LIDERAZGO. Cristina señaló el camino

Colores. No pido que sea rojo, me conformo con el azul y blanco, un celeste… y eso que no soy de Racing.

CFK lanzó la reelección del proyecto

cris
No importan los nombres, ni los colores, sino la continuidad de las políticas. Otra vez, la presidenta desafió la lógica de la “democracia de manual” que prescribe un tránsito natural hacia algún candidato instalado.

 

ROBERTO CABALLERO / TIEMPO ARGENTINO

De todas las calificaciones que recibió Cristina Kirchner, de las más ajustadas para describirla en su carácter resalta la que su socio político y marido le prodigó desde los atriles antes de morir: «Presidenta Coraje». Porque si algo le sobra a esa mujer que el sábado lluvioso volvió a llenar la Plaza de Mayo de multitudes felices después de siete años de gobierno propio y de once de kirchnerismo, es una dosis de valentía fuera de lo común. Por mucho menos de lo que ella soporta, otros presidentes se fugaron en helicóptero de la Casa Rosada, o entregaron su bastón de mando con alivio para retirarse maltrechos a alguna poltrona del Senado. La lista de episodios crueles y situaciones difíciles a los que Cristina se enfrentó en este tiempo es agotadora e inagotable: nueve corridas cambiarias, sucesivos intentos de golpe de mercado, un acoso mediático despiadado que será motivo de estudio en el futuro, el embate judicial contra sus funcionarios, grandes traiciones de personajes pequeños que alguna vez brillaron dentro del proyecto oficial, servicios privados de inteligencia de al menos dos países contratados por fondos buitre lanzados tras sus huellas y periódicos pliegos de condiciones de grupos económicos que sin descaro militan en la oposición del golpe bajo.

Algunos todavía pueden confundir sus altas vibraciones en público con la irritación por lo que le toca atravesar. Otros resumen su entrega a un rito sacrificial prefabricado y administrado con mera astucia. Nada de eso explica lo que verdaderamente ocurre en el momento en que la conductora del inédito proceso que viene impregnando el último tercio democrático habla y desafía desde la tarima a los mismos que intentaron e intentan llevársela puesta de cualquier manera.

Su voz resuelta, determinada, suena en la campaña dramática del poder como un límite que supera en su representación al propio kirchnerismo y se extiende hacia cualquier forma de vida democrática más allá de las fronteras del espacio gubernamental. Eso es un liderazgo. Se necesita mucha fortaleza emocional y física para ejercerlo y Cristina Kirchner parece tener las dos cosas. El sábado volvió a demostrarlo.

Porque, otra vez, desafió la lógica de la «democracia de manual» que prescribe un tránsito natural y decantado hacia algún candidato ya instalado para sucederla. «Las candidaturas son algo más que una foto, un color. No basta con el marketing, las palabras bonitas. El país, la patria son más importantes que eso. Necesitamos hombres y mujeres identificados con proyectos colectivos. Los necesita la democracia», sentenció. Tragó saliva uno, se rascó el mentón el otro. Los aludidos son claramente identificables, algunos pertenecen al Frente para la Victoria y otros a la oposición. Pero sería torpe reducir la mención a cuestiones personales: el de Cristina fue un llamado a defender la política como un instrumento transformador de la sociedad. A no entenderla como un tobogán para saciar las vanidades de algunos. A no cederla a las corporaciones a cambio de trabajar como gerentes de sus intereses: «Cuando la sociedad deposita las esperanzas en una urna y luego es defraudada, el daño que se les hace a las instituciones, a la democracia, es inconmensurable.»
Fue el último diciembre con Cristina como presidenta. La entrada a su octavo año de gestión, que a su vez es un año electoral decisivo. Y ella usó su discurso para explicar que el proyecto que encabeza debe ser reelegido en las urnas, aunque ella no pueda competir por un nuevo mandato: «Que nadie me nomine a nada –pidió–. Esto nunca fue un proyecto personal. Nunca me sentí destinada a ser presidenta. Una cosa es la campaña, la fotito, el asesor que te dice tenés que hacer esto o lo otro, pero cuando te quedás a solas en ese salón, ahí te quiero ver.»

«Nos gustaría que en los tiempos que corren se explicaran los proyectos políticos. Todos los proyectos», exigió, y luego comenzó a enumerar: «Este es nuestro proyecto: el del matrimonio igualitario y la ley de género, el del Código Civil y el nuevo Código Procesal Penal, el de la Asignación Universal, el de la Asignación Universal por embarazo, el Plan Progresar, el Plan Pro.Cre.Ar, el plan Conectar-Igualdad, el plan Arsat, los planes de Infraestructura…» No faltaron menciones a YPF, Aerolíneas, el desendeudamiento, Aysa, la estatización de las jubilaciones, los dos aumentos por año, la integración regional, la memoria, la verdad, la justicia, en fin, el núcleo de políticas duras del kirchnerismo, para quien reivindicó «la construcción de la noción de igualdad en Argentina, esa igualdad que se comenzó a construir a partir de cambiar la matriz del modelo económico, de industrializar el país, de crear millones de puestos de trabajo».

También identificó a dos proyectos esenciales de país que vienen desde el fondo de la historia: «Uno que comenzó con la Baring Brothers y explotó en 2001, el liberal. El otro, el nacional y popular.» Retomó el combate de Vuelta de Obligado como metáfora presente, argentinos que venían en los barcos ingleses y franceses a luchar contra la soberanía nacional. Evocó a Belgrano, al Exodo Jujeño, sus batallas con el Ejército del Norte, decisivas para que San Martín cruzara la Cordillera: «¿Qué diferencia hay entre los que le decían a Belgrano que se entregue y los que me dicen a mí que negocie en cualquier término con los fondos buitre?», se preguntó y se respondió, solita: «Ninguna».

La que sigue, tal vez, haya sido una de las frases más fuertes de su intervención en el Salón de las Mujeres: «Antes venían con armas y cañones, ahora vienen con las armas de la economía: son el terrorismo de mercado.» Dentro de nuestro paisaje democrático, que celebra sus 31 años de elecciones consecutivas, que una jefa de Estado vincule el mundo financiero especulativo nada menos que con la producción de terror, tiene el efecto de un tornado que con sus ráfagas hace volar por los aires buena parte de la hipocresía que el diccionario de los ’90 dejó en el vocabulario y el sentido común de la política.

La medianía de la oferta no kirchnerista empobrecida de sustancia, la suma de personalismos sin liderazgo que campea en el universo no oficial –aunque algún oficialista también se haya subido a la ola–, se vuelve todavía más gris cuando la presidenta conversa con la historia. El kirchnerismo sigue siendo un movimiento preocupado por el relato. Eso, lejos de ser un problema, logró devolverle a la política un combustible más difícil de hallar que el shale: sentido de trascendencia.

Para los medios opositores se trata de «épica», palabra usada en sus artículos como sinónimo de impostura o simple recurso operístico. En realidad, no los preocupa si el gobierno o la presidenta actúa o dice lo cierto, lo que revela su prosa cartelizada es el miedo a algo que sucede de verdad: más de la mitad de la Plaza del sábado estaba colmada por jóvenes que no son conservadores como los dueños de esos diarios y de casi todas las otras cosas de este país. Eso lo hizo la «épica» o, mejor dicho, el sentido de trascendencia que el kirchnerismo introdujo en el debate público. Cuanto más reaccionario es el columnista, más feroz es la crítica hacia ese estado de efervescencia. Y más doloroso, se supone, el dolor de hígado.

Reelecta hace tres años por más votos que en su primer mandato, hoy con índices de imagen por encima de cualquier otro dirigente, la mitad del país comenzó el sábado a hacerse a la idea de que no la puede volver a votar, al menos, hasta el 2019.

En su discurso, Cristina les dio la fórmula para superar esta desazón. No importan las personas, sino los proyectos colectivos. Es una verdad opinable, porque hay proyectos que laten con ciertas personas y con otras no. Pero es una verdad discutible lo más parecida a una verdad forzosamente aceptable. En otras palabras, como se cantaba en la Plaza y en los patios, mientras Cristina no pueda, queda lanzada la reelección del proyecto político, social, económico y cultural que ella lidera.

Así lo pidió, la escuchó el país en cadena, mientras comenzaba bajo la lluvia de diciembre el último año de gestión de la primera presidenta del siglo XXI, nada menos que la única elegida por el voto popular en la historia de nuestro país.

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