Congreso no lo incendian más, a este Congreso no le tiran más 14 toneladas de piedras…” repitió con el libreto bien aprendido.
No eran proyectiles con metralla que mataron, mutilaron cuerpos y destruyeron bienes materiales, incluidas varias dependencias del gobierno de Perón. Contra Macri, el expresidente que facilitó el advenimiento de Milei, se trató de un acto de rebelión popular o, si se prefiere, de militancia organizada. Las cifras oficiales mencionaron 162 heridos. Casi la mitad eran policías.
La derecha instaló la Intifada porteña en las marquesinas de su guerra cultural como “la tarde en que se arrojaron catorce toneladas de piedras”. Su memoria selectiva es asombrosa. Las bombas del ’55 todavía no figuran en sus libros de historia, ni en sus tribunas de doctrina. Los pilotos que después de matar huyeron al Uruguay tuvieron compañeros de armas en la dictadura del ’76 y hoy los siguen sus crías nostálgicas desde el gobierno de la Libertad Avanza.
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Buenísima y muy pertinente la nota de Veiga. El Grupo de Investigación Histórica del ANM logró identificar a unos trescientos asesinados (seguramente hayan sido mas pues hubo muchísimos heridos graves de los que solo pudimos identificar a los que murieron en la capital y el Gran Buenos Aires en los días siguientes) y verificó que la supuesta bomba que habría caído sobre un ómnibus lleno de chicos provincianos que visitaban la ciudad es un persistente mito seguramente generado en que la primera bomba que cayó impactó en un trolebús en el que viajaban escolares y los cadáveres de dos fueron fotografiados junto a su puerta delantera. De La persistencia del mito da cuenta que siguió presente en un videito que distribuyó el Instituto Patria.
Puedo dar fe de que otro mito está tan arraigado que resultó incombustible. Me refiero al de que los aviones que bombardearon Plaza de Mayo, la residencia presidencial, el Palacio Unzué (que estaba donde está hoy la Biblioteca Nacional) y el Departamento Central de Policía, llevaban pintado en el fuselaje el signo de «Cristo vence» (las fotos que suelen ilustrar casi siempre los escritos referidos a aquella infausta jornada, como esta misma, son de tres meses después, cuando un también cruento movimiento cívico-militar depuso al presidente Perón), algo que es muy fácil de entender desde la más elemental de las lógicas: los oficiales de la Marina de Guerra sediciosa eran mayoritariamente masones, y los de la Aeronáutica militar, los famosos Gloster Meteor, no participaron en la primera oleada de los bombardeos (hubo tres) cuando se suponía que eran leales al gobierno (de hecho, uno de los pilotos, Ernesto Adradas, derribó un North American AT6 Texan de la Marina) sino que «se dieron vuelta en el aire» plegándose a los insurgentes en las siguientes. De dónde deriva el mote de «panqueques» con que todavía suelen referirse socarronamente a los aeronáuticos los miembros del Ejército y la Armada. Es imposible pintar el fuselaje en pleno vuelo.
De hecho, al escribir el borrador del prólogo que firmó Eduardo Luis Duhalde, el respetadísimo Secretario de Derechos Humanos de Néstor Kirchner, no puse nada acerca de esas supuestas pintadas, pero minutos antes de presentar el libro en la vieja sede de la Secretaría de la calle 25 de Mayo, revisando el texto en mi presencia, Duhalde añadió lo de la V con la cruz adentro con su lapicera…, ante lo cual me rendí sin decir esta boca es mía. Se non è vero, è ben trovato.
Y es que la Iglesia Católica fue la gran articuladora del golpe que depuso a Perón. Como después del bombardeo grupos de exaltados incendiaron varias iglesias del centro de la ciudad, el 16 de junio de 1955 sería recordado durante los casi 18 años de proscripción del peronismo no como el día en que se masacró a centenares de connacionales sino como el día en que se quemaron las iglesias.
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